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Descifran la matanza en Aquila

Alejandro Almazán/Enviado| El Universal
Martes 27 de agosto de 2002

aquila, mich.Entre los que habrían que ejecutar, aún faltaban dos, jóvenes ambos. Pero los sicarios ya querían largarse. Hacía casi 12 horas que habían apretado los gatillos de las AK-47 contra José Mendoza Soto y ocho de sus hombres de confianza, todo por mentirosos: nunca les robaron 800 kilos de cocaína, sino que se quedaron con ellos.

Tenían que irse. Así que los matones les creyeron a las amenazadas esposas de los dos adolescentes: Les dijeron que uno andaba en Morelia "en un jale", cuando en realidad estaba ebrio en un monte, a menos de 100 metros. Y que el otro se había ido a Estados Unidos desde hacía tres semanas atrás. La verdad es que esa mañana del viernes 17 de agosto el joven siguió su bitácora: se quedó a dormir a hora y media de Aquila, en el poblado de La Placita, para el baile de fin de semana.

De ahí que cuando Homero Martínez, coordinador de la Policía Ministerial de Michoacán, llegó al poblado de Aquila, lo primero que hizo fue buscar a esos jóvenes. Los encontró. Ellos, el testimonio de un taxista de la región y las declaraciones de un detenido, descifraron la matanza.



>pqc<* * *

Desde hace dos años, cuando el colimense José Mendoza compró un tercer rancho de 100 hectáreas al que bautizó con su apellido paterno, en el miserable pueblo nahua y costero de Aquila, la vida volvió a cobrar sentido: los campesinos, acostumbrados a la pizca de tamarindo, ganarían más al menos unos 500 dólares al mes sólo por cuidar cocaína que era arrojada entre las playas San Juan de Alima y Faro de Bucerías. La droga provenía desde Colombia, al menos eso le dijo a Mendoza el narcotraficante de Sinaloa que lo convenció de entrar al negocio.

No sería nada nuevo para los campesinos: en los 80, centenares de ellos llegaron a ser reclutados por estadounidenses para la siembra y empaque de mariguana, en la zona de Marvata; negocio que se acabó cuando en 1987 un huracán azotó la zona y deslavó la pista clandestina.

Así que le fue fácil a Mendoza reclutar a siete trabajadores: el pescador Ezequiel Martínez Francisco, Rafael Álvarez Alcaraz, Salvador Godínez Rivera, Ricardo Sandoval, Bartolo Ibarra Gómez y Mario y Juvencio Espinoza Reyes. Uno más, César Aguilar Meraz, quién se incorporaría a principios de este año.

Con Mendoza, todo marchaba según lo acordado: los dueños de la droga (originarios de Culiacán) la recogían a 50 kilómetros mar adentro, ayudados por un aparato que asemeja a un autoestéreo y que llaman GPS, el cual por vía satélite localiza la carga, y por lanchas rápidas adaptadas para transportar en ellas hasta una tonelada y que eran guardadas a orillas de la playa Zapote, en una casucha propiedad del pescador Ezequiel, el único trabajador de Mendoza al que se le había encomendado que recogiera el alcaloide que era aventado al mar.

La cocaína era transportada 195 kilómetros al norte de la costa en una blanca camioneta doble tracción y era almacenada en una de las cuatro cabañas del rancho. Luego de ocho días, los nahuas la trasladaban al ejido Las Juntas, muy cerca de aquí. Ahí, Gerardo Salas Domínguez, entre otros, cargaban la droga en el helicóptero tipo Bell 2-12, color amarillo, de la compañía Aeroestar, instalada en Guadalajara, y que aterrizaba, siempre, en un cañón conocido como La Barraca del Aguacate.

La cocaína volaba a Guadalajara y Culiacán. Eso, declaran los sobrevivientes, ocurría cuatro veces al año; es decir, no más de 16 toneladas anuales, lo que hace suponer a las autoridades michoacanas que los dueños son de un cártel menor, pues "los grandes trafican eso en una semana. Pero, bueno, no están descartados los nombres de El Mayo Zambada o Los Valencia".

Todo marchaba según lo acordado. Pero a principios de julio algo falló.

Llegaron 3.8 toneladas de cocaína, que habrían de ser transportadas en cuatro viajes. En los dos primeros no hubo problemas. Pero para el tercer traslado, la gente de Mendoza fue emboscada por tumbadores (ladrones de droga) en el propio rancho.

Para su suerte, los tumbadores no encontraron la droga. Se largaron con las manos vacías, no sin antes dejarlos amarrados. Les perdonaron la vida.

En el cuarto viaje, Mendoza sugirió llevar los últimos 800 kilos en una pick up, de su propiedad, y que la camioneta de doble tracción, con placas de Jalisco, fuera el señuelo "por si aparecían los tumbadores ".

Presintió bien: en la carretera Faro de Bucerías, los tumbadores los toparon. Cercaron la camioneta señuelo. Mala suerte: no estaba la droga. Al chofer y a su acompañante los golpearon, los amarraron como animales y fueron a tirarlos, con vida, a un ejido conocido como El Chiro, a 20 kilómetros de Aquila.

Según la declaración ministerial de los dos sobrevivientes, los tumbadores siempre iban acompañados de agentes de la Policía Federal Preventiva, de "agentes de la federal de caminos", dijeron. Coincidencia o no, en estos días la corporación realizó cambios de sus mandos por esa región.

Avisada por radio de la emboscada fallida, la gente de Mendoza regresó con los 800 kilos al rancho. César Aguilar, sin embargo e inexplicablemente, decidió tirar la carga en la carretera Faro de Bucerías-Coahuayana. Ahí estuvo 12 horas. Al día siguiente la recuperaron y la ocultaron en casa de César, debajo de la ocre arena.

Por alguna razón, César le dijo a Mendoza que los 800 kilos de cocaína habían sido robados. Los otros trabajadores, se presume, guardaron el secreto. Y cómo no: ese cargamento está valuado en 12 millones de dólares. Se irían a partes proporcionales. Mendoza telefoneó a sus jefes en Sinaloa para explicarles lo que paso con la mercancía.

"Vamos a enviar un comando para allá, para que investigue", le dijeron, palabras más palabras menos, a Mendoza, un tipo que nunca andaba armado, que desde hacía cinco años había llegado a Aquila, que se hizo amigo de los policías de la región, como Nicolás Zambrano quien ha declarado: "Era buena gente, yo le vendí mil plantas de tamarindo para su rancho". O como el director de Seguridad Pública de Coahuyana, José Álvarez, quien no niega su amistad con el colimense y que, ha trascendido, hasta solía platicar con los pilotos del helicóptero. En fin, Mendoza era el dueño del pueblo, era de los que si un niño estaba enfermo, él ponía de su bolsa para la medicina. No faltaba más.

El comando de sicarios arribó la noche del jueves 16 de agosto. Venían en el helicóptero de siempre. Bajaron armados con cuernos de chivo.

Pero no, no llegaron a matar de inmediato. Hubo tiempo para cenar una parrillada de carne asada y cervezas en la casa del pescador Ezequiel, trabajador de Mendoza.

Ahí empezaron los cuestionamientos. Ninguna versión coincidía. De hecho, nada los convenció. Ellos , ya sabían, de antemano lo que había ocurrido: César se había quedado con la droga (la Procuraduría michoacana indagó que hasta estaba vendiéndola al menudeo; supone que este personaje estaba coludido con los tumbadores y la PFP).

Desarmaron y amagaron a la gente de Mendoza y se la llevaron hasta el rancho. Eran cerca de las 10 de la noche.

Y aunque quizá Mendoza no supo del engaño de sus trabajadores, a él fue a quien peor lo trataron los sicarios: le partieron la cara con una pala y un balazo le voló la nariz.

César (al único que le dispararon de frente; las autoridades creen que "por traidor"), fue llevado, junto con los otros siete trabajadores, a una bodega, entre tambos de gas y cajas de cartón. Ahí les dieron el tiro de gracia.

La esposa de Salvador Godínez, el capataz del rancho, ahora agradece a su difunto, "porque presintió algo y me envió a casa de mi suegra; si no, yo fuera el muerto diez".

Después de la ejecución, los sicarios se fueron a dormir a la Barranca del Aguacate. Se trasladaron en la blanca camioneta de doble tracción, quien "por derecho" se quedó con ella Gerardo Salas.

Pero todavía les faltaban dos por asesinar. ¿Qué hacer? La gente del pueblo ya rumoraba que no habían sido cohetes los que estallaron en la noche en el rancho, sino balazos.

Definitivamente había que huir. Había que creerles a las esposas de esos dos jóvenes que faltaban por ejecutar. Como a eso de las nueve de la mañana del viernes 17 despegaron en el helicóptero.

La Procuraduría estatal, antes de la que la PGR atrajera el caso, arrestó a Gerardo Salas. Se presume culpable de homicidio. Faltan dos sicarios más originarios de Guadalajara y el resto de Culiacán.

Ahora, al parecer, esos dos jóvenes sí se van a ir del pueblo.



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