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Traición mexicana a Cuba

WILBERT TORRE / CORRESPONSAL| El Universal
Domingo 03 de febrero de 2008
Un libro de Jefferson Morley —ex reportero de ‘The Washington Post’—, próximo a ver la luz, señala que López Mateos y Díaz Ordaz facilitaron el espionaje contra La Habana y la invasión de EU a Bahía de Cochinos

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WASHINGTON.— En los años 60 en México había una pública simpatía por Fidel Castro y la Revolución cubana. El gobierno y el PRI eran amigos y aliados de Cuba. Eso se ha creído por décadas, pero en Los Pinos urdieron traiciones en esos días: el presidente Adolfo López Mateos fue pieza clave de la invasión de EU a Bahía de Cochinos, en abril de 1961.

Desde México salieron 50 mil galones de combustible para barcos y lanchas de exiliados y contrarrevolucionarios entrenados por la CIA que invadieron la isla en abril de 1961. López Mateos los autorizó en persona.

Se trata de un capítulo inédito en la historia de México y una revelación de Jefferson Morley, ex reportero de The Washington Post y experto en desclasificación de documentos reservados, en Nuestro hombre en México: Winston Scott y la historia oculta de la CIA, a ser publicado en Estados Unidos este mes.

Por 10 años, Morley rastreó documentos secretos y solicitó su apertura. Esa investigación lo condujo a una historia casi novelesca situada en el Distrito Federal de los años 60. Winston Scott fue jefe de la estación de la CIA en México entre 1956 y 1969, y amigo de los presidentes Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz, y de Luis Echeverría, secretario de Gobernación. Scott, quien había llegado a México como primer secretario de la embajada de Estados Unidos, desayunaba cada sábado con López Mateos en Los Pinos.

Funciones paralelas

Según las investigaciones del escritor, mientras eran presidentes, López Mateos y Díaz Ordaz eran espías a sueldo de la CIA. Los mandatarios mexicanos cumplieron todos los deseos de la temida agencia norteamericana: permitieron la entrada al país y la instalación de grabadoras y máquinas para registrar llamadas hechas desde las embajadas de Cuba y la Unión Soviética en México; colaboraron con Estados Unidos en la operación Amcigar, a través de la cual cubanos exiliados llegaron a México con el fin de promover acciones anticastristas, y apoyaron operativos encubiertos contra el régimen de Castro.

El encargado de permitir el “ingreso garantizado” de algunos cubanos cercanos al gobierno de Estados Unidos era Luis Echeverría, entonces titular de la Secretaría de Gobernación.

“Un canal especial fue activado en noviembre de 1960, lo que nos asegura permisos de entrada (para los contrarrevolucionarios cubanos)”, escribió Scott en un informe confidencial que envió a la agencia en aquel tiempo. Poco después la estación Amcigar desapareció como resultado de las presiones internas que enfrentó el gobierno mexicano, y que lo obligaron a deportar a cubanos.

Pero la CIA continuó fortaleciendo sus nexos aquí, tanto que Morley describe que cuando el presidente Kennedy llegó al gobierno “la CIA llevaba la relación institucional con México. El Departamento de Estado no contaba para esos fines”.

El 14 de enero de 1961 López Mateos recibió en Los Pinos a Allen Dulles, el primer civil que dirigió la Agencia Central de Inteligencia. El visitante regaló al presidente una pistola para su colección privada antes de poner sobre la mesa el mensaje que llevaba: “Cuba es definitivamente comunista y es un problema para América Latina y Estados Unidos”.

Neutralidad

Morley escribe que Estados Unidos esperaba apoyo para derrocar a Castro, pero López Mateos le dijo a Dulles que México no podía entrometerse en asuntos de otras naciones y mucho menos adoptar posiciones públicas contra Cuba, porque en el país había una gran simpatía por Castro y la revolución en la isla.

Entonces López Mateos comentó a Dulles, con Scott haciendo las veces de intérprete, que se le ocurría una idea: “Hay muchas cosas que podemos hacer debajo de la mesa”, dijo el Presidente de acuerdo con la reconstrucción hecha por Morley a partir de entrevistas con amigos, colaboradores y familiares de los oficiales de la CIA que vivieron o viajaron a México en esos años.

“Como López Mateos prometió a Dulles, México otorgó ayuda ‘debajo de la mesa’ para derrocar a Castro: George Munro, el segundo hombre de Scott en la estación México, alardeó después que él y Emilio Bolaños —un sobrino de Díaz Ordaz que también fue reclutado como espía— se habían encargado de tramitar 50 mil galones de combustible que salieron de México para alimentar las lanchas que poco después se dirigieron a Cuba, en la Operación Bahía de Cochinos”.

Los tres presidentes fueron bien retribuidos por sus servicios a la CIA y a Estados Unidos.

Revelaciones

“La cercanía de Scott con López Mateos y Díaz Ordaz se convirtió en leyenda en la Agencia”, dice Morley en entrevista. “Philip Agee, quien se convertiría en detractor de la CIA y entonces era un oficial en el hemisferio occidental, escuchó alguna vez que Scott compró un automóvil para una novia de Díaz Ordaz, y cuando López Mateos se enteró, también exigió uno para su novia”.

Los documentos desclasificados por Morley revelan que la estación de la CIA en México tenía un presupuesto de 55 mil dólares anuales para pagar a sus agentes y espías, aunque en Washington había quejas porque los agentes eran poco productivos como informantes. Scott, a quien Morley no duda en llamar el “segundo hombre más fuerte de México”, era un Santaclós con las bolsas llenas de dinero.

Anne Goodpasture, la asistente de Scott en la estación México, recuerda a López Mateos como un hombre codicioso: “Ella objetó a Scott un arreglo que hizo con el Presidente, a quien le pidió encontrar a otro espía mexicano. Scott le entregaba cada mes a López Mateos 400 dólares para ese fin, pero Goodpasture pensaba que ese dinero nunca salía de la cartera del Presidente”, escribe Morley.

Goodpasture jugaría un papel fundamental en los últimos años de Scott en México: fue quien se encargó de recopilar y escribir el expediente de casi 500 hojas que Scott decidió escribir sobre Lee Harvey Oswald, a quien había detectado en México. Lo reportó a los altos mandos de la CIA, que le enviaron información falsa diciéndole que no era un tipo peligroso. Seis semanas después Oswald asesinó al presidente Kennedy.



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