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Récord: 18 mil desnudos

Alejandro Suverza| El Universal
Lunes 07 de mayo de 2007
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VIDEO: Crnica: Y nos desnudamos en el Zcalo.

Un calzón de manga larga lanzado al aire anunciaba la derrota de la intimidad. Aún estaba oscuro y en territorio de Morfeo, el dios del sueño, al que Spencer Tunick le arrebató, dicen, más de 18 mil desvelados

Un calzón de manga larga lanzado al aire anunciaba la derrota de la intimidad. Aún estaba oscuro y en territorio de Morfeo, el dios del sueño, al que Spencer Tunick le arrebató, dicen, más de 18 mil desvelados.

La escenografía del calzón, que era lanzado de mano en mano, fue el edificio legislativo capitalino, las ventanas del Majestic y del Gran Hotel de la Ciudad de México. Los presuntos nudistas comenzaban a acomodarse con la cabeza hacia los presuntos vouyeristas que, con tiento, se instalaron en sus balcones para esperar el momento en el que la piel se mostraría. Una mujer sentada en una silla y tapada con una cobija. Un grupo entero de turistas que divertidos miraban a los de abajo, sin sospechar que los de abajo también los estudiaban. La terraza del edificio del Monte, que más que de Piedad, era de tumulto, por admirar la instalación del fotógrafo neoyorquino Spencer Tunick.

Cuerpos privados, desnudos públicos en el corazón de lo que algunos comienzan a llamar el Slim Center, por lo del hombre más rico de México. Comenzaba a sentirse el aire frío en el amanecer de Tunick. Algunos se tiraban al piso, otros dormitaban en posición fetal. Los que se desesperaban rebotaban el sentimiento contra los que llegaban tarde, contra los mirones. Varios decían que necesitaban un baño. Olía a mariguana, alguien gritaba en un delicado tono chilango: "¡Policía, huele a petate!".

Gente que se tenía que parar o sentarse, apretarse para más tarde extenderse sobre la plancha del Zócalo. Después, Tunick apareció montado sobre una escalera e hizo que los todavía seudonudistas se giraran para darles instrucciones, les advirtió sobre la carrera contra el tiempo para tomar las imágenes.

Luego apareció en la terraza del Majestic para indicar que era el momento de quitarse la ropa. Fuera capuchas, calcetines, zapatos, tangas y calzones. Gritos de júbilo y aplausos. La ropa quedó de lado y había que cubrir la plancha, acomodados cuadro por cuadro.

Cuando se pudo los cuerpos posaron de pie, tirados en el piso con la cabeza hacia el asta sin bandera. Era el encuentro entre el cuerpo y el cielo, del que también formaron parte dos golondrinas. Se acomodaron como se los pidieron, posiciones A, B, C, fueron retratadas. Posaron con el saludo, con los cuerpos recogidos y sobre el piso, como quien va a orar en la mezquita de la cuarta ciudad más grande del mundo. Tunick los retraba con la luz tenue del Sol apenas mostrándose suavemente.

Luego los hizo caminar hacia el edificio de gobierno.

Los voluntarios de Tunick aplaudían después de cada toma.

Frente al ayuntamiento gritaron "¡voto por voto!, ¡casilla por casilla!", para recordar aquel momento en el que perdió el que antes era huésped del edificio. Levantaron el índice, la mano izquierda contra el edificio perredista. Colmaron 20 de Noviembre y parte del Zócalo. El ambiente era de cortesía.

Después cayeron en la cuenta de que eran los espiados por muchos. Gritaban contra los que tomaban fotos con celulares o miraban a través de binoculares. Les exigían que se encueraran también. Parecía que la instalación había acabado, pero faltaba la sorpresa que Tunick había prometido.

En ésta sólo las mujeres posarían para semejar un mar femenino, delicado. Los hombres se vistieron y muchos de ellos cercaron a las damas, que ya para entonces se incomodaban con las cámaras de gente que dejaron entrar antes de que acabara la instalación. Después de la toma eterna, ellas corrieron por su ropa. El calzón de manga larga, aquel que de repente flotaba en el aire, quedó en el piso, prueba de la derrota de la intimidad mexicana ante la fotografía.



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