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Una noche en la isla mexicana de Second Life

Cinthya Sánchez| El Universal
Martes 28 de abril de 2009
Con un clic y bastante dinero puedes tener una vida virtual ideal e ir, en instantes, de México a Londres o ser un gran DJ

cinthya.sanchez@eluniversal.com.mx

Nací pelona, caderona, con ojos pequeños y negros, con dos pechos que apenas rellenaban un brassier talla 32A y una estatura de 1.50 metros. Tuve suerte, porque al ser mujer no tuve que comprar pene. El cirujano plástico es el mouse; con un clic me hice unos arreglitos y con otro cambie mi look de pantalones camuflajeados y playerita sin estilo, por un vestidazo morado con buen escote. El cuerpo me quedó de modelo y en ésta, mi segunda vida, mido casi dos metros de altura, tengo una cintura de 60 centímetros, mi talla de brasier es 36B, tengo ojos miel con destellos verdes, ninguna arruga en el rostro, el pelo me brilla y se me acomoda para donde me mueva. Mi nuevo nombre es Gomit Lennie.

Mi guardaropa es una carpetita amarilla que manejo con el teclado de la computadora, así que me visto como quiero, según la ocasión y ésta es especial, es mi primer día en Second Life, el portal de internet que permite a más de 16 millones de personas vivir una segunda vida virtual, donde casualmente 95% la vive guapo y joven. Hoy iré a una fiesta en Matatena, el primer antro mexicano que se ubica en Reforma, la primer isla mexicana del portal.

Mi reto es que me volteen a ver y desconectarme de la página con una buena cantidad de nuevos amigos y por qué no, hasta con un novio virtual con el que pueda besarme sin saber a qué sabe su saliva. Así que para la ocasión elegí un vestido morado con vivos naranjas, unos zapatos negros que dejan mis pies casi desnudos y un collar que me regalo Monse, mi primer amiga virtual.

Todo lo compré en una tienda virtual con Lindens (dinero virtual), que se gana trabajando dentro de Second Life, casi de cualquier oficio o profesión; se puede ser DJ de una fiesta en Londres o acompañante con favores sexuales de un chino, todo a través de una pantalla y manipulando los besos con un teclado, la otra opción es pagarlo con tarjeta de crédito, con dinero real.

Pero yo tuve suerte, porque mis ojos, pelo, complexión y ropa me los regaló Monse. En cuanto llegué con mi despreciable estatura de 1.50 metros, me invitó a Simtropia, una de las tiendas de ojos más famosas de Second Life, donde construí mi Avatar, como se le llama al personaje con el que se juega en Second Life. Después fuimos a su departamento para que eligiera ropa de su closet, me advirtió que nada era de diseñador, me dejó escoger entre varias prendas, pero con este nuevo cuerpo, cualquier cosa se me ve bien.

Por su departamento, también virtual, paga una renta de tres dólares a la semana, dinero real, con su tarjeta de crédito. Me contó que lleva casi nueve meses jugando en Second Life, que todos sus muebles son de diseño y que los compró en una barata de una tienda. Monse nunca ha trabajado, así que todos sus Lindens los compra con dinero real, más o menos gasta 500 pesos al mes en su segunda vida.

A lo que más le ha invertido es a su Avatar, como todos los usuarios, pues lo que más cuesta es producirse. Pero una vez que estas guapísima sin gramo de celulitis y con pompas de Ninel Conde, lo que sigue es presumirlas. Puedes viajar a donde quieras, de una isla a otra te teletransportas, puedes volar, hablar con gente en varios idiomas y socializar con el mundo desde tu cama en la colonia Narvarte.

Aquí la gente renta departamentos, compra islas, hace fiestas privadas en la playa, se ponen penes dorados, trabajan de lo que en la vida real no pueden, son diseñadores famosos o modelos reconocidos, se emborrachan sin sentir cruda, jugan juegos de rol donde se matan a espadazos, tienen varias parejas sin peligro de contraer infecciones sexuales, se embarazan sin estrias, cuidan perros sin recoger sus gracias con bolsita de plástico; casi todo lo que sucede en el mundo real también pasa en Second Life, es una especie de espejo mágico por el que la gente está experimentando una nueva forma de relacionarse.

Yo comienzo mi vida en la Isla Reforma, en una fiesta en Matatena, el primer antro mexicano en Second Life. A pesar de que son las once de la noche en la vida real, aquí siempre es de día. Toca un DJ mexicano. Desde su casa pone canciones de pop por dos horas, antes de que llegue el DJ estrella, uno que ameniza con su música las fiestas, a media noche desde Houston.

En la pista de baile unos 60 Avatares se mueven con pasos de coreógrafo, atrás de cada uno hay alguien en una computadora manejando a su personaje, gente de México, Brasil, Estados Unidos y uno que otro que aterriza en el Matatena por primera vez, como yo. Todos guapos, altos, de proporciones perfectas y ropa de envidia. Las mujeres traen botas altas, vestidos diminutos y cuando se agachan, a algunas se les ve el calzón.

Igual que en la vida real, llegué tímida, sin conocer a nadie, me pare en la pista, di una vuelta por el lugar y después puse a mi Avatar a bailar mientras hacia tiempo a que alguien me hiciera la plática. Y sí, mi diminuta cintura funcionó. A los cinco minutos, el primer amigo de la fiesta apareció, a través de un chat me saludó, le conté que era nueva. ¿De qué se trata esto? Le pregunté , “Puedes bailar, conocer gente y terminar la fiesta como quieras; en una playa o seguirtela en el departamento de alguien más”, dijo.

Bailamos y platicamos por varias horas. Esa noche me vi fresa. No tomé porque aunque yo no sienta el alcohol en la vida real, mi Avatar si puede irse de ladito con dos o tres vodkas y no quiero desperdiciar la noche en una banca de Reforma con copa en mano. Conocí a varios en la fiesta, más Avatares hombres que mujeres.

Las noches de los viernes y sábados el tráfico de Second Life aumenta al tope, al igual que en el mundo real, pero aquí puedes estar en pijama, con ojeras, mal peinada y comiendo una mantecada en tu cama, pero a través de la segunda vida, lucir radiante y que el más guapo te invite lo que quieras.

Pero no me voy a quemar el primer día, así que me vi aburrida, o más bien ansiosa por conocer más, por ahí de la una de la mañana deje de escuchar pláticas de fiesta y de bailar impecable y me fui a las islas vecinas, la primera fue Monterrey, una isla muy oscura, donde siempre es de noche. Aterricé en un panteón donde salieron fantasmas de las tumbas, había panteras, perros, gatos negros y ratas.

Unos 20 Avatares tienen su propia forma de reunirse, sin música ni baile, lo hacen con un juego de rol, pelean con espadas y se disfrazan con alas, máscaras y armaduras. Se puede escuchar lo que hablan y leer a través del chat lo que se escriben. Entrar es fácil, pero no que te hagan caso. Apliqué la misma técnica, me paré ahí a ver cómo peleaban, casi por cinco minutos y nadie me habló, así que lo hice yo. Le pregunté a un Avatar de calaca qué hacían y me explicó que era un juego de rol en el que la muerte y magia negra son los protagonistas.

Suena interesante pero no para novatos. Así que el resto de la madrugada me dediqué a volar por encima de Chichenitza, a bañarme en un sauna japonés con amigas que me hablaron en inglés, monté un caballo en Tulum, entré a una tienda de ropa en París y compré prendas de diseñador.

En una noche conocí 10 amigos, a quienes guardo en una carpeta amarilla, nunca sabré si en verdad eran altos, guapos y con rostro de Ken, como el de Barbie, pero esa noche bailé, como en la vida real la coordinación no me deja, me abracé de la espalda de un chico cuando me invitó a dar un paseo en su moto, tomé un baño con una japonesa o japonés porque, a pesar de que su Avatar era femenino, nunca sabré si compartí espacio con un hombre o mujer, total, todo es virtual.



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