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“Entierren primero al busto”

Yanet Aguilar| El Universal
Domingo 20 de junio de 2010

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Cronista, periodista, ensayista, coleccionista, gran cinéfilo y lector, colaborador de EL UNIVERSAL; discípulo de creadores fundamentales del siglo XX como Salvador Novo y Fernando Benítez; amigo fiel de literatos imprescindibles: José Emilio Pacheco, Sergio Pitol y Elena Poniatowska. Conciencia moral de México, testigo de la cultura mexicana e historiador de mentalidades; todo eso y más es Carlos Monsiváis Aceves.

El escritor, nacido el 4 de mayo de 1938 en la ciudad de México, fue llamado pronto el “heredero intelectual de Salvador Novo” y conciencia de su tiempo desde la trinchera de la palabra oral y escrita.

Sus amigos le adjudicaron otras definiciones. Sergio Pitol lo llamó siempre Mr. Memory y Carlos Fuentes Faro crítico del país; hubo otra definición más categórica, la del Premio Nobel de Literatura 1990, Octavio Paz, quien calificó a Carlos Monsiváis de “cortador de cabezas”.

El intelectual mexicano aceptó ser un hombre excéntrico: “Vivo con 12 gatos y cerca de 30 mil libros. Como eso no es nada común, supongo que sí, incurro en la excentricidad”. En contraparte, hablaba poco de la muerte, pero el 27 de noviembre de 2006 al develar su efigie en bronce en la Galería Juan Rulfo por haber obtenido el Premio FIL de Literatura dijo: “Cuando me toque el momento y mis aspiraciones dejen de latir que entierren primero al busto”.

Vida, pasión y literatura

De su vida personal poco se sabe. Nunca hablaba de su padre ni hacía mención de una figura paterna, acaso se sabía que era hijo único de Esther Aceves y que su tía Beatriz, quien trabajaba con Artemio de Valle Arizpe, fue fundamental en forjar su avidez lectora y formación literaria porque cada tanto le traía libros de la biblioteca del autor de “Amores y picardías”, incluso Monsiváis acudía a esa casona y De Valle Arizpe le recomendaba tomar libros de las cajas donde los guardaba.

Aunque hizo a muy temprana edad, 28 años, su autobiografía precoz, como lo hicieron otros escritores como Juan García Ponce, Gustavo Sainz, Sergio Pitol, Vicente Leñero y José Agustín, impulsados por Emmanuel Carballo, Monsiváis pocas veces hacía alusión a su historia personal; sin embargo, tenía frases que por poco se convierten en refranes: “Ya que no tuve niñez, déjenme tener currículum”.

Monsiváis hizo su retrato de los primeros años de vida, aunque telegrafiado. “Niñez libresca, desarrollo de sentimientos de marginalidad (motivo: religión protestante), escuelas públicas con maestros cardenistas y comunistas, ingreso en la Juventud Comunista (incomprensión del marxismo que persiste hasta la fecha), lecturas obligadamente caóticas, incomprensión de toda la realidad ajena a los libros, radicalización sentimental”.

De lo que sí hablaba era de haber crecido dentro de una familia protestante.

Fue un lector voraz iniciado en el mundo de la lectura cuando tenía seis años con La Ilíada y La Biblia, de la que memorizó: “En el principio era el verbo y el verbo era Dios...”. De ahí que siempre dijo que La Biblia fue el libro más importante de su vida; leía el libro sagrado “por la formación literaria, mitológica, de intercambios entre la crueldad y la generosidad del Antiguo y el Nuevo Testamento”.

Carlos Monsiváis muchas veces se declaró un bibliófilo que no tenía posibilidades adquisitivas y un bibliómano que tenía a su alcance las obras en las librerías de viejo. Un hombre con ambiciones.

Icono pop y gurú de la izquierda

Tuvo épocas de rock and roll con participaciones memorables en el cine; fue Santa Claus en Los Caifanes y El Sabio Monsiváis en Chanoc; ya era un cinéfilo consumado y a partir de allí fue central su relación con el séptimo arte y la cultura popular, de ahí sus apariciones con María Félix, Juan Gabriel, Yolanda Montes Tongolele, Lucía Méndez en la portada de Tele-guía, María Victoria y Gloria Trevi. Monsiváis fue un ser irreverente y un icono pop.

En su formación fue fundamental su amistad con Salvador Novo, luego su paso a los suplementos de periodismo cultural bajo la tutela de Fernando Benítez, a quien consideraba su único jefe, tanto que le ganó pertenecer a “La mafia de Benítez” al lado de José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska y Juan García Ponce.

Entonces comenzó su activismo social, su interés en los asuntos de la marginalidad, su militancia en causas como la lucha homosexual, el feminismo, para darle voz a los desposeídos.

Todo lo llevó a ser una especie de icono pop en los 80, con su figura desgarbada, lentes de pasta y cabello alborotado; el amante de legiones de gatos a quienes bautizaba con nombres como Maiu Tse-Tung, Miss Antropía, Caso Omiso, Ansia de Militancia, Ale Vosía o Mito genial.

Historiador de las mentalidades

Aunque las definiciones y calificativos siempre rondaron a Monsiváis, ¿quién era él? Él mismo en una entrevista con Miguel Ángel Quemain señaló: “Nunca he sabido exactamente lo que soy. Sí sé con exactitud lo que quiero ser, que es todo lo que no soy, pero no puedo describirte lo que quiero ser porque sería una manera de manifestarte con claridad lo que soy”.

El prolífico escritor, quien desde un rincón de la colonia Portales, en la calle San Simón, exploraba el México de la segunda mitad del siglo XX y primera década del siglo XXI, y lo expandía en cuartillas y cuartillas cargadas de preocupaciones, curiosidades e intereses, decía: “Mi inteligencia es una leyenda que ojalá siga siéndolo para ocultar la penosa realidad”.

Esa inteligencia que lo llevó a ser considerado “un renovador de las formas de la crónica periodística, el ensayo literario y el pensamiento contemporáneo de México y América Latina”, lo hizo merecedor de más de 30 premios y reconocimientos, entre ellos el Premio Nacional de Ciencias y Artes, el Fil de Literatura en 2005, la Medalla de Oro de Bellas Artes y el Nacional de Periodismo en 1977.

Su obra

Monsiváis, autor de Días de guardar —sobre el movimiento estudiantil de 1968—, Amor perdido y Escenas de pudor y liviandad apostó desde su adolescencia por la crónica y la crítica. Lector apasionado de muchos escritores, como Jorge Luis Borges, Alfonso Reyes, Novo, Martín Luis Guzmán, Óscar Wilde, Charles Dickens, Voltaire y George Eliot, con quienes descubrió que existía el sentido del humor.

Monsi —como lo llamaban sus lectores—, el agudo observador de la vida política y descubridor del pasado mitológico del DF, con su vida urbana, boleros, melodramas, películas de la Época de Oro y personajes de la ciudad, era el gran coleccionista de arte popular, tanto que para exhibir la cantidad de piezas reunidas a lo largo de su vida creó el Museo del Estanquillo, recinto al que dio en comodato toda su riqueza en el arte popular.

Se fue el intelectual, el hombre que tenía en el filo del humor y la ironía, las armas finas de la crítica, aunque él siempre aseguró: “No sé si mi estilo es genuinamente irónico. Es imposible que uno califique sus procedimientos con objetividad”.

 

 



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