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Ventas a nazis afianzaron expropiación petrolera

TEXTOJUAN ARVIZU| El Universal
Martes 18 de marzo de 2008
Aunque Franklin Roosevelt quiso impedir el suministro de crudo, Lázaro Cárdenas mantuvo comercio con Hitler

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México vendió petróleo al régimen totalitario de Adol-fo Hitler, entre 1938 y 1940, con el acuerdo tácito de los presidentes Lázaro Cárdenas y Franklin D. Roosevelt, con lo que dicho comercio, llevado a cabo en esa época bélica, permitió a Pemex romper el bloqueo de las compañías petroleras expropiadas.

Al ser descubiertas las operaciones de venta de petróleo mexicano a los países fascistas, en junio de 1939, Roosevelt urgió a Cárdenas suspender las exportaciones, pues veía venir un escándalo interno en Estados Unidos y de nivel internacional. Sin embargo, México siguió abasteciendo a los nazis.

Este episodio, dentro del conflicto de la expropiación petrolera, surgió cuando el general Cárdenas propuso a Roosevelt boicotear la máquina de guerra de Hitler, y al efecto ofreció suspender las exportaciones de crudo a Alemania que realizaba Pemex.

Formalizó esa postura el 28 de septiembre de 1938, cuando las ventas de crudo mantenían a la empresa nacida dos meses antes.

La idea del divisionario abarcaba la suspensión de suministros de materias primas diversas a los nazis, por parte de los países de América, a fin de impedir una guerra mundial.

Roosevelt agradeció el apoyo de Cárdenas a favor de la paz violentada en Europa, y respecto de la idea de cancelar el comercio de petróleo con el régimen nazi, desde la Casa Blanca escribió al mexicano: “No hay ocasión inmediata para llegar a una decisión (al respecto)”.

Y, como es sabido, fluyeron las ventas de México a Alemania, Italia y Japón, que fueron pagadas con dinero y refacciones para equipos de extracción de crudo y refinación.

Cárdenas rompió así el bloqueo de la industria petrolera que pretendió la parálisis de las instalaciones expropiadas el 18 de marzo de ese año.

El mandatario mexicano señaló el tamaño del sacrificio que no fue aceptado por Roosevelt, al escribirle: “El petróleo y sus derivados han podido colocarse ya en aquel país (Alemania) en cantidades muy considerables”.

La carta del presidente de México, del 28 de septiembre de 1938, consultada en el Archivo General de la Nación, establece que Cárdenas “estaría dispuesto a impedir, desde luego de un modo radical y absoluto, que los países que están próximos a la guerra obtengan las materias primas que México produce, y a prescindir de esta fuente de ingresos tan importante para su economía”.

Aquel lunes 10 de octubre, cuando Roosevelt firmó su carta de cuatro párrafos, en respuesta al mexicano, respetó por completo la libertad de su vecino a decidir la forma de sacar adelante la industria expropiada.

El episodio de abastecimiento de petróleo a los nazis se manejó en secreto, hasta que el 15 de junio de 1939, revelaciones de la prensa de Estados Unidos dieron detalles de las ventas.

Antes, hubo una batalla de poder de republicanos contra demócratas en el Senado; y se agudizaron las presiones sobre Roosevelt y el Departamento de Estado, de las compañías desesperadas por la devolución de propiedades petroleras en México.

Ese 15 de junio el embajador mexicano Francisco Castillo Nájera fue recibido por Roosevelt en la Casa Blanca, para tratar el escándalo.

Amigos del presidente de Estados Unidos, asociados con un negociador petrolero independiente, realizaban los embarques. Según la prensa, tenían a su disposición una gran flota de buques petroleros y recibían el crudo a mitad de precio libre a bordo.

Eran socios de las operaciones el senador demócrata Joseph F. Guffrey y Walter Jones, un negociador petrolero y aportante de fondos a las campañas de Roosevelt en 1932 y 1936.

Roosevelt expuso al embajador sus preocupaciones por el escándalo, “máxime cuando el producto se distribuye en Alemania. Es preciso evitar que los ataques tomen ese giro”, le dijo, pues de otra manera, “tendrá que obrar en forma distinta de la que le dictan sus sentimientos”.

Si las críticas crecen, Roosevelt “manifestará la inconveniencia de seguir vendiendo el petróleo en los mercados alemanes”, adviertió a Cárdenas, mediante el embajador.

Pediría a sus amigos “sacrificar intereses personales, para evitar un bochorno al Partido Demócrata y trastornos internos e internacionales”.

Pero las ventas siguieron, como se desprende de un memándum, posterior a agosto de 1940, sobre tratos con el Departamento de Estado, también consultado en el Fondo Lázaro Cárdenas, del AGN:

“México está anuente en no vender (250 mil barriles diarios de petróleo, más derivas) a países que eventualmente puedan ser enemigos del continente americano”.

Sin embargo, la parte mexicana expone “que para hacer frente a las necesidades de equipar convenientemente la industria y modernizar sus plantas, tiene necesidad de vender cuando menos parte de esa producción en el mercado exterior”.

Vencedor

Lázaro Cárdenas fue estratega invicto durante los primeros tres años del conflicto petrolero. Sorteó la furia y el poderío de las empresas afectadas.

Cruzó cartas con Roosevelt, a quien no conoció en persona, y reconoció hasta su muerte, en 1970, por el genuino sentimiento de amistad y respeto a México. Al contrario, Roosevelt fue atacado, hasta por los suyos, por su “blandura” ante el mexicano.

El embajador en Washington, Francisco Castillo Nájera, fue el alfil de Cárdenas, en el ajedrez diplomático y político más complejo que haya habido en la relación bilateral.

El archivo de Lázaro Cárdenas conserva reportes de telefonemas entre ambos, telegramas cifrados, los memoranda enviados, minutas de charlas, en valija diplomática, “en el avión nocturno”, en automóvil.

Presidente y embajador estuvieron ligados por un correo “extraurgente”, que llevó reportes “a donde se encuentre” el hombre que expropió los ferrocarriles, los latifundios y, luego, las petroleras, hasta que el subsecretario de Estado Summer Welles, marcó un “hasta aquí”, como lo reportó Castillo Nájera en un documento del 2 de octubre de 1940.

El aviso fue contundente, a dos meses del fin del mandato de Cárdenas: “Evite la repetición de situaciones semejantes (expropiar)”, pues “si hasta ahora han sido toleradas, es difícil prever la acción con la que se respondería en el futuro”.

Castillo Nájera analizó: “Por el tono de la conversación (con Wells), estoy seguro de que la administración Roosevelt no toleraría una nueva expropiación”. El 3 de octubre de 1940, el embajador evaluó: “Después de la guerra del 47, nunca se ha presentado un cuadro más grave”.

En sus previsiones, anotó: “No creo en una intervención armada, pero sí en una hostilidad económica”.

A la semana siguiente, el 11 de octubre, Cárdenas, sometido a la más alta presión política, estableció estar “contra la doctrina internacional (de EU), respecto a la protección extraterritorial de sus ciudadanos".

“Si el derecho internacional sólo puede hacerse efectivo por el más fuerte, entonces esa democracia seguirá representando para nosotros la misma amenaza que los regímenes totalitarios”, le escribió a Castillo.

Anotó: “los norteamericanos en México (...) están bajo las leyes del país al cual vinieron voluntariamente, y cuyas leyes están obligados a respetar. Tomar la acción diplomática para nulificar reivindicaciones que el pueblo mexicano conquistó tras grandes sacrificios, sólo por complacer a un pequeño grupo de opinión de un partido político extranjero, es un aberración imperdonable”.

Ante EU, “nuestro deber es exponer doctrinas de derecho y de moral y de decoro”, anotó. Y sostuvo: “Si del fracaso de nuestra actitud viniesen males y calamidades para nuestra patria, tendríamos siquiera la exculpante de no haber acudido a poner el cuello por el fantasma de una amenaza”.



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