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Un siglo con Malverde

Iván Cadín Enviado| El Universal
Domingo 03 de mayo de 2009
Forjado en la leyenda del ladrón que comparte con los pobres lo que le quita a los ricos, la tradición oral marca la fecha de la muerte de Jesús Malverde un 3 de mayo de hace 100 años, y con ella, su ascenso al altar laico. Entre los devotos del “santo más popular de Sinaloa” hay académicos y personajes de la farándula, pero su estereotipo e imagen es un emblema inseparable del mundo del narcotráfico

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CULIACÁN, Sin.— Cae la tarde y los reflejos del sol destellan en el río Tamazula. Sentada en una banca del Malecón Viejo, dice con serenidad: “Es como un dios. Las cosas que recibe son impresionantes: dinero, alhajas, dólares. Para pasar cargamentos, todo el tiempo se le pide. Es el dios de Sinaloa, un chingón”.

 

Magdalena no habla de un operador del narcotráfico, o al menos no de cualquiera. La devoción fulgura en sus palabras. Parte de su vida en las entrañas del tráfico de drogas le permite referirse con autoridad al tema. Habla de Jesús Malverde, el bandido sinaloense de principios de la Revolución Mexicana habilitado como santo laico, que hoy, 3 de mayo, cumple un siglo de muerto.

 

Y, sin embargo, en medio de la escalada de violencia atribuida al crimen organizado, reconoce Magdalena, actualmente “a lo mejor (los narcotraficantes) tienen sus capillas en sus casas, pero ya a nadie le importa nada”, ni siquiera Malverde —conocido popularmente como el “Patrono de los narcos”.

 

 

 

Muerte y santidad

 

En este caso no es el bosque de Sherwood, sino los Altos de Culiacán, y el personaje no es Robin Hood. La tradición oral cuenta que un día como hoy, de 1909, los rurales —policía secreta porfirista— capturaron a Jesús Malverde, líder de una banda que mantenía asolada la región con asaltos a las familias acaudaladas, cuyo botín compartía con los pobres. Lo ahorcaron y las autoridades no permitieron que descolgaran sus restos, para que quedara como lección de lo que les sucedería a quienes pretendieran imitarlo. Tiempo después, el cadáver cayó y la gente fue cubriendo los restos con piedras, hasta formarse un montículo al que alguien le colocó una cruz.

 

Hace un lustro, la leyenda contaba que aquel bandolero era Jesús Juárez Mazo; su mote, Malverde, obedecía a que actuaba cubierto con hojas de plátano —era un “mal verde” que se camuflaba— , y su fecha de nacimiento fue el 24 de diciembre de 1870. Pero a finales de 2004, Gilberto López Alanís, director del Archivo Histórico de Sinaloa, halló el acta de un niño “nacido en este lugar (Paredones, al norte de Culiacán) hoy (15 de enero de 1888) a las cinco de la mañana, a quien se puso de nombre Jesús, hijo natural de Guadalupe Malverde, mayor de edad, soltera”.

 

¿De modo que Malverde existió?, se le pregunta al titular de los archivos sinaloenses. “Existe como deidad. Ahí está... Y como archivo histórico nosotros lo que hacemos es presentar el acta y que cada quien asuma su forma de interpretación. Nosotros damos una evidencia a través de un documento de época”.

 

La devoción de esta figura, aunque incipiente, habría iniciado apenas muerto el personaje. El ánima de Malverde empezaría a ser para muchos una entidad siempre atenta a sus súplicas. Su capacidad de convocatoria en las primeras décadas sería modesta, hasta que, paradójicamente, la llegada de la modernidad lo afincaría en la creencia popular: a finales de los 70, en las postrimerías del régimen de Alfonso Calderón Velarde, en el sitio donde habría caído el cadáver de Malverde se iniciaría la construcción de la actual Unidad Administrativa de gobierno.

 

Pero, según la leyenda, la maniobra para derribar la cruz se complicó. Eligio González, custodio de la devoción a Malverde por más de 30 años, hasta su fallecimiento en 2004, narraba la fantasía de que “poderosos buldózer limpiaron y emparejaron los terrenos, pero al llegar a la cruz misteriosamente se descomponían”. Al final, el inmueble habría sido levantado en un terreno contiguo, permitiendo así que se construyera la ermita que hasta hoy es el núcleo del ascenso sostenido de la feligresía.

 

 

 

Un santo eficaz

 

¿De dónde tanto fervor? “El sinaloense es romántico en el sentido estricto y decimonónico de la expresión”, expone el sociólogo Ronaldo González Valdés, ex director del Instituto Sinaloense de Cultura. “Le da más peso a la pasión que a la razón, y como buen romántico es muy apegado a la naturaleza; nuestra manera de vincularnos con la naturaleza, y por lo tanto, con nuestros semejantes, ha sido muy rudimentaria, elemental, básica (...) Por eso se dice que el sinaloense es gritón, francote, de pecho abierto. Hay un estereotipo del sinaloense que, como buen estereotipo, está cargado de mentiras, pero que también tiene algo de cierto”.

 

“Sí, el sinaloense se caracteriza por ser festivo, arrojado, valiente, sincero, emotivo, que pondera los aspectos sentimentales en su vida, (y es así como) aspira a verse reflejado en ese personaje, al que se le ha dado un carácter fantástico como producto de un resquebrajamiento entre la realidad y su personalidad”, reflexiona, a su vez, el periodista Carlos Calderón Viedas.

 

Más pragmática, la dramaturga Dolores Espinosa apunta que la identificación con la figura de Malverde trasciende Sinaloa, pues hay capillas en diversas partes de México, Estados Unidos, América Latina y Europa. “Hoy por hoy Malverde sigue siendo un santo muy eficaz, que te resuelve los problemas que tú quieras. Y sí, genera una identidad, pero no como sociedad sinaloense, sino en los grupos marginales”.

 

 

 

Migrantes, gitanos, militares, narcos

 

Ivonne Valdés, encargada de la capilla de la Santa Muerte en la Doctores, una de las 10 colonias más conflictivas del DF —según un reporte elaborado en 2008 por la Procuraduría capitalina—, dice: “Tenemos más devotos de la Santa Muerte, pero se sienten las diferencias. En el primer rosario (al inicio de su culto en esa capilla) que le ofrecimos a Malverde, hace casi dos años, sólo vinieron tres personas. Ahora se llena, pues vienen más de 100. Y todos son muy colaboradores, vienen a rezarle, a tocar, a cantar, a convivir con él”.

 

En la ermita de Malverde, sobre la avenida Independencia de Culiacán, es igual. De algún modo sus devotos han colaborado en su edificación, tapizándola con ex votos y mensajes de gratitud a lo largo de los años; placas con leyendas como “Gracias a Dios, a la Virgen de Guadalupe y a Jesús Malverde por los favores concedidos” o “Jesús Malverde, Dios bendiga mi camino y permita mi regreso”; dólares adheridos; fotos y más fotos; Polaroid, recortadas, tamaño infantil, de óvalo. Y en el corazón de todo, a tamaño natural, el busto venerado de un hombre rústico, camisa blanca y pañuelo al cuello, bigote negro y cejas hirsutas; con un ostensible parecido a otro mito sinaloense, Pedro Infante.

 

Migrantes que bajan del ferrocarril que pasa a un lado; gitanos que vienen por temporadas; narcos agradecidos por la supuesta concreción de jales; soldados del Operativo Culiacán-Navolato; personas en búsqueda de una historia que sabe a leyenda; personajes de farándula; turistas, académicos y un sinfín de otras visitas recibe la Casa de Malverde. “Los militares compraban cosas, no esculcaban a nadie, siempre respetaron la capilla”, dice Jesús Manuel González, actual encargado. “Han venido también Verónica Castro, Los Tigres del Norte y los de la banda El Recodo”.

 

 

 

Espiritualidad narca

 

“En muchas de las placas dice ‘Gracias por iluminar los caminos’, ‘Gracias por garantizarme un regreso seguro’, ‘Gracias por los caminos despejados’. Regularmente se refieren al tráfico de drogas, llevar y traer mercancía ilícita, hacer los jales, como le llaman, y volver con vida, íntegros, a su lugar de origen”, afirma el cronista Javier Valdez.

 

“No, pues aquí viene gente de todo, de todas clases. Prenden veladoras, flores, dejan limosnas”, responde Jesús Manuel a la pregunta de quiénes son los feligreses más frecuentes. Y es cierto, la gama de posibilidades a la vera de Malverde es amplia, aunque personas inmiscuidas en el narcotráfico son las más llamativas, lo cual explica que aparezcan en la capilla “fajos de dólares de muy buen calibre, que se han utilizado para ayudar a los pobres en gastos funerarios, por ejemplo (...) Hacen mucha labor de asistencia pública”, comenta Manuel Esquivel, autor de Jesús Malverde: el santo popular de Sinaloa. Jesús Manuel, el cuidador, difiere: “Llega de todo, un peso, cinco pesos, 10 pesos, 500 pesos”.

 

A la entrada de la capilla, cada visitante recibe un sobre con esta leyenda: “Ayúdanos para ayudar / nadie es tan pobre que no pueda ayudarnos, ni tan rico que no pueda necesitarnos”. Visto así, Malverde confirma el origen de su popularidad: a 100 años de muerto sigue ayudando a los pobres y es con este estereotipo de benevolencia con el que se identifican los traficantes de drogas.

 

Esto no significa, matiza López Alanís, del Archivo Histórico del estado, que sólo “se le pida ayuda para cosas violentas; por ejemplo, hay mujeres que a las 12 de la noche van a la capilla y le ruegan a gritos que les haga el favor de un enamorado: ‘¡Házmela buena, Malverde, con Fulano, Zutano o Mengano!’”.

 

 

 

“El ´buen narco´ ya no existe”

 

“La Iglesia católica no ve a Malverde como santo. Sabemos que la santidad consiste en haber sido una persona que haya destacado por su ejemplo de vida y por haber sido un buen cristiano”, precisa Esteban Robles, vocero de la Diócesis de Culiacán. “Son religiones facilonas, light, donde no hay exigencia, y Malverde por eso tiene ese éxito, porque son personas donde no hay arrepentimiento y ganas de una conversión de vida”.

 

En cambio, Robles no concuerda con la destrucción de capillas de Malverde y la Santa Muerte que hace unas semanas fue noticia en la frontera norte. “Ni la apoyamos ni la suscitamos ni invitamos a que lo hagan; tenemos que dar testimonio de amor”.

 

El ocaso luce los rojos atardeceres culiacanenses. Magdalena, al referirse a la destrucción de capillas, cree que el peligro está en otro lado, pues “el respeto ya se acabó. (...) Malverde ya perdió fama, ya no le interesa a un narco llegar ahí (...) Se lo están pasando por los güevos. Las nuevas generaciones lo que quieren es poder, pues. O ya no poder, sino un instinto de maldad (...) El ‘buen narco’ ya no existe”.

 



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