El día que Fidel Velázquez ya no aguantó el paso
Cerró los ojos. Apretó los labios. El rostro era pálido. Frías gotas de sudor descendían por la frente. Y no pudo más. Detuvo su cansado paso. Parecía a punto de derrumbarse. Era el principio del fin de una época. Fidel Velázquez no cayó en ese momento, poco antes de las 10 de la mañana del primero de mayo de 1993. Dos asistentes lo detuvieron. Lo llevaron en el interior de Palacio Nacional, mientras que, del brazo y por la calle, el presidente de la República, los integrantes de su gabinete, representantes del Poder Legislativo y líderes del movimiento obrero organizado continuaban con su marcha, la que precedía al desfile del Día del Trabajo. Fidel Velázquez... o lo que quedaba de él. Ahí, en el palaciego salón. Sentado en un sillón de alto respaldo; sin hablar, débil. Sólo con su dolor entre tanta gente. Ahí permaneció durante casi una hora. Sin embargo, antes de que terminara el desfile, se levantó, se dirigió lentamente hacia el balcón central, para ubicarse a la siniestra del jefe del Ejecutivo. Al año siguiente, 1994, el líder de la CTM ya no intentó participar en esa marcha de los poderosos. Esperó en Palacio Nacional, pero estuvo de pie, al lado del presidente, durante todo el desfile. Fidel, aún en su plenitud, en una comida a la que invitó al entonces presidente De la Madrid y a colaboradores suyos, ante una opinión de Nora, su esposa, dijo: "¡Ah que mi mujer! No sabe nada de política, no sirve para la política... ¡imagínense que dice todo lo que piensa!". Fidel, el que, obviamente, no decía todo lo que pensaba. El que tantos y tantos años, cada primero de mayo, participara en esa caminata, del brazo y por la calle, en torno a la Plaza de la Constitución, y estuvo en el balcón, junto a uno y otro, y otro, varios presidentes de la República. El que con uno y otro y otro presenció ese desfile, o esa representación de marcha obrera, con mantas cuidadosamente pintadas, leyendas rigurosamente vigiladas, adhesiones previamente seleccionadas. Fidel Velázquez, el que aparentó serenidad, pareció no inmutarse cuando, durante aquel desfile que presidía Miguel de la Madrid, de uno de los contingentes voló un proyectil que fue a estrellarse en otro de los balcones, y alcanzó a lesionar a Alejandro Carrillo Castro. El que hacía como que no veía las formas de protesta, que al paso de los años, poco a poco, incontenibles, surgieron en el desfile oficial, el que durante tanto tiempo fue sin incidentes, ordenado, rutinario. Protestas ya de quienes se quitaban las camisetas, ya de los que silbaban o golpeaban el viento caliente con sus puños, ya de pancartas o cartulinas en las que se expresaban demandas, exigencias o desahogos. Fidel Velázquez y el desfile del primero de mayo. Historias que se escribieron paralelas durante décadas. Él estaba ahí, en Palacio Nacional, aquel Día del Trabajo de 1969, el primero después del movimiento estudiantil-popular de 1968, el primero, 209 días después de aquella noche dolorosa, la de Tlatelolco. No estuvo ahí Gustavo Díaz Ordaz. Con su representación, presidió el evento el secretario del Trabajo, Salomón González Blanco, quien ofreció todo el empeño del gobierno para que ese mismo año entrara en vigor una nueva Ley Federal del Trabajo. Fidel y los suyos, los Rodríguez Alcaine, Barragán Camacho, Gamboa Pascoe, que otros primero de mayo aplaudieron a Luis Echeverría, y festejaron las mantas pro tercer mundo, y agradecieron a José López Portillo por anunciarles que se dispusieran, como todo México, a administrar la abundancia. Los que apoyaron las palabras de Miguel de la Madrid, quien aseguró "seguiremos aplicando nuestros planes y programas para afianzar las fuentes de trabajo, consolidar las empresas, los empleos". Fidel Velázquez; aquella mañana de 1993, entrecerró los ojos, apretó los labios, sudó frío, no pudo seguir adelante. Sin embargo, al año siguiente, dijo a Carlos Salinas que el Congreso del Trabajo seguía siendo fuerte y había demostrado lealtad al jefe del Ejecutivo. Aquel primer día del quinto mes del último año de ese sexenio fue también el último de desfile obrero oficial. Ya con el gobierno de Ernesto Zedillo, por sus órdenes, la conmemoración se fue en 1995 al Teatro Ferrocarrilero; en 1996, a la sede del Congreso del Trabajo, y en 1997, al Auditorio Nacional. Retornó al Zócalo en 1998, pero Fidel Velázquez ya no estaba ahí. Leonardo Rodríguez Alcaine era el sucesor. Y los discursos, los mismos, aunque, un año después, de plano, el mensaje del dirigente cetemista le fue casi dictado desde la principal oficina de la Secretaría del Trabajo. Conmemoración en honor de los mártires de Chicago, Cananea y Río Blanco que el año pasado tuvo como escenario el gran patio del Museo Nacional de Antropología e Historia, que se llenó de silbidos ante el discurso de Vicente Fox, y su defensa de la propuesta de reforma fiscal. Ceremonia que de plano llega este primero de mayo a Los Pinos, la residencia oficial. Acto de presencias, ausencias, expectativas y... un fantasma, el de aquel que decía que su esposa no servía para política porque...





