El miedo se apoderó de los habitantes de Los Ángeles
LOS ÁNGELES. Fue el temor, ese miedo a lo incierto lo que encerró a los angelinos en sus casas. La soledad invadió las calles. La ciudad de la diversión, de la cultura, de la alegría se sobrecogió y los comercios y oficinas, parques y centros de atracción cerraron sus puertas. Este martes era la fiesta de la segunda entrega del Grammy Latino. A las puertas del Great Western Forum sólo apareció el letrero "Canceled" y nadie dio más explicaciones. ¿Hacían falta? Madonna y el grupo de rock Blac Crowes hicieron lo mismo: anularon conciertos. "Mucha gente tiene miedo de salir de sus casas e incluso los que continúan con sus vidas normales temen lo que está pasando", comentó Frank Alton, pastor de una iglesia presbiteriana que, contrario a lo que otros hacían, abrió las puertas de su centro religioso, "para ofrecer a la gente un lugar dónde reunirse (...) e intentar comprender lo que sucedió". Y había miedo entre la gente, según Alton: "Esa era el principal sentimiento". Pero Alton no estuvo solo. Otras iglesias, metodistas, bautistas, apostólicas y episcopales abrieron también sus puertas para ayudar a quienes temían haber perdido a seres queridos en los ataques que aún cimbraban, estremecían los sentimientos de los estadounidenses desde Nueva York y Washington, epicentros del horror, del terror. "Personas que normalmente no acudirían a la iglesia están viniendo y llamando", comentó Herb Sollars, responsable de una iglesia bautista. Fue una mañana larga y triste. En las zonas de negocios de la ciudad se respiraba preocupación e incertidumbre a medida que se veía por todos lados el cierre de locales y oficinas. "Nunca hubiese pensado que esto podría ocurrir aquí, en suelo estadounidense", dijo Morris Morilla, empleado de oficina mientras era evacuado de un edificio en el oeste de Los Ángeles. "Creo que nadie tendría que trabajar hoy. He mandado a todo el mundo a casa", dijo Jack Fenigstein, del despacho de abogados Fenigstein et Kaufman. Y este vacío, esta soledad se extendió poco a poco. Disneylandia y los Estudios Universal no sólo ordenaron cerrar sus puertas en esta ciudad, sino en otras del país, por temor a convertirse en objetivo de más ataques terroristas. John Dreyer, portavoz de Walt Disney, dijo que la reapertura no se decidirá hasta contar con "más información", y habló de la posibilidad de cerrar también las instalaciones en Japón y Francia. El aullar de las patrullas en el centro de la ciudad imprimió más dramatismo al ambiente angelino. La policía fue puesta en alerta y se vivía en la zona una escena de "evacuaciones voluntarias", sobre todo donde se encontraban los edificios más altos. La oficina local del FBI fue puesta en "estado de alerta", y su portavoz Matt McLaughlin, comentó: "Estamos vigilando la situación y siguiendo instrucciones de nuestro cuartel general". Los tribunales fueron evacuados de forma preventiva, siguiendo la recomendación de cerrar los edificios oficiales a la vista de los atentados, y también, como medida de precaución, el ayuntamiento permaneció cerrado. La línea principal del Metro fue cerrada, para que la policía hiciera una inspección en los túneles y la división antiterrorista fue desplegada para vigilar puntos que pudieran ser "potenciales objetivos de ataques". No se percibía amenaza alguna, pero si temor, debido a que dos de los aviones secuestrados y usados como misiles tenían como destino a la ciudad. "No ha habido ninguna amenaza confirmada o creíble contra la ciudad", afirmó el presidente del concejo municipal, Alex Padilla. En el barrio de Westwood, centro de la vida oficial en Los Ángeles, se llevaron a cabo evacuaciones, mientras que las escuelas siguieron abiertas. El aeropuerto internacional fue vedado al trafico aéreo y se encontraba en estado de máxima alerta. El gobernador de California, Gray Davis, ordenó finalmente el cierre de todos los edificios estatales, como medida de seguridad, "hasta nueva orden". "Esta orden no afecta a edificios e instalaciones que cumplen funciones esenciales o críticas", dijo. Y la frontera californiana entre Estados Unidos y México permaneció abierta, pero con extremas medidas de seguridad, mientras que el personal de los guardacostas y el servicio de aduanas inspeccionaban minuciosamente todos los buques cargueros y de pasajeros que llegaban a los puertos de Los Ángeles y Long Beach. Por la tarde, todas las banderas ondeaban a media asta. Y el miedo seguía ahí.





