Apuran cinco jóvenes ensayo de cánticos en lengua náhuatl
Guadalupe, Bonifacia, Marcelina, Sara y Bernardina dejan asomar de sus rostros risas tímidas... apenadas. Dicen tener un poco de miedo porque van a estar entre la mirada de "mucha gente", lo que las incomoda. Oriundas de Pahactla, Hidalgo, estas indígenas de origen nahua serán una de las sorpresas preparadas para la misa de canonización de Juan Diego. Su intervención inicia en el momento mismo del ofertorio: "Ya ti hualahui, Toteco Totiozi; y tic hualica ni tlamanali..." (ya venimos, Señor Dios; traemos esta ofrenda), versa parte de la canción comúnmente interpretada en su pueblo, y que Víctor Luna, director adjunto de coro y orquesta en la Comisión de Música y Canto para la misa de canonización, adaptó para esta ocasión especial y que ya es ensayada a toda prisa. Todas ellas son trabajadoras domésticas y se conocen desde que cantaban en la iglesia del pueblo. Todo fue idea del padre Jorge Orozco, para quien Guadalupe trabaja desde hace 13 años. "Escuché cómo cantaban ellas en náhuatl, y como van a canonizar a un indígena nahua, propuse al maestro Víctor Luna que las incluyeran como auténticas indígenas en la ceremonia de canonización. Queríamos incluir a más; pero sólo nos concedieron cinco lugares", relata el sacerdote. "Quisiera que esta experiencia cambiara mi vida... he tenido muchos problemas. Quisiera que mi papá dejara de tomar; lo dejé enfermo en el pueblo", pide Bernardina Flores, joven de 19 años y con estudios de secundaria. Con gripe y tos desde hace dos semanas, Marcelina Flores Sanjuan tuvo problemas para cantar en los ensayos de este domingo en la parroquia de San Felipe de Jesús. Ha tenido que recurrir a medidas urgentes para que su garganta no le falle dentro de nueve días. Soltera, de 36 años, esta joven se entristece al recordar la muerte de su padre por culpa del alcohol, hace 13 años, las dejó solas a ella y a su madre. Ahora, tiene que trabajar en el estado de México por periodos de un mes, y regresar a su pueblo por espacios de 15 a 20 días, porque también debe velar por su madre. "Lo bueno, dice, es que mi patrona me entiende y siempre que regreso, me contrata". Guadalupe Sanjuan es la mayor de todas ellas. Trabaja como ayudante de la iglesia, con el padre Jorge. Ella fue el enlace para formar el grupo. De 43 años de edad, y con sólo el primer grado de primaria, Lupe, como la llaman sus amigas, decidió hacer su vida sola y terminar con la mala vida que le daba su esposo, hombre golpeador y muy agresivo. Bonifacia Ramírez apenas terminó el sexto grado de primaria, y a sus 17 años de edad, dice tener anulada toda posibilidad de seguir estudiando. La joven se prepara para regresar en octubre próximo a su pueblo y hacerse cargo del cuidado de su padre, de 84 años de edad. Sara Orozco es la más inquieta. De 20 años de edad y con dos hermanos, la muchacha trabaja en el servicio doméstico de una casa en Tlalpan. Pone nervioso al maestro Luna, mira el reloj constantemente y le fija un plazo porque tiene que retirarse a la Central del Norte a recoger a una prima. Todas ellas son hijas de campesinos. Comentan estar casi listas y que la ropa típica que usarán será traída de su comunidad.





