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No me odies por ser bonita

Bernardo Hernández| El Universal
10:56Ciudad de México | Lunes 05 de marzo de 2007

El modelo de belleza con el que se inmortalizó Marilyn Monroe fue resultado de la tendencia de su época.. (Foto: Especial )

La suerte de la fea a la bonita le da risa. En materia de belleza, el meollo del asunto es saber quién diablos es guapa. Está fácil, ¿no? Resulta tan sencillo como averiguar qué fue primero, ¿los cosméticos o la vanidad?

Hoy por hoy, Marilyn Monroe tendría que someterse a una dieta. Mae West, de plano, necesitaría una liposucción. Greta Garbo se vería obligada a injertos de cabello. Gloria Swanson y Pola Negri irían derechito a una sesión de bronceado y Theda Bara, la primera vampiresa de Hollywood, nomás no figuraría ni de extra en una cinta porno.

¿Por qué planteo tantas barbaridades? Porque hace 70 años, Kate Moss hubiera sido clasificada como un bicho raro, Beyoncé una bruja prófuga del averno y es muy probable que la top model brasileña Gisele Bündchen fuera tachada de alienígena. Ayer, las bellas de hoy tendrían pocas posibilidades de despertar bajas pasiones.

En materia de belleza, la palabra es subjetividad. Bueno, también hay otra: tendencias. La tendencia que impera es un revoltijo de ideas que, a duras penas, puede tomarse en serio. La confusión es tal que hemos llegado al absurdo: una temporada creemos con firmeza que lo feo y antiestético es la neta y, en menos de lo que canta un gallo, decidimos que mejor no, que vivan los rasgos clásicos.

Estamos tan aturdidos y medicados que ya no sabemos ni a quién echarle la culpa de lo que ocurre. Por consiguiente, es muy fácil, por ejemplo, decir que la moda es la fábrica oficial de niñas anoréxicas. ¡Wow, qué postura tan inteligente! Que la anorexia sea un problema multifactorial, que no sea nada nuevo (en la Edad Media muchas jóvenes ya la padecían) y que se necesita más amor y menos juicios de valor le importa un comino a quienes lucran con este asunto. Esta situación es tan ridícula como la siguiente: un adolescente se suicida mientras escucha un disco de Marilyn Manson y, acto seguido, los padres demandan al cantante por orillar a su hijito a la muerte. Algo similar ocurre con la moda y la anorexia.

Flacas, gordas, curvilíneas, blancas, morenas, apiñonadas, audaces o tímidas: no hay nada nuevo bajo el sol. Lo único realmente novedoso son los enfoques y los caprichos que, durante lapsos de tiempo cada vez más cortos, propulsan al Beauty Sky un determinado estilo de mujer. Finalmente, sólo existen dos tipos de belleza: clásicas o salvajes e inesperadas. Escribe Boris Izaguirre en su libro Morir de glamour: “Hay más glamour en las segundas que en las primeras, ya que las clásicas se vuelven aburridas y, las salvajes, o se estropean o mejoran o enloquecen, pero siempre les pasa algo”.

Si esta elocuente frase no parece certera, pongámosle entonces punto a esta discusión con la máxima que, con crudeza (¿crueldad?) define nuestros días: “No hay gente fea, hay gente pobre”, ¡Chin, ésta sí dolió!



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