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Metamorfosis de una vía peatonal

Geovana Royacelli| El Universal
Martes 11 de febrero de 2014

Es el corredor peatonal de la calle Francisco I. Madero en el Centro Histórico; 900 metros lineales de piso "blanco", hoy manchado con chicles que se aferran a él, exclusivos para caminar, festejar, admirar y amar Tanya Guerrero / EL UNIVERSAL

Una cuadrilla de mujeres barre la calle. Ellas inician la primer jornada de tres; las mujeres son rápidas y no hablan, no lo tienen permitido, fijan la mirada en el piso y avanzan. Barrer, caminar, barrer, caminar, barrer Tanya Guerrero / EL UNIVERSAL

La calle nunca se queda vacía, desde el Eje Central Lázaro Cárdenas hasta la Plaza de la Constitución, en el corazón de la Ciudad de México, circulan todos los días miles de personas Tanya Guerrero / EL UNIVERSAL

Las estatuas vivientes se quedan ahí parados, inmóviles trabajando y a la espera de una moneda para cambiar de posición Tanya Guerrero / EL UNIVERSAL

Las estatuas vivientes, mimos, superhéroes y botargas le dan vida al corredor Tanya Guerrero / EL UNIVERSAL

En algunas ocasiones, los padres se divierten más que los hijos con las estatuas viviente en el famoso corredor de Madero Tanya Guerrero / EL UNIVERSAL

De acuerdo a la Autoridad del Espacio Público los fines de semana, viernes y sábado, se han registrado en esa calle hasta 10 mil personas por hora que se distraen al ver aparadores, comprar helados, esquivar vendedores o simplemente caminando lento, muy lento Tanya Guerrero / EL UNIVERSAL

La imagen del corredor peatonal del DF se transforma con el paso de las horas, primero las amas de casa y los niños que pasean, los realizan sus compras, los oficinistas, los jóvenes que han hecho del corredor su punto de reunión para tomar café, un helado o "una chela" Tanya Guerrero / EL UNIVERSAL

Entre los protagonistas de la vida diaria de la calle Madero está Jaime, el organillero que llega cada día a Madero desde las nueve de la mañana y se va entre 11:30 y media noche Tanya Guerrero / EL UNIVERSAL

Quienes visitan Madero reconocen que esta calle peatonal es una oportunidad para caminar y disfrutar el centro, las molestias son tanta gente, pero quizá esa también sea una des más grandes bellezas Tanya Guerrero / EL UNIVERSAL

La afluencia es más, sobre todo en viernes, cuando los seis "antros" ubicados en el número 20 de la calle lanzan sus ofertas Tanya Guerrero / EL UNIVERSAL

De día hay museos y restaurantes familiares pero por la tarde son los bares en donde se fomenta el vicio; en algunos lugares hay peleas entre mujeres Tanya Guerrero / EL UNIVERSAL

En el corredor de Madero se puede observar a infinidad de personas en distintos horarios comprando, comiendo, platicando y hasta paseando a sus perros Tanya Guerrero / EL UNIVERSAL

Hay quienes salen sin tanto alcohol en la sangre, caminan erguidos y sin tambaleos hacia Bolívar o Eje Central para abordan los taxis que hacen base ahí y garantizan un servicio seguro y cobro con taxímetro, otros van hacia los estacionamientos próximos y se marchan Tanya Guerrero / EL UNIVERSAL

En la madrugada se llegan a observar peleas de los jóvenes que salen de los "antros" instalados sobre este corredor Tanya Guerrero / EL UNIVERSAL

Algunos antros se disfrazan en ópticas de donde hay peleas entre mujeres, la gente sale bañada en sangre de las plazas, llegan las patrullas, y hay mucha gente que se va con el trago en la mano, a expensas de extorsiones policíacas Tanya Guerrero / EL UNIVERSAL

Diariamente la SSP-DF tiene 16 policías de proximidad y 7 elementos de tránsito vigilando el corredor Peatonal, además de patrullaje continuo en varios turnos Tanya Guerrero / EL UNIVERSAL

Algunos policías suben a jalones a quienes infringen la ley y se los llevan a bordo de las patrullas Tanya Guerrero / EL UNIVERSAL

La esencia de la calle la hacen quienes pasan y la viven a su manera, sin importar la hora Tanya Guerrero / EL UNIVERSAL

Metamorfosis de una va peatonal

A LA FUERZA. Policías arrestan a un joven que orinaba en la vía pública. Él se dice influyente y acusa a los agentes de abuso de autoridad, los insulta pese a que no fue lastimado. Finalmente es trepado a una camioneta. (Foto: FOTOS TANYA GUERRERO )


Video. Madero, la calle que se transforma cada 24 horas

En esta vialidad se exhibe el amor, la violencia, la extorsión, el trabajo. Miles viven esta zona a su modo

geovana.royacelli@eluniversal.com.mx   

ESPACIOS
Mapa

Cuando el sol cae, la calle se transforma, muta. El exceso, peleas, corrupción y abusos de autoridades y ciudadanos se mimetizan. Es el corredor peatonal de la calle Francisco I. Madero en el Centro Histórico; 800 metros lineales de piso “blanco”, hoy manchado con chicles que se aferran a él, exclusivos para caminar, festejar, admirar y amar: es Madero, la calle que no duerme y es considerada por los paseantes como la más segura del Centro para caminar sin importar la hora.

La peatonal nunca se queda vacía. Desde el Eje Central Lázaro Cárdenas hasta la Plaza de la Constitución, en el corazón de la Ciudad de México, circulan todos los días miles de personas.

Otras personas la usan para trabajar. Ellos, a diferencia del resto, se quedan ahí parados, inmóviles, laborando y a la espera de una moneda para cambiar de posición.

Las estatuas vivientes, mimos, superhéroes y botargas le dan vida al corredor.

El aire circula por Madero; la gente que se atiborra en horas pico. Los fines de semana, de acuerdo a la Autoridad del Espacio Público, se han alcanzado en esa calle hasta 10 mil personas por hora que se distraen en ver aparadores, comprar helados, esquivar vendedores y no faltan los que simplemente van caminando lento, muy lento.

Así pasan las horas desde que sale el sol y una cuadrilla de mujeres barre la calle. Ellas inician la primer jornada de tres; son rápidas y no hablan, no lo tienen permitido, fijan la mirada en el piso y avanzan.

Barrer, caminar, barrer, caminar, barrer. La operación se repite cada ocho horas, o menos, de manera intermitente para mantener la calle limpia, incluso de madrugada, cuando los paseantes deambulan.

Instantes de mutación

La imagen del primer corredor peatonal del DF se transforma con el paso de las horas.

Primero las amas de casa y los niños que pasean, los que acuden al Centro a realizar sus compras, los oficinistas que van a comer, los jóvenes que han hecho de ese corredor su punto de reunión para tomar café, un helado o “una chela”.

Poco a poco, estos últimos comienzan a ser más, sobre todo en viernes, cuando los seis antros ubicados en el número 20 de la calle lanzan sus ofertas.

“Estamos ofreciendo 3 x 2 en cerveza; hay coctelería y un misil de cerveza en 300 pesos, la cubeta con siete cervezas por 150 pesos. Anímense chicos, no hay cover ni consumo mínimo”, dice Jovana León, la encargada de “meter gente” en el Hookah Town, lugar que abre durante 12 horas de martes a sábado.

“No hay problema si se quieren quedar un poquito más de las dos de la mañana; como a las tres ya van sacando a la gente del lugar”, dice la joven a los indecisos. Por cada persona que convenza y consuma en el lugar ella se gana cinco pesos.

“Hay música versátil y diversión garantizada, luego salen bien tomados y bien felices”, cuenta Jovana.

Y no miente. Alrededor de las dos de la mañana, las puertas del edificio Madero se cierran, pero dentro hay más de mil personas, según estimaciones de las autoridades que dicen que cada antro tiene capacidad para 300.

Desde la calle se escucha la fiesta, inicia una pelea dentro del Hookah Town, se escucha el impacto de botellas de vidrio, que vuelan hacia la calle y se rompen.

Los jóvenes se calman, no pasó más. Ya no se permite el acceso a nadie al edificio, sólo la salida de quienes están ahí.

Salen contentos, sonrientes y con el rostro enrojecido, quizá por el alcohol bebido.

Algunos apenas se sostienen en pie y otras, en su mayoría mujeres, prefieren esperar a que la borrachera se les baje sentadas en la calle y recargadas en la pared.

También hay quienes salen sin tanto alcohol en la sangre, caminan erguidos y sin tambaleos hacia Bolívar o Eje Central, para abordar los taxis que hacen base ahí y garantizan un servicio seguro y cobro con taxímetro. Otros van hacia los estacionamientos próximos y se marchan.

A las tres de la mañana, el termómetro marca que la temperatura es de siete grados centígrados, la fiesta aún continúa.

De pronto, justo en la puerta del Hookah Town inicia una golpiza, se escucha el impacto de una patada sobre la espalda de Amanda, una mujer de 18 años muy delgada, que tirada en el piso se cubre, mientras es jalada del cabello por alguien más. Su novio ya tiene el labio partido y sangrando, ningún policía se acerca. El agresor se va, Amanda y su novio dejan el lugar sin saber el motivo de la golpiza.

David Perdigón, también invita a pasarla bien en un after: El Bach, a una cuadra de Madero y en las “entrañas del Centro Histórico. Es un lugar subterraneo”, dice el joven que confirma la transformación de Madero.

“De día hay museos y restaurantes familiares pero lo que predomina después de las tres de la tarde son los bares en donde se fomenta el vicio; están en los edificios porque ésa es la nueva moda”, dice el joven. Según él, los antros se disfrazan de ópticas. Ahí ocurren peleas entre mujeres, la gente sale bañada en sangre de las plazas, llegan las patrullas, y hay mucha gente que se va con el trago en la mano, a expensas de extorsiones de la policía.

Víctimas o victimarios

Vanessa y Sonia fueron víctimas de tres policías de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal (SSPDF) en la esquina de Gante y Madero. La razón fue un vaso de pulque que llevaban en la mano.

A decir del oficial, cuyo apellido es Torres, sólo recomendaron a las jóvenes no beber en la calle. “Las invitamos a no consumirlo en la calle y por eso se los quitamos”, comentaron mientras la mujeres de 20 años escapaban.

“Nos dijeron que teníamos que darles mil 800 pesos porque es una falta cívica tomar bebidas alcohólicas en la calle o de 25 a 36 horas de arresto”, comentó Vanessa, quien trabaja en una pulquería y llevaba el vaso en la mano.

“No lo veníamos consumiendo y cuando les dijimos que no teníamos el dinero preguntaron cuánto traíamos. Chequen cuánto juntan y aunque sea la mitad”, les dijo uno de los policías.

Diariamente, la SSPDF tiene 16 policías de proximidad y siete elementos de tránsito vigilando el corredor peatonal, además de patrullaje continuo en varios turnos.

Los policías se coordinan, permanecen en las esquinas de las calles y vigilan que no se consuma alcohol en la vía pública.

Las 24 horas, Madero está vigilada, incluso por patrullas que se meten en la peatonal y hacen rondines. Antonio, uno de los encargados de la seguridad, está pendiente y detecta a un joven orinando en la vía.

Corre hacia él y empieza la persecución; en el forcejeo, Antonio sale lastimado, su cabeza se impactó con un poste, el joven que va alcoholizado se resiste a obedecer.

Se dice influyente y acusa a los policías de abuso de autoridad, los insulta pese a que no fue lastimado. Finalmente, es trepado a una camioneta, los amigos del joven aseguran que lo sacarán en poco tiempo “pues son influyentes”.

El policía dice que es la misma historia todos los días. “Y qué hacemos”, pregunta y se responde: “trabajar, no hay más”.

Otros policías suben a jalones a quienes infringen la ley y se los llevan a bordo de las patrullas.

Lo maravilloso de Madero

Entre los protagonistas de la vida diaria de la calle Madero está Jaime, el organillero que llega cada día a Madero desde las nueve de la mañana y se va entre las 23: 30 horas y media noche.

“Depende de la gente que haya” y la cooperación voluntaria. Si el día es bueno Jaime se va a casa con 300 pesos y el brazo adolorido de tanto hacer girar el viejo organillo.

Héctor vende dulces y cigarros, recorre la calle sobre su silla de ruedas varias veces al día. No tiene piernas pero sí tres hijas y una esposa que mantener.

Cuenta que a veces los policías lo corren. “No me dejan trabajar, apenas me empezaron a molestar y El Charli, el comandante de la policía me jaloneó. Lo único que pido es que me permitan estar aquí, estoy trabajando”.

Y qué sería de la calle Madero sin quienes promocionan las ópticas, que únicamente se pueden ver si levantas la mirada; sin los encuestadores que ganan 25 pesos por cada forma terminada y que convencen a los paseantes de “robarte un minuto”, cuando en realidad son hasta 30 a cambio de un regalo: una bombonera o una navajita, si es que tienes suerte.

Al corredor llegan Berenice y Michelle de 23 y 24 años. Michelle vive en Coacalco en el Estado de México y se traslada a Madero “porque en el Estado no hay nada a dónde ir. Es un punto de reunión, nos vamos a un bar, a comer, llego en la noche y me voy a las dos de la mañana”, cuenta la joven mientras Berenice, confiesa: “Yo si me la vivo aquí, desde las dos y hasta en la noche y nada más porque el ambiente es lo maravillosos de Madero”.

Quienes visitan la calle reconocen que es una oportunidad para caminar y disfrutar del Centro de la Ciudad de México.

Para algunos paseantes, las molestia es caminar entre tanta gente, pero quizá esa también sea una de las más grandes bellezas.

La esencia de la calle la hacen quienes pasan y la viven a su manera, sin importar la hora.



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