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Bajo el estigma del sida

Alejandro Suverza/Enviado| El Universal
Martes 29 de noviembre de 2005
Evangelina, una niña de 12 años, ha tenido que vivir con el virus del VIH desde su nacimiento, además de la muerte de su madre tuvo que enfrentar la discriminación de su comunidad en Jalisco

AGUA NEGRA, Jal.- Dicen que la enfermedad la cargaba un hombre de La Vaquera, un pueblo de los Altos de Jalisco, pegado al municipio de Arandas. Nadie supo cómo se llamó aquel hacedor de pozos. El caso es que años después se acordaron mucho de él porque había dejado una niña que nació con el Virus de Inmunodeficiencia Adquirido (VIH).

La historia tuvo su desenlace en Agua Negra, un poblado vecino muy cerquita del Cerro de Mexiquito, donde cuentan que se paró el águila real con intenciones de devorarse a la serpiente, pero una mujer que andaba en la nopalera la espantó. De no ser así, aquí se hubiera fundado México-Tenochtitlan.

Eran mediados de 2001 y en el kiosko del pueblo estaba trepado un doctor. Se trataba de explicar a los lugareños que el VIH no era contagioso. Nicolasa Amezquita era la más interesada porque en su casa vivía su sobrina Evangelina, la niña que nació con el VIH, y la gente de la Agua Negra comenzaba a hacerle el feo. Se rumoraban, se codeaban cada que la veían caminar.

La explicación era necesaria porque a Juan León, el profesor de la escuela primaria donde iba la niña, se le había ido la lengua. Nadie más conocía los detalles, cuantimenos Evangelina, que apenas tenía ocho años.

Sólo una frase producto de la inocencia bastó para poner en evidencia al indiscreto: "Dice mi mamá que ya no nos juntemos contigo porque nos pegas esa enfermedad", le dijeron las hermanas Orozco a Evangelina durante un recreo. Ese día no paró de llorar.

La tía Nicolasa una mujer de mucho carácter que no se andaba con tientas, y que de ser necesario defendería a golpes a la niña se había aguantado más de un año con el dolor del secreto, y después sin más, le confesó al profesor Juan León que si Evangelina se cortaba, tenía que avisarle rápido para llevarla al doctor porque tenía el VIH. Quizás su único error fue haber sido honesta.

Por eso después de aquel día en que Evangelina lloró, llegó a la escuela enfadada: "Usted fue el cabrón que la regó (la noticia), no se haga pendejo. Está muy mal informado, usted y su vieja tienen tifoidea y pueden contagiar más. Lástima de estudios que tienes, no seas tan inorante, ¡ah cómo eres...!".

Luego se dio cuenta que a la niña la separaban. Esmeralda, una de las hijas de Nicolasa, recuerda que la sentaban sola en una banca que era para dos. Y cuando la tía de Evangelina se enteró, mandó llamar al inspector de zona, que a su vez trajo al doctor al kiosco para que alejara de la Agua Negra el miedo, la ignorancia, la desconfianza y el rechazo.



Sólo 12 días

Lo de la Agua Negra tenía su antecedente en La Vaquera, el pueblo donde nació Emiliana, la madre de Evangelina. Cuenta Nicolasa que la conocía porque se había casado con un primo hermano de ella, llamado Avelino, con quien tuvo a Juvencio y Dimas, los medio hermanos mayores de Evangelina.

Dice que Avelino la abandonó y a los años conoció al padre de Evangelina, al hombre de los pozos que con el tiempo desapareció. La mujer se había quedado sola con los tres chiquillos.

En 1996, Nicolasa y su esposo Miguel, la rescataron de La Vaquera después de que su hijo Juvencio les fue a decir que unas mujeres de Arandas la querían quemar. El niño que había ido en bicicleta al pueblo vecino de Santiaguito de Velázquez, donde vivía la tía argumentaba que era porque su madre tenía diarrea y vómito. "La tenían desahuciada, no la querían, ni sus abuelos paternos, ni los maternos, ni sus tíos, ni nadie".

Allá, en La Vaquera, la encontraron tirada en la cama con unas tortillas duras al lado. Y cuando le preguntaron por qué la querían quemar, nomás se reía. ¿Por qué te quieren quemar?, le volvió a preguntar la tía Nicolasa. Emiliana le respondió que en caso de que llegara a faltar, le encargaba a los niños. "No digas eso, cómo te vas a morir por un cursio. Estaba tullida, como que estaba suelta de la rabadilla. Luego la llevamos al doitor, pero dijo que ya no le podía meter mano", recordó. Se acordaba que el doctor dijo que la enfermedad se pegaba con un contacto de sangre, con un cepillo de dientes y por nacimiento. Luego la llevaron pa`l rancho viejo, en Santiaguito de Velázquez, como le llamaban a la hacienda. Ahí la hospedaron en un cuartito con una cama y una silla para el que la atendía. La hacían día y noche, se turnaban. A veces le tocaba a Miguel, el esposo de Nicolasa. Otras, a Sebastiana, María, Esmeralda, Anastacio, Adalberto, Carlos, que eran sólo seis de los 15 hijos que tuvo Nicolasa. Así pasó más de un año, de junio a junio, más tres meses. "Algo le pasó, como que le agarraba ansia en el pecho porque se movía como muy desatinada, no más se le rodaban las lágrimas. Día y noche movía el brazo y la pata. ¡Hasta el colchoncito rompió! Le tuve que hacer un zapatito de esponja con un cuerito. ¡Oye no, tenía rebajada la tabla de la cama! Así estuvimos hasta que la entregamos a Dios", dice Nicolasa.

El 18 de agosto de 1998 murió. "Fíjese, bien atinadito, el doitor dijo que duría 12 días y 12 días duró". Su familia, que siempre se desentendió, asistió al velorio, pero luego, al ver a los tres niños solos sobre la tumba, comenzaron a huir. "La puerta del panteón se les hacía chiquita", dice Nicolasa, quien se quedó con los niños.



Defensa férrea

Lo que ocurrió allá en La Vaquera debía quedarse en La Vaquera, y no tenía por qué saberse en El Agua Negra, donde Emiliana fue sepultada porque ahí vivían los padres de Nicolasa.

Meses después, Evangelina comenzaba con las calenturas y los vómitos. La vieron varios médicos. La pasaron de un hospital a otro. De Arandas a Tepatitlán de Morelos, y luego al hospital civil de Guadalajara.

Esa pasadera no le gustó nada a la tía Nicolasa, que imaginaba que tenía la misma enfermedad que Emiliana, pero no sabía exactamente qué, hasta que le explicó un doctor.

La enfermedad quedaba al descubierto y aunque no la entendía pensó: "Ella no se lo buscó y aunque se lo hubiera buscado, pues ni modo".

Por esos días les había llegado la noticia de que el desaparecido Avelino, el padre de los dos hombrecitos, se convirtió en el "dijunto" Avelino. Había muerto ocho años atrás de la misma enfermedad. Por fortuna, Juvencio y Dimas dieron negativo. De alguna forma todo iba bien. El problema vino en el año 2000, cuando se trasladaron a vivir a Agua Negra y a mediados de 2001, Nicolasa le informó al director de la escuela que la niña tenía el virus.

En la hora del recreo los chiquitines ya no se le acercaban. Evangelina bajó de peso, se la pasaba a puro llorar, casi ni hablaba. Fue entonces cuando la tía fue a la escuela para decir que nadie se metiera con la niña, que si querían saber cuántos son cuatro, que se apartaran, que se separaran para batirse a golpes de a uno por uno.

Después hizo venir al inspector de sección escolar y el doctor que habló en el kiosko de la plaza. "Era para que no hubiera escrúpulos, para que vieran lo qué es y la forma en qué se contagia, no nomás por tocar a la niña", dijo.

Recuerda que ese día los habitantes de La Agua Negra no`más les pelaban los ojos a ella y a su familia. No era necesario llevar a la niña. Pero la vecina Guadalupe Guzmán vociferaba indirectamente que si sabía que una persona del pueblo tenía sida, la quemaría. "Dios me libre", decía. Nicolasa no permitiría que eso sucediera, por eso exigió la reunión para gritar el rechazo hacía la niña.

Tampoco necesitaba mucha ayuda, en el pueblo algunos le temían porque no le temblaba la mano. A la madre de las Orozco, les dijo que no se desquitaran con la niña, que si querían saber cuántos son cuatro. A las que le dijeron que ya no le comprará ropita a la niña porque ya se iba a morir, las advirtió. "Ah, no más no les metí una cachetada porque andábamos en Arandas, sino sí les meto un carambazo".

Esmeralda, Carmela, Rita, Albina y Leticia, estas cuatro últimas también hijas de Nicolasa, dicen que no es justo que la traten mal porque no tiene la culpa de tener esa enfermedad, que nació así. Que bajó rápido de peso y se miraba triste cuando notó el rechazo. Dicen que un día les preguntó si la querían aunque estuviera enferma sin saber de qué. Le contestaron que la querían más. Le decían que tenía mal un riñón. Hoy sabe que tiene el VIH.

Evangelina, a sus 12 años, sigue su vida. Se le ve feliz. Toma sus 17 pastillas al día que le controlan la carga viral. Dice que no tiene recuerdos de su niñez. O igual no se quiere acordar. Asiste a su cita mensual en el hospital civil de Guadalajara y a su taller para vivir con el VIH.

Esmeralda dice que fue importante que la gente supiera que el virus no se contagia por tocarla, darle un beso. El cura de la cuasiparroquia de Cristo Rey nombramiento que se la a un templo cuando hay menos de 5 mil habitantes, José de Jesús, dice que fue importante que enteraran al pueblo para que la niña hiciera su vida normal. También dijo que fue importante que Nicolasa hablará con la verdad, porque otras personas prefieren guardar silencio en una región donde 80 por ciento de los jóvenes emigra en busca de trabajo hacía Estados Unidos y el riesgo de contraer el VIH es muy alto.

Juan León, el director de la escuela primaria, contó que en ese tiempo, hace apenas cuatro años, nadie tenía información de lo que era esa enfermedad, y mucho menos en una niña. "Todos teníamos miedo a contagiarnos, hasta un servidor y otros maestros. Los padres de familia empezaron reclamaron, investigaron y supieron que la mamá y el papá se habían muerto de lo mismo. Decían que o sacábamos a la niña de la escuela y ellos sacaban a sus hijos, por eso fue mejor que viniera el inspector de sección y los doctores para explicar lo de la enfermedad".

Lo del kiosco había hecho entender al pueblo de la Agua Negra las limitaciones de una enfermedad y había puesto en evidencia la lucha de una mujer, la de la tía Nicolasa, por aceptar un virus que algún día llegó a La Vaquera y nació junto con una niña.



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