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Fue amigo hasta de sus enemigos: Moreno Valle

Miguel Reyes Razo| El Universal
Domingo 12 de agosto de 2001

"¡Ah, Carlos Hank González es amigo hasta de sus enemigos! dijo vehemente el médico Rafael Moreno Valle. Figúrese que don Gustavo Díaz Ordaz lo descubrió como "el mejor amigo que tuve en mi vida". Y dedicó sus últimos años a disfrutar su trato. ¡Cuán generoso es! Hace tiempo no lo veo. Está muy enfermo y no quiere que se vea su deterioro. De vez en cuando hablamos por teléfono.

"Le confiaré que dejé el gobierno de Puebla a causa de dolores de cabeza. A puros analgésicos me la pasaba. Enloquecía de sufrimiento. Decidí renunciar. Desoí los consejos de Mario Moya que me pedía permanecer en el cargo y únicamente solicitar licencia y busqué mi cura en el extranjero.

"Gasté buena parte de mis ahorros. Casi me arruiné. Compañeros de charrerría, amigos al grado que me llamaba cariñosamente `San Rafael`, el profesor Hank me invitó a comer y a los postres me preguntó: "¿Cómo andas de dinero?"

"Pues así, así. En la abundancia no, Carlos."

"Te ruego entonces dijo y me entregó un portafolios que aceptes este dinero. No es justo que un hombre tan valioso como tú pase por estrecheces. Y menos si tienes un amigo como yo."

"Quise protestar. Me rindió. Así me entregó un millón de pesos. Con gallardía y caballerosidad y discresión. Y no había pasado mucho tiempo cuando me citó en un restaurante. Comimos, platicamos. Nos despedimos. Y llegaba yo a mi automóvil cuando, apresuradamente me detuvo su chofer: "Es que olvidó usted este portafolios en el restaurante. Y me ordenó el profesor que se lo entregara."

"Enmudecí. Desde lejos, mi amigo Hank me sonreía y me agitaba la mano. Aliviaba mis necesidades con otro millón de pesos.

"Y hubo una tercera ocasión. Esta fue en su casa. Me hizo probar elegantes chamarras. `A ver qué tal te sienta alguna. Y te la obsequio, `San Rafael`. Y lo hice. Hasta que me quedó una que ni pintada. `Esta, Carlos`, le dije. Con mirada maliciosa me replicó: `Creo que esta te quedaría mejor`. Y me la entregó. En uno de los bolsillos había otro millón de pesos ¡Tal era su grandeza!

Caritativo

"No fui el único, ¡qué va!, que supo de su buen corazón y sensibilidad. Quiso mucho a Caritino Maldonado y le prestaba su helicóptero cuantas veces se lo pedía. Hasta que un día el piloto del aparato le dijo al profesor Carlos Hank: "Si usted me vuelve a mandar con el gobernador Maldonado, renunciaré." "¿Por qué?"

"Me obliga a volar a deshoras. A veces casi en la oscuridad. Nos expone mucho..."

El profesor quería mucho a Caritino Maldonado. Y un día lo sacó de un atolladero. Puso en sus manos, también, un millón de pesos. Sin firma. Sin papeles. Y cuando Caritino murió, su viuda se acercó al profesor: "¿Cómo le pagaré a usted?"

"¿A mí ? A mí no me debe nada, señora."

"¡Ay profesor! Catarino me lo dijo. Nosotros nunca podríamos tener un millón" confesó la viuda.

"Cuente conmigo para todo lo que necesite, señora. Adiós".

Y un día la terrible noticia. "Cuauhtémoc Hank Rhon pereció ahogado mientras buceaba en el caribe mexicano".

Los dolientes se reunieron en la funeraria Gayosso de Félix Cuevas. Ahí llegué. Entre la multitud que ahí se hallaba me abrí paso hasta encontrar al afligido padre. Estaba con Justo Fernández, con Eliseo Mendoza Berrueto y algunos más. Hombres altos todos. De más de uno ochenta y cinco. Hombres que aflojan una rodilla para no parecerlo tanto.

Ahí estaba don Julio Scherer. A su lado, su esposa, doña Susana.

"Le he dicho, le he recomendado a Carlos que de este dolor haga una alegría. Que a partir del sufrimiento halle el goce."

"¿Cómo así, don Julio? No hay hombre que tenga reservas para enfrentar impávido el dolor, repliqué".

En eso llegó a la capilla Jacobo Zabludovsky. Y se aproximó el profesor Carlos Hank. Al unísono produjeron su saludo ritual.

"¡Señor licenciado...!"

"¡Señor profesor...!"

Y el largo, apretado abrazo los anudó. Así permanecieron larguísimos instantes. Ambos se veían estrujados, estremecidos por la pena. Ya un poco recuperados hablaron.

"¿Permaneciste en la playa mientras recuperaban el cuerpo de Cuauhtémoc, Carlos?"

"Sí, Jacobo. Y no sabes qué duro fue..."

"¿Estaba Lupita contigo?"

"De ninguna manera, Jacobo. Con que uno sufriera ya era bastante. No podía permitir que mi esposa pasara por esa pena. En soledad pasé ese tiempo".

Callaba Jacobo Zabludovsky. Sin palabras para el dolor.

"¿Sabes, Jacobo? --dijo el profesor. Creo que dentro de un siglo comenzaré a olvidar".

Era un árbol profundamente herido.

Cuando la campaña de Carlos Salinas de Gortari llegó al estado de México, en Toluca el profesor organizó presidió un formidable acto. Muchedumbre. Ríos de personas, matracas, confeti, tamborazos. Tal como escribió en "Mis Tiempos" José López Portillo: "Carlos Hank sabe hacer las cosas".



Regreso

"Participará en el próximo gobierno, profesor?, le pregunté.

"¡Qué va! Yo ya estoy en mi casa."

No había tenido cargo alguno en el gobierno del presidente Miguel de la Madrid. Y en los días en que se persiguió hasta encarcelarlo a Jorge Díaz Serrano julio del 83 en los desayunaderos políticos se llegó a decir: "...Y el que sigue es Carlos Hank."

De ahí no pasó.

Pero no se fue a su casa. En el sexenio de Carlos Salinas fue secretario de Turismo. Y de Agricultura.

Hará un par de años visité en sus oficinas de "Banorte" a Roberto González Barrera, consuegro del profesor.

"¿Cómo está?"

"El profesor lucha por su vida", me respondió.

Un año más tarde a Abraham Zabludovsky: "¿Tan amigo de tu casa, cómo está el profesor?"

"Lamentablemente mal. Está prácticamente invadido por el cáncer. Se la pasa en curas en Estados Unidos. Está mal", dijo apesadumbrado.

El mes pasado a Leonardo Rodríguez Alcaine: "¿Cómo está el profesor?"

"Mucho mejor. Es mi compadre ¿sabe usted? Ya le encapsularon su mal. Ya no le avanzará", respondió tocándose el vientre.

Ayer, muy temprano, repiqueteó el teléfono. Era Luis Carreño, el cartonista de EL UNIVERSAL.



La noticia

"Te voy a dar una pésima noticia: se murió el profesor Carlos Hank González. Me voy al funeral. Tu sabes cuánto quiso a mi padre. Y a nosotros. `Tío`, le decíamos desde que éramos niños. Estoy desconsolado, hermano".

Busqué al licenciado Jacobo Zabludovsky. No estaba. Pero un minuto después él telefoneó: "Estoy muy triste, Reyes Razo. He perdido a uno de mis grandes y ya poquísimos amigos. El círculo se estrecha", me dijo con voz apesadumbrada.

"¿Cómo, cuándo lo conoció?"

"Debe haber sido a través de Pagés Llergo. Otro que ya se fue. Muchos años ha. A él y a mí nos diagnosticaron el mismo cáncer casi al mismo tiempo. Tengo la impresión de que él no se cuidó como debiera. Amigos insustituibles. Comí con él hace un mes. Ya me voy a su rancho. Allá platicaremos".

Procuré a don Rafael Moreno Valle.

"Se fue a Puebla. Búsquelo en el celular".

"Me acabo de enterar. Estoy llegando a Puebla. Porque el gobernador me da una comida por mi próximo cumpleaños. Regresaré tan pronto pueda. A cambiarme. Para ir al lado de la familia de Carlos".

Y José López Portillo escribió en "Mis Tiempos" de Carlos Hank: "Lo que es tener colaborador... Una revelación... Se la juega... Cosechará".



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