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Riesgos en la travesía de los migrantes

Charlie LeDuff/?The New York Times?| El Universal
Miércoles 30 de mayo de 2001
Además de enfrentar inclemencias del tiempo en el desierto y a los asaltantes, los indocumentados deben soportar el desprecio de los estadounidenses

A mitad del camino durante su segunda noche en el desierto de Arizona, Eduardo Cervantes comenzó a alucinar. La estrellas se volvieron rojas y ondulantes como mariposas nocturnas. No había comido. Le dolía la garganta y sus ojos estaban irritados por el polvo.

Pero junto con los otros mexicanos seguía su travesía por el desierto, a través de cactus y ortigas, rumbo a una carretera que su guía dijo sería la que los conduciría lejos de la frontera y la pobreza.

De modo que cuando finalmente pudo ver la carretera a la distancia, el regocijo invadió a Eduardo Cervantes y los demás.

Estaban en dirección a Farmingville, población al este de Long Island con empleos de 15 dólares la hora. Conocía la poco amable opinión de los habitantes de Farmingville hacia los migrantes. Fueron a pesar de eso. Ahí había dinero.

De modo que pasaron por debajo de una cerca del ganado, cruzaron la carretera y de nuevo bajo otra alambrada. Ahí, esperaban dos mexicanos armados. Eduardo Cervantes, que a sus 19 años ha visto esto antes, no les temía. Los delincuentes que abundan en la ruta de los ilegales son parte de la vida mexicana.

"Quítense la ropa", ordenaron los maleantes. Buscaron dinero en los bolsillos y los forros. El aire frío de la noche hizo que los migrantes desnudos se arremolinaran. Uno de ellos había pegado el dinero a su escroto con cinta adhesiva. Otro lo había ocultado en su cabello. Los ladrones ordenaron que se vistieran, dejaran sus mochilas, se dieran vuelta y retomaran el camino por donde habían venido. "Media hora", les advirtieron.

Cuando los migrantes regresaron, reunieron sus pertenencias. Los había dejado el transporte, dijo el guía. Tendrían que acampar y caminar una tercera noche, para que los recogieran en el siguiente punto. Se refugiaron bajo un árbol espinoso, se cubrieron con bolsas de basura en un intento infructuoso por calentar sus cuerpos.

"Tengo mucho frío", dijo Eduardo. Muy delgado y sus dientes rechinaban. "Le dije a mi padre que no quería hacer esto".

Su amigo, Mario Huerta, replicó, "eres un mexicano", ¿qué más puedes hacer?

Encaran la misma pregunta, los cientos de miles de mexicanos que intentan cruzar la frontera con Estados Unidos al año. No todos lo logran. La semana pasada, 14 murieron por exposición a las inclemencias del desierto de Arizona, uno de los cruces más fatales de ilegales en años recientes.

Los dos amigos, que emprendieron la travesía el mes pasado, venían de San Lorenzo Tezonco, una zona de pobreza en la sección sureste de la ciudad de México. Cubrirían más de seis mil kilómetros antes de llegar a Farmingville.

Ahí tendrían que esperar en las esquinas, junto con otros cientos de mexicanos, a ser empleados por un contratista estadounidense en construcción o jardinería.

Los habitantes de Farmingville se sienten como si fueran invadidos. Una propuesta en marzo para crear un sitio de contratación con un sanitario portátil fue rechazado por la Legislatura del condado después que dividió a los vecinos.

El año pasado, dos anglosajones prometieron trabajo a dos mexicanos en Farmingville. Pero en cambio, se los llevaron a un edificio abandonado y los golpearon con herramientas. La noticia del ataque se difundió hasta San Lorenzo.

Por su parte, los ilegales se burlan de los estadounidenses, los llaman holgazanes al señalar que Long Island tiene huellas mexicanas por todas partes. Las cercas en Hamptons son limpiadas con mano de obra latina. Las casas nuevas en los mejores vecindarios de la ciudad fueron construidas por mexicanos. Y en San Lorenzo, puede asegurarse que las viviendas se construyen con dinero de Farmingville. Como Huerta al igual que la familia Cervantes.

Ambas poblaciones están vinculadas por dependencia, resentimiento y policías mexicanos corruptos, polvorientas poblaciones fronterizas, gángsters, cercas alambradas, agentes de inmigración con lentes infrarrojos, maleantes, vendedores de autos usados, carreteras interestatales y la policía de Nueva Jersey.

También están enlazadas por Lalo Cervantes, padre de Eduardo.

Hombre delgado de piel indígena y bigote negro, Lalo Cervantes que mide más de 1.60 metros de estatura. Tiene 38 años y conoce la vida de las calles. Habla bien inglés, es el responsable directamente de traer 50 hombres de la ciudad de México a Long Island. Estos a su vez, han traído a más de 200 mexicanos. Cervantes conoce a los contratistas de Long Island. Sabe que vendedores de automóviles usados en Phoenix transportarán rápidamente a los migrantes. Sabe dónde obtener actas de nacimiento legítimas para propósitos ilegales.

Era abril, finales de la temporada de trabajadores migrantes. Farmingville estaba llena de ellos, algunos de apenas 15 o 16 años. La noticia que el dinero bueno de Long Island se había ido y no se podría garantizar trabajo a los que llegaran después de mayo.

Lalo Cervantes azotó el teléfono público en la estación Exxon en San Antonio. Estaba harto de su hijo. Se suponía que Eduardo esperara en la ciudad fronteriza de Agua Prieta, separada por una barda de acero de Douglas, Arizona.

"Está en la casa viendo películas americanas con su novia", protestó Cervantes. Luego se subió a su automóvil y se dirigió al sur rumbo a México.

El barrio de López Portillo en el distrito de San Lorenzo es un lodazal. Calles sucias; los pobladores crían vacas y caballos.

Se construyen quizá 25 casas nuevas con el dinero ganado en Estados Unidos. La mayoría no están terminadas y dan al barrio la apariencia de un castillo de arena erosionado.

Son tantos los que emigran de López Portillo al año que el gobierno ha colocado un anuncio en la carretera que dice, "¡Bienvenidos paisanos!". Cervantes y su hijo fueron en la dirección contraria, hacia Agua Prieta, a casi mil 900 kilómetros al norte.

Con suerte, el viaje completo a Long Island les tomaría dos semanas. Lalo Cervantes no cruzaría la frontera a pie. Lo haría en automóvil. Ha entrado y salido de Estados Unidos durante los últimos 15 años. Tiene una visa de trabajador agrícola que vence en el 2003. Su visa y sus conexiones en la calle hacen posible que se dedique a traficar ilegales. Por lo regular, lo hace por lo que él llama una "cuota nominal". (c) 2001 The York Times



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