Matamoros, el contrabando, un "derecho histórico"
MATAMOROS, Tamps. Llegamos aquí pertrechados de un solo consejo: antes que nada, visitar el restaurante Piedras Negras; es el mejor prólogo para conocer Matamoros.
Saliendo de la avenida Tamaulipas, calle que se extiende a lo largo del río Bravo, hay que tomar la dirección hacia el Centro, y justo después de cruzar la Álvaro Obregón, la de las vías de ferrocarril (ocupadas por la empresa estadounidense Unión Pacific), nace la Calle Sexta, la más famosa. Y allí mismo, justo enfrente de una antigua construcción a la que aqueja el salitre, y que es el Teatro Reforma, está el Piedras Negras.
La entrada es un cristal ahumado partido en cuatro por gruesas barras de aluminio. Los gabinetes de piel chillante azul son malos contadores de historias; nada dicen. Pero la decena de cuadros colgados ya hablan del lugar.
Como aquel óleo en el que un desconocido pintor ha representado a un joven hombre como si fuera Jorge Negrete, montando a caballo. El traje de charro, de un caprichoso verde que resalta el rostro y la silueta, abruma a quien lo mira.
O aquella foto, donde suponemos que se retrata uno de los días más felices del viejo que aparece en ella. Está de pie, sonriente y de brazos cruzados. Es decir: aún no le habían amputado las dos piernas a causa de la diabetes, un mal tan común entre los tamaulipecos, que en esta enfermedad son el número uno en el top nacional.
Pero esta mesa de roble, la madera en donde se sirve el coñac, ya nos cuenta más: Aquí se sentaba ese hombre del óleo y de la fotografía: Juan Nepomuceno Guerra, quien el pasado miércoles 11 de julio, a los 85 años de edad, terminó fulminado por la diabetes.
Sus detractores lo acusaban de haber fundado el cártel del Golfo (su sobrino era Juan García Ábrego); de haber asesinado a Octavio Villa Coss, un policía aduanal, hijo de Pancho Villa; de traficar autos robados, armas y mujeres. Pero nada de eso consta en autos. El único negocio que "Don Juan" reconoció en público fue el contrabando de whisky hacia Estados Unidos. Eran los años 30, la época de la prohibición. Por eso lo ligaron a Al Capone.
Durante el sepelio, un reportero local, Luciano Campos Garza, entrevistó a una de las cuatro hijas de "Don Juan" (tuvo en total 10 hijos, en cuatro matrimonios). Deyanira Guerra Landeros le dijo al periodista: "Mi papá sí fue contrabandista, pero no contrabandeó solo. Participó el gobierno y eso nadie lo puede negar. Compró autoridades de todos los niveles".
De ahí que versiones policiales lo hayan ligado a Raúl Salinas Lozano, padre del ex presidente Carlos Salinas de Gortari; de ahí que haya establecido alianzas con ex dirigentes cetemistas de Tamaulipas Agapito González Cavazos, muerto también este año; y Pedro Pérez Ibarra, que en 1988 huyó de Nuevo Laredo en una cajuela porque Salinas de Gortari iba tras su cabeza, como lo hizo con Joaquín Hernández Galicia "La Quina"; de ahí que "Don Juan" fuera detenido en 1991, en su rancho El Tahuacal; lo presentaron ante la prensa nacional como "El Padrino del narcotráfico mexicano", un "Vitto Corleone" en silla de ruedas que ni siquiera pisó la cárcel y fue exculpado. "Si no controló las drogas, sí las permitió", nos dirá el historiador Andrés Cuéllar. "Puro contrabando de licor, señores, mi delito", se excusaba el anciano.
El contrabando. ¡Eso es! El contrabando ha forjado a esta ciudad.
"En Matamoros decimos: quien esté libre de contrabandear que arroje la primera piedra", y el viejo profesor Cuéllar sonríe.
Nada más dos dudas.
Una: ¿Ya hay un sucesor de "Don Juan"? "Ya casi dice Cuéllar: son sus sobrinos, Roberto y Carlos Arturo Guerra Velasco; el primero ya fue alcalde de Matamoros, pero falta que demuestre sangre fría; el otro tiene unas ganas de ser presidente municipal y es más violento. No tarda en definirse".
Y dos: ¿Por qué el restaurante se llama Piedras Negras? "Porque ahí nació el patrón", dice Miguel, un mesero. Pero las actas de nacimiento que hay de "Don Juan" son de China, Nuevo León, o de San Pedro, Texas. Qué abigarrado asunto, tanto como el contrabando.
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Matamoros es un gran almacén. El vientre del contrabando.
Va de acuerdo con su historia. Y la historia nos enseña que Bagdad (una playa a 40 kilómetros de aquí) fue el único puerto comercial del algodón entre América y Europa en el siglo XVIII; que en 1774, cuando a esta región llegaban barcos ingleses y traían un producto más barato que los españoles, las 13 familias de matamorenses eran las encargadas de mover la mercancía inglesa; que en 1851, durante la guerra México-Estados Unidos (donde esta ciudad fue defendida y de ahí la "H", de Heroica, que antecede el nombre de Matamoros) los habitantes continuaron con la mercadería con los gringos y no faltó quien los llamara traidores; que en 1861, Benito Juárez ratificó a este lugar como zona libre de comercio internacional? "Es un derecho histórico", resume Arturo Zárate, investigador de la Frontera Norte. "Mi familia contrabandeó licor y no nos asusta. Aquí es normal. Es la frontera más cercana al DF y de ahí su ajetreo. Contrabandista, el gobierno federal que compra furgones de sorgo de mala calidad e invade México".
Pues normal no es, ahora que lo comentan dirá Mónica Robles, también encargada de la Casa Mata, con una extraña mezcla de protesta y aceptación pero se vale? Sí, la historia nos respalda, ¿para qué va uno a importunarla?
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Vayamos de compras. No de "shoopping", en esta parte de la frontera aún no se ha deformado el lenguaje. Quizá porque 90 por ciento de los habitantes de Brownsville, la ciudad estadounidense frente a Matamoros, son mexicanos y piensan, platican y duermen con el español en la boca. Por eso la estación con mayor rating es la KOW con su programa diario "Viva México".
Es más, estamos en Brownsville. En las calles Elizabeth y Washington. ¿Por qué?: De aquí, de todos estos almacenes de segunda que huelen a rancio y cuyos dueños son centenares de chinos, sale el contrabando para Matamoros. Ese que se compra a 25 centavos de dólar por kilo (fundamentalmente ropa usada). Ese que la paca de ropajes que no pasaron el control de calidad cuesta 250 dólares; 70 kilos (100 libras) de Levi s hasta marcas desconocidas. Ese que José Chávez reparte en cajas y distribuye entre sus hijos, la famosa operación "hormiga", porque, en teoría, la aduana mexicana sólo permite el cruce de 80 dólares en mercancía.
En teoría, porque bien lo dice Jorge Satina, oficial aduanal mexicano: "Aquí no puedes decirle nada a la gente, es cabrona. Si la detienes te arman un desmadre. Por eso ves que el semáforo lo dejamos siempre en verde".
Claro que estos matamorenses, los que cruzan por la garita, son los más "decentes". A lo largo de los más de 70 kilómetros del río Bravo que bordean la ciudad, sale mercancía (incluyendo armamento, drogas y esa patilla abortiva, RU-486, prohibida por la Secretaría de Salud) que va a dar a Tepito. "Imposible que veas esa operación mercantil, son tantas brechas que si llegas a una hasta te matan", dice Satina.
También no es un secreto que las aduanas son otro eslabón del contrabando? No responde. Sólo se encoge de hombros.
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¿No compró nada en Brownsville porque no tiene visa? No hay de qué preocuparse, en Matamoros se adquiere lo que sea. Eso hace más de la mitad del millón de habitantes de esta frontera y que son migrantes. Eso hacen los 60 mil empleados (también originarios de otros estados) que laboran en las 120 maquiladoras.
Eso hacen, también, los miles de centroamericanos que llegan aquí (más de 700 han sido arrestados), ya sea intentando cruzar la línea o buscando la nacionalidad mexicana, como los hermanos Kelvin y Marlon Mejía Arauz, nicaragüenses que esperan aumentar las estadísticas de 59 solicitudes resueltas a favor por el Instituto Nacional de Migración matamorense; hombres, ambos, menudos y escuálidos, de tez oscura y ojos rasgados que salieron de Matehuala, a 120 kilómetros de Managua, con 5 mil dólares para intentar el "American way on life", y terminaron de carpinteros sobre la Calle Sexta, por ésta en la que estamos ya, contando el dinero, para desplazarnos a todos esos sitios que aquí llaman "Pulgas" y donde llega el contrabando.
Aquí luego, está la calle Rayón. La de los autos "chocolates". ¿Un Pontiac 92? Diez mil pesos. ¿Un jeep 94? 12 mil. Nada más que suelen ser robados o con antecedentes de homicidios o accidentes. "Los míos no", se apresura a decir un regordete hombre. "Pero, bueno, cabe la posibilidad, ¿verdad? El que los pasa es mi hermano".
Cuadras más adelante, después de sortear estos camiones que no son camiones sino "maxitaxis", después de mirar a toda esa gente que afuera de sus casas cuelga ropa o juguetes (también fayuca para vender), después de pasar por esas dos discos que todas las noches terminan en balaceras y acusadas de distribuir droga, se llega a La Gran Pulga. A saber: una centena de locales confinados en un enorme cajón de tabique blanco y que huele también rancio.
Pero son días de recesión. He ahí la razón de que los precios estén un poco más baratos: un estéreo AIWA a mil pesos, una botas australianas a 290, una computadora Acer a mil 500, una Sony Vega 27 a 3 mil? Vaya, hasta María Magdalena ya cambió de distribuidor: ya no es Brownsville, sino Irapuato y le traen pantalones Tommy, obviamente piratas, para vender a 120 pesos. "Pero como toda la gente sabe que nos surtimos en los almacenes de "Browns", ni se fijan".
Recesión que se ha extendido a otra "Pulga", la más famosa: La de la avenida del Niño. Los puestos (de madera podrida todos) y donde venden sierras eléctricas, activan celulares o muestran sacos de lino están solos.
¿Y ahora qué van a hacer?
Pues a cambiar de giro dice doña María de los Ángeles Martínez, ya ve que aquí hay mucho narco.
¿Se metería a eso?
En esta ciudad se puede contrabandear lo que sea.
Nada más con cuidado, doña María: ya ve, el que no termina muerto, es llevado a cortes de Texas. Osiel Cárdenas Guillén, el sucesor de Juan García Ábrego, no quiere competencia.
Así que: "¿Qué se va a llevar? No nos condene a la delincuencia".
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Playa Bagdad. Kilómetro 3 mil 200. El último encuentro con la línea.
La llaman así porque los europeos decían que se asemejaba al Bagdad asiático y comerciante del siglo XVIII, no al de Sadam Hussein. Ahora es triste el Bagdad matamorense.
Es una playa de arena ennegrecida, grasienta y atiborrada de sargazo. Si la atraviesa en auto, parecería que iría en un rally infernal, en una desenfrenada tabla de surf.
Es una playa donde el río Bravo (la barda que divide a dos mundos) debería de desembocar al apestoso Golfo, el que huele a petróleo. Pero el agua dulce se acaba kilómetros antes. Ahí donde está lanzando el anzuelo Juan Carlos Guzmán, un pescador.
Ya no es la playa del río por donde navegaban barcazas que transportaban mercancías . Ahora sólo se ven cascos de lanchas podridas y ni peces hay.
¿Pues qué pasó?
Un chingo de mota dice Juan Carlos.
Relata: un día me tocó una balacera. Narcos contra marines gringos. Querían pasar droga en lanchitas. Se murieron un par de cabrones. Sí, aquí el cártel del Golfo madreó la playa y a la gente.
Ahí está, por ejemplo, don Cata, un pescador leyenda. Dejó la redes por la mariguana. Lo aprehendieron y terminó muriéndose en el penal de Matamoros.
Ahí están, por ejemplo, estos cuatro pescadores, ebrios, que resulta difícil entenderse con ellos. Salvo con uno, el de la lancha "Rincón de la Flores". Desdentado y que huele a sal, como si él también fuera habitante de la mar. Como en estos días la Secretaría de Marina ha entrado a realizar operativos en Bagdad, el pescador piensa que somos agentes de la PGR.
No, somos reporteros.
Bueno, lo que sean. Ayúdennos: consigan armas para ir a matar a los narcos. Ya nos tienen hasta la madre. Vean: no hay gente, no vendemos lo que pescamos. Claro: ¿Quién va a venir si aquí si los "cuernos de chivo" son como los salvavidas?
Ciertamente, de momento no hay afluencia de gente y no se oye más que esas atrabancadas olas rompiendo. Pero así es todo el año: ya vendrá la gente, en Semana Santa, a abarrotarla, sobre todo los regiomontanos.
Mientras, puede mirar al cielo. Aquellas luces no son estrellas, sino avionetas cargadas de droga, que salen de Puerto Mezquita, a 70 kilómetros al sur.
O bien, hacer como nosotros: tumbados en la negra arena contándole a este pescador todo lo que hemos visto en 20 días, en 3 mil 200 kilómetros.