Historia. Mejor paseador que mensajero
Video. Gastan hasta más de 3 mil pesos en sus perrhijos: spa, paseadores, accesorios, butiques, alimento vegetariano, estéticas. Descubre más de este jugoso negocio en esta nueva entrega.

DUCHO. Mario se ha convertido en todo un experto cuidador de perros, oficio en el que ya lleva cuatro años . (Foto: TANYA GUERRERO, PATRICIA JUÁREZ Y YADÍN XOLALPA / EL UNIVERSAL )
Mario Aguilar debe tocar el timbre de su primer cliente a las siete de la mañana. Aún no sale el sol y sus manos ya tienen dos correas: la de Manchas, un tímido fox terrier español que tirita de frío, y la de Rita, una bulldog francés a la que le ponen collar de brillantes.
Mario es un paseador. Su oficio requiere ritmo y rutina. "Ahorita estamos yendo despacio porque ellos necesitan ir al baño -explica-, después nos debemos ir más rápido para que lleguen a sus casas cansados".
Son casi las ocho y en sus manos ya hay cuatro correas: se sumaron Leo, un bulldog inglés que se ve adormilado, y su hermana Sofía, una perrita pomerania. Un día promedio Mario tendría seis correas, pero Kimberly está enferma y a Nino ya no le gusta pasear acompañado. Se trata de dos schnauzer.
El oficio también requiere entender este tipo de caprichos: si pone a Leo y a Manchas cerca, se pelean, por eso debe organizar macho-hembra en cada mano para que la caminata por la colonia Condesa sea más fluida.
Desde que Mario dejó su trabajo como mensajero y se dedica a ser paseador ha perdido siete kilos. "Camino más de seis horas al día", dice mientras se agacha a recoger con una bolsita la popó de Manchas. De este recorrido Mario se va a pasear a otros seis perros en Lomas Altas y después regresa a sacar, por segunda vez, a Rita, Manchas, Leo y Sofía. Pasea un total de 13 perros al día.
Las tarifas de Mario rondan los 500 pesos semanales por perro, e incluyen casi tres horas de caminatas diarias por can. Así que su sueldo podría llegar a los 20 mil pesos mensuales. Sus ingresos actuales superan a los que tenía en su anterior trabajo como mensajero, pero Mario se lamenta de no tener prestaciones: ni vacaciones, ni pensión, ni aguinaldo, ni la seguridad de un sueldo base. "Si un perrito se enferma y no sale, no cobro", y si lo muerde -como le ha pasado en tres ocasiones- "es a lo que el dueño te quiera ayudar. Si te da para el médico bien, si no... ni modo". Mario no tiene nada seguro.
Después de mostrar las heridas que le dejó un labrador en el brazo derecho, Mario insiste en la dificultad de su oficio: "Gracias a Dios nunca he perdido un perro ni les ha pasado nada", repite ante el miedo que le provoca que su reputación como paseador sea cuestionada.
Las historias abundan, un amigo perdió un dogo de burdeos y por pura casualidad lo encontró cerca de los tacos del Metro Patriotismo. Todos los clientes de Mario han permanecido intactos.
Desafortunadamente, entre los prestadores de servicios para mascota los paseadores no cuentan con la mejor reputación. En internet circulan videos con personas que llevan sus clientes al parque y los amarran mientras pasa la hora acordada; otros inclusive los maltratan.
Mario lleva cuatro años en este oficio. Primero empezó como paseador de una pensión y después se independizó. "Les dije a mis clientes: a partir de mañana no voy a ser yo el que venga por su perro" y les ofreció un mejor precio, más tiempo de paseo y otros servicios. A Leo por ejemplo, lo recoge en el apartamento de sus dueños, lo despierta, le quita su suéter y cuando regresa le da el desayuno.
Ha pasado una hora y Mario vuelve a introducir su mano en el bolsillo; no es otra bolsita para las heces, saca una salchicha, un premio, que reparte entre sus cuatro perritos. El paseador ya conoce sus personalidades y los calma un poco ante el revuelo que causa: "Leo, deja comer a Manchas. Sofía, hazte para acá". Es hora de regresar a casa.
Mario saca de la boca de Rita una rama, es la tercera vez. Antes le tuvo que quitar una piedra y un pedazo de tierra; "uno necesita estar alerta, no sólo porque se pueden tragar algo, también hay que estar pendientes de su ánimo, de su salud, para decirle al dueño", cuenta este hombre cuidadoso de 34 años, que acepta que su anterior trabajo como mensajero y ahora como paseador le han gustado por igual, "con los dos puedo estar en la calle", dice.





