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La vieja Cuba y la nueva América Latina

Eduardo Mora Tavares| El Universal
Sábado 13 de junio de 2009

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Cuba sufre nuevas dificultades económicas, que van desde la reducción en las cuotas de alimentos subsidiados hasta la reprogramación de sus bonos de deuda por 200 millones de euros, según reportes noticiosos de la isla.

 

Los problemas económicos son constantes en la historia de Cuba y el régimen los atribuye principalmente al embargo estadounidense, aunque también obedecieron, a principios de los años 90, al colapso del imperio comunista soviético y, en diferentes etapas de la cincuentenaria revolución, a fracasos en las zafras azucareras.

 

La crisis económica mundial impacta a Cuba con menos turismo, inversiones e intercambios económicos. Cuba redujo a 2.5% el pronóstico de crecimiento en 2009, de 6% previsto, debido al impacto de la crisis, admitió en mayo el ministro de Economía y Planificación, Marino Murillo.

 

El alza en los precios de los alimentos, que Cuba se ve obligado a importar (cerca de 80% y, ¡oh paradoja!, la mayor parte de EU); los daños por más de 10 mil millones de dólares por los ciclones de 2008 y la baja en la producción agrícola en 7.3% en los primeros cuatro meses del año, pintan un panorama negativo.

 

La cantidad de frijol que los cubanos reciben cada mes disminuyó en junio de 850 a 567 gramos. La cuota trimestral de un kilo de sal bajó a la mitad. Con la tarjeta de racionamiento se obtiene cada vez menos y el problema es que no se sobrevive “comiendo” sólo las “reflexiones” de Fidel Castro.

 

Las opiniones del patriarca sí se han multiplicado. Sorprende ver el grado de recuperación de Fidel, quien tras una cirugía que lo tuvo al borde de la muerte en 2006, cedió el mando, primero temporalmente, y luego de forma definitiva, a su hermano Raúl. Lo que no parece haber cedido es el rumbo ideológico del Estado ni la batalla por la opinión pública internacional.

 

Raúl, quien siempre ha sido parco, gobierna calladamente. Fidel, quien nunca ha sido parco, no ha perdido grandilocuencia y se expresa con la voz de una experiencia única entre los líderes del mundo. Sus casi cinco décadas en el poder, que comenzaron con larguísimos discursos en los 60, sus entrevistas con los periodistas más renombrados, sus libros y ahora sus artículos nutren un acervo retórico que busca mantener la fidelidad internacionalista al “primer territorio libre de América”, aunque en él se encuentra (otra paradoja) la base militar estadounidense de Guantánamo.

 

Pero al igual que Fidel, la revolución ha envejecido. Dejó de seducir a jóvenes y los intelectuales le dan la espalda. Es un anacronismo político en el contexto latinoamericano. Con todo y su carisma, Fidel dejó de ser guía e inspiración. Y no es que se haya vuelto tonto. Nunca lo ha sido. Ni que escriba incorrectamente. Es que hoy sólo da sermones y reprende con su pluma flamígera, castiga con el verbo y el adjetivo. Defiende un entorno que quizá sólo él percibe, el de la revolución sin mancha, que a veces devora a sus hijos, pero que como tal permanece virginal bajo la conducción de los Castro.

 

Voto con los pies

La revolución tiene hoy pocas glorias. Pasó la época del internacionalismo armado (Angola, Etiopía, Nicaragua), del Ejército que apoyaba movimientos de liberación y del régimen que promovía un hombre nuevo en Cuba y América Latina. Muchos ideales se resquebrajaron cuando miles de cubanos votaron con sus pies contra el sistema comunista, abandonando la isla (años 80 y 90) en balsas improvisadas o desertando de equipos deportivos y culturales.

 

Otras adhesiones se desvanecieron incluso antes, como cuando Fidel planteó la consigna “Con la revolución todo, contra la revolución nada”, equivalente a la de George W. Bush, décadas después, de “Quien no está conmigo está con los terroristas”. Hoy, la Cuba de Raúl reconoce los derechos de los homosexuales que antes reprimió y vende, a quien puede comprarlos, computadoras y celulares.

 

No obstante esos gestos de tolerancia, Cuba no se ha abierto, ni está interesada en la democracia occidental, ni en respetar los derechos humanos que tienen que ver con las libertades políticas. Insiste en que respeta otros derechos (educación, vivienda, salud, empleo), aunque lo hace en forma cada vez más precaria. Saluda la decisión de países latinoamericanos de reparar la infamia histórica de su expulsión de la OEA en 1962, pero reitera que no volverá al sistema interamericano. No puede. No cumple los requisitos de la Carta democrática.

 

Y es que Cuba no ha cambiado, pero sí América Latina, en un tránsito tortuoso que incluyó represión, dictaduras y guerras, antes de establecer o restablecer la democracia. Latinoamérica ha abierto la puerta, pero Cuba no pasa. Sigue afuera, aun con un nuevo presidente en EU que, como nadie, ha roto el molde del poder político en la Casa Blanca. Barack Obama también tendió la mano. ¿La aceptarán Raúl o Fidel? ¿Promoverán una apertura desde arriba o seguirán pensando que el modelo chino, que incluye la matanza de Tiananmen, es el mejor?

 



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