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Convivir con la muerte

Claudia Altamirano| El Universal
Martes 01 de noviembre de 2005
El 1 y 2 de noviembre son las únicas fechas en que los difuntos son protagonistas, después vuelven a ser ignorados y temidos. Sin embargo, hay un sector de la población que trabaja con ellos de frente todo el año, para aprender y dignificarlos
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    Septiembre de 1985. Durante los días que siguieron a los terremotos, el panteón civil de Dolores de la ciudad de México recibió cientos de cuerpos, algunos de los cuales no fue posible identificar, por lo que fueron depositados en la fosa común. Al ir bajando los cadáveres de los vehículos, un chofer jaló uno cuya cabeza golpeó la defensa de la camioneta y rebotó en el suelo.

    Israel Cancino, jefe de la fosa común del cementerio, mantuvo esa imagen en su mente los siguientes dos meses, soñando todas las noches con el rostro de esa persona.

    "Sentí muy feo porque se oyó horrible cuenta. Lo veía en las noches junto a mi cama. Hasta probé diciéndole groserías, porque dicen que con eso se van, pero ahí seguía"... Hasta que mandó decir una misa y el asunto quedó atrás.

    Los dos primeros días de noviembre México recuerda a sus muertos. Los panteones se abarrotan, las ofrendas lucen en las plazas públicas. Es la única fecha en que la muerte deja de ser temida y es la protagonista.

    Sin embargo, hay un sector de la población que, durante todo el año, trabaja a su lado y no sólo no le teme, sino que vive de ella. Sepultureros, embalsamadores, académicos y médicos forenses viven de la muerte y conviven con ella.

    Israel es sepulturero del panteón civil de Dolores desde hace 30 años, de los cuales tres se ha encargado de la fosa común. Su antecesor se jubiló y nadie más quiso relevarlo, pues, dice, se necesita valor. "No cualquiera se hace cargo de eso, la verdad... la fosa huele mal y el ambiente es infeccioso... pero ya de tanto insistir, pues sí me fui".

    Todos los días llega a la avenida Constituyentes a las siete. Debe bajar diariamente a la fosa, mantenerla limpia y supervisar que todo esté en orden. Pese a que oficialmente descansa el fin de semana, su presencia resulta indispensable los sábados, día en que el Servicio Médico Forense (Semefo) envía los cuerpos que llegaron durante la semana y no pudieron ser identificados. "Recibo los cuerpos, tapo y me retiro".

    Asimismo, el cementerio más ocupado de la capital recibe unas tres veces por año cerca de 30 cuerpos incinerados que sirvieron para estudio en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); mientras que el Instituto Politécnico Nacional (IPN) envía al año alrededor de 50 cuerpos fragmentados con fines de investigación.

    Israel muestra una fosa abierta que alberga ya 14 cuerpos, teniendo capacidad para 100. Por entre la tierra se alcanza a asomar un fémur, como resultado del efecto del aire.

    Su llegada a este empleo fue circunstancial. Un amigo suyo le pidió ayuda para un servicio, situación que se repitió hasta que se volvió sepulturero auxiliar, gracias a la oferta de un coordinador. "Y pues aquí estamos... de aquí nos sacan cargando... más bien aquí nos meten cargando", expresa Israel.

    Aun tratándose de una labor inusual, él asegura que nunca le ha afectado llevarla a cabo, aunque reconoce que al principio sí le resultó difícil e incluso estuvo a punto de dejarlo. "Luego ya no quería yo venir porque pues... se siente feo", pues le afectaba presenciar todos los días el llanto y el dolor de los deudos. "Pero a todo se acostumbra uno, menos a no comer", concluye.



    Forenses, los mejores médicos

    El Servicio Médico Forense (Semefo) del Distrito Federal tiene una planta de 189 trabajadores, entre los que hay toxicólogos, antropólogos, odontólogos, siquiatras, fotógrafos, personal de intendencia y 53 médicos forenses. De acuerdo con una estadística de ese organismo, entre los años 2000 y 2004 se expidió el dictamen médico-forense a 27 mil 876 cuerpos, y se capacitó en materia forense a 43 mil 890 médicos y peritos. Destaca que fue hasta el año 2004 cuando se permitió realizar prácticas médicas en cadáveres, teniendo un registro nulo en la estadística hasta ese año, cuando se llevaron a cabo 4 mil 575 prácticas. El doctor Armando Luna Rosas, subdirector del Semefo, explica esto diciendo la medicina forense es un área de alta aplicación médica, lo que la convierte en una fuente de conocimiento vastísima.

    "Aquí se aplica todo lo que uno ha aprendido como médico en su vida. Por eso es tan apasionante. Cuando está bien preparado, el forense es un compendio de todas las áreas médicas, sumado al conocimiento en criminalística y derecho penal", puntualiza el médico.

    Para él, no cualquiera puede ser forense. Para ello, advierte, se requiere sensibilidad, perspicacia, fuerza y decisión; "que disfrute lo que hace; de lo contrario, se pierde".

    Luna Rosas lleva 27 años en la medicina forense. Actualmente es académico en la UNAM como profesor titular de medicina forense, y del IPN, en donde es presidente de la Academia de Medicina Legal. Llegó al Semefo haciendo prácticas de cirugía de mano y los directivos lo invitaron a seguir participando. "Los primeros tres días fueron terribles, me sentía angustiado y deprimido. Pero luego uno se va adaptando porque empieza a conocer, a disfrutar y se olvida de todo", asegura.

    Descarta la idea de que los forenses sean personas insensibles y duras; por el contrario, afirma, se vuelven más sensibles, precavidos y moderados, luego de ver las consecuencias de conductas humanas que derivan en la muerte, como los excesos de alcohol y de velocidad.

    "Parte del entrenamiento que se les da a los alumnos es no llevarse los casos a su casa ni a su mente. Cuando una persona viene e identifica a un cuerpo y grita de angustia o llora, todos lo sienten, se hace un silencio sepulcral, pero ellos deben saber desecharlo al momento. Pero esto no significa que no lo sientan".

    Después de todas las cosas que ha tenido que ver, el subdirector del Forense capitalino asegura que lo peor que ha visto en toda su carrera son los niños maltratados. "Eso me duele mucho expresa. Y me han tocado muchos". Medita un poco y con expresión de franca desaprobación, prosigue: "El final de la patología social. Se siente mucho coraje y piensa uno lo peor... no se vale".

    Pero sobre todo, este trabajo es, para el doctor Luna, una fuente de conocimiento. "Recuerdo que vi un situs inversus completo, una persona que tenía todos los órganos invertidos por una alteración genética. El señor murió de atropellamiento pero estaba totalmente sano. Ese tipo de cosas lo ponen a uno a estudiar... ya no se lleva la impresión de un muerto, sino la iniciativa de saber más sobre las cosas que ve", asegura el galeno.



    Olor a muerto

    Cuando el doctor Natalio González empezó su carrera, su esposa tenía una queja constante sobre su trabajo: "Hueles a muerto", le decía, mientras se negaba a seguir lavando las batas que tenían restos de sangre seca. "Pero ya se acostumbró", afirma el médico forense y académico de la Facultad de Medicina de la UNAM, quien ha ejercido esta profesión por 29 años.

    Estudió medicina forense por razones de tiempo: la maestría en Criminalística era muy breve en comparación con otras especialidades.

    "Antes de llevar la materia de anatomía, vine unas tres o cuatro veces aquí (las aulas) para irme acostumbrando al olor, para cuando tuviera que estar ahí por mi clase. Luego, cuando ya la tomaba, estuve como tres meses sin poder comer carne, me causaba vómito. Los primeros cadáveres que limpié, sí sentía feo", relata.

    Para diciembre de 2006 planea retirarse. Quiere aprender a tocar la guitarra y descansar de la tensión del trabajo.



    Embellecer a la muerte

    La labor de Enrique Bautista es, esencialmente, quitarle el mal aspecto a la muerte. "El fin es ponerlo guapo para que lo vean como era", puntualiza el embalsamador.

    Con apenas 35 años de vida, Enrique ha realizado esta labor por más de tres lustros, aunque también fueron las circunstancias las que lo ubicaron en este oficio: mientras estudiaba Ingeniería Agropecuaria, necesitaba un empleo y lo encontró en la funeraria de su compadre.

    Lo que parecía ser un trabajo eventual para sortear gastos, se convirtió en la profesión de su vida.

    Enrique muestra su equipo de trabajo: químicos de conservación y desinfección importados de Estados Unidos (en México no se fabrica este material), colágeno, cauterizante; restaurador, sellador de incisiones, crema hidratante, espray fijador, herramientas de disección y un estuche de maquillaje especial cuyo costo asciende a 5 mil pesos.

    Uno de sus mayores retos fue una chica de 18 años asesinada por su esposo. Empezó golpeándole el rostro con un martillo, fracturándole los huesos. Después la apuñaló y, utilizando una manguera del gas como soplete, la quemó.

    "Había que echarle todas las ganas para que sus familiares la vieran bien. Tuve que cauterizar toda la piel viva, aplicar cera, reconstruirle los pómulos con colágeno y maquillar sobre la cera. Fue algo difícil, pero el resultado fue bueno", señala, con una expresión entre el lamento y la satisfacción.



    Respeto a la vida

    Estos cuatro hombres coinciden en que trabajar con la muerte, más que insensibles, los vuelve más conscientes, cautos y les infunde un gran respeto por la vida. Todos ellos saben que la muerte es ineludible y su religión les hace creer que ese momento está determinado por Dios; pero, después de atestiguar las consecuencias de la imprudencia y la enfermedad, procuran evitar que su propia muerte sea de esa forma.

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