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Gobernar en la tormenta

Ignacio Alvarado Álvarez| El Universal
Sábado 28 de febrero de 2009
Uno de sus escoltas murió y otros dos resultaron heridos al enfrentarse con hombres armados. Los reporteros hablaban de un atentado, pero Reyes Baeza les bajó la espuma: lo que él vio, dijo, “fue un altercado” y nada más…

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En septiembre de 1999, la Comisión Estatal de Derechos Humanos hizo público un dato que pasó desapercibido: en ocho meses recibieron 62 denuncias en contra de agentes de la policía municipal de Chihuahua, 60 más que el año anterior. El dato podía valorarse si se contrastaban estadísticas de la Dirección de Seguridad Pública: entre enero y agosto, el número de consignaciones realizadas por la dependencia se redujo 20%. José Reyes Baeza cumplía su primer año como alcalde, imponiendo un estilo de mano dura.

Tenía 38 años cumplidos, y hasta entonces sus detractores lo reducían a la sombra de Fernando Baeza Meléndez —ex fiscal antidrogas cuando tronó el escándalo de Búfalo—. De su mano, el actual gobernador de Chihuahua incursionó en la política y la vida pública, en 1986, el año del “verano caliente”, que hizo de Francisco Barrio una figura emblemática dentro de Acción Nacional. Baeza Meléndez lo designó parte de su gabinete, poniéndolo al frente de la Dirección de Desarrollo Urbano del estado hasta el final del sexenio. Tras ello, Reyes Baeza se replegó a sus funciones como litigante, pero regresó en 1998. Ganó la alcaldía de manera rotunda, primero al interior del PRI y luego en las constitucionales.

 

Alto, delgado, apacible, José Reyes Baeza parece ajeno a los escándalos que lo han rodeado durante 20 años. Por eso sorprendió, en diciembre de 2007, al aparecer con la mitad del rostro paralizado. La versión oficial dice que la contracción muscular obedeció a un cambio abrupto de temperatura, pero más de uno asegura que fue la impresión causada por una amenaza de muerte. Leyenda urbana o no —“mitos”, dijo el gobernador alguna vez—, no existe otra ocasión en que se le haya visto perturbado.

 

La ciudad que tomó para administrar en 1998 no es la misma de ahora. El estado tampoco. Después de sus tres años como presidente municipal, Reyes Baeza fue diputado federal y desde ahí buscó la candidatura a gobernador por el PRI. Su etapa como candidato fue delicada, por decir lo menos: en plena contienda electoral contra el más aguerrido de los panistas, Javier Corral Jurado, autoridades federales desenterraban cadáveres en el patio trasero de una vivienda de Ciudad Juárez, victimados, dijeron, por agentes estatales.

 

Fue una bomba que sin embargo no lo dañó. Los señalamientos fueron directos contra el gobernador Patricio Martínez y el hombre al que éste eligió como procurador, Jesús José Chito Solís, señalado por Corral y otros notables del PAN por sus presuntos nexos con narcotraficantes. Ambos funcionarios hilvanaban truculencias al por mayor: antes se les acusó en foros internacionales por haber encarcelado a inocentes como asesinos de mujeres. La ofensiva de los azules fue tan intensa como inservible: Reyes Baeza arrasó en las elecciones de ese año, y tras operar cambios en las estructuras policiales, nombrar a una mujer como fiscal y emprender una reforma del sistema penal, pareció dejar todos los sinsabores en el pasado.

 

Nunca descarriló el tren de las anomalías dentro de su policía y tampoco la locomotora del crimen organizado. El 2008 se reveló como el peor de los infiernos. Chihuahua es el punto de conflicto mayor de una guerra que libra el Estado mexicano contra la delincuencia organizada. Se han colapsado municipios enteros, los ciudadanos viven con temor, pero Reyes Baeza sale bien librado en la óptica de miles de ciudadanos.

 

Le sirve el discurso, quizás. Su tío fue un maestro de la oratoria, al que debió aprenderle mucho. Tiene oficio para hacerse querer: “Es injusto que el mercado más grande en cuanto a consumo de drogas, como lo es Estados Unidos, así como de la venta ilegal de armas, haga estos llamados, que lo único que logran es dañar la imagen del estado”, dijo después de que el Departamento de Estado de ese país expresó su alarma ante lo sucedido en Chihuahua. Dos días después, uno de sus escoltas murió y otros dos resultaron heridos al enfrentarse con hombres armados. Los reporteros estaban frenéticos. Hablaban de un atentado contra el gobernador, pero Reyes Baeza les bajó la espuma: lo que él vio, dijo, “fue un altercado”, y nada más.

 

 



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