Grupos de autoayuda contra violencia
En un lugar de la ciudad de México, desde hace 11 años, la Fundación para la Equidad trabaja para erradicar la violencia contra la mujer. Pero lo hace casi de manera clandestina porque laboran bajo constantes advertencias de los maridos agresores: "No se metan en problemas personales" y con la usual consigna masculina: "No saben la clase de mujer que es mi esposa". Para evitar posibles agresiones, la fundación mantiene en el anonimato la dirección de la oficina donde cada miércoles se reúne un grupo de mujeres víctimas de maltrato para participar en los grupos de autoayuda. Por si acaso, el lugar cuenta con una alarma conectada a la estación policiaca más cercana y las mujeres que trabajan en esta fundación saben que no pueden salir solas y menos después de las ocho de la noche. A ese lugar llegan algunas mujeres a escondidas de sus esposos. Pero en otros casos asisten acompañadas por su pareja "porque ellos creen que aquí les vamos a decir a su esposa que si le pegan es porque ella tiene la culpa", señala Norma Banda Bustamante, sicóloga y responsable del programa de violencia en esa fundación. No hay otra forma de explicar esa "disposición" de los esposos. Ahí, las mujeres víctimas de violencia intrafamiliar llegan porque las canaliza el DIF, el Ministerio Público, conocidas y amigas. Sus trípticos de divulgación sólo informan de sus números telefónicos y no se da ningún otro dato que pudiera identificar el lugar donde se llevan a cabo las sesiones. Banda Bustamante señala que acudir a las reuniones del grupo de autoayuda "aclara la mente" de muchas mujeres para que puedan tomar una decisión: acabar la relación con su pareja agresora o negociar para dan fin a la violencia en su hogar. Agrega que, por lo regular, pasan alrededor de diez años para que una mujer se atreva a hablar de su situación de violencia y es entonces cuando piden ayuda. "Cuando llegan a los grupos de autoayuda, las mujeres viven una situación de aislamiento, se sienten apenadas por su situación, pero aquí se dan cuenta de que hay otras mujeres que atraviesan por la misma situación y se apoyan entre sí y les ayudamos a que tomen la decisión que ellas consideren que es la correcta", señala. La especialista estima que la recuperación de una mujer que padeció violencia intrafamiliar sucede en un año o año y medio "y muchas veces quedan secuelas sicológicas, pero superan la etapa de la violencia". Norma Banda Bustamante explica que el grado de violencia que padecen muchas mujeres es tal que algunas llegan a esta asociación civil con un cuadro depresivo severo, con ganas de morirse o desear la muerte de su agresor. "Tuvimos el caso de una mujer casada, de 53 años de edad, que vivió 24 años con su pareja en los que padeció violación sexual, infidelidad y golpes que le provocaron fracturas. Ella cosía ropa ajena a escondidas de su marido para ganarse algo de dinero, pero cuando él la descubrió le rompió las telas y descompuso la máquina y en ese momento ella lo amenazó con las tijeras y le advirtió que si se acercaba lo iba a matar y él, por fortuna, se fue, si no quién sabe qué hubiera pasado", narró la especialista. Esa mujer acudió al grupo de autoayuda y desde hace cuatro años se divorció. Ahora está sola porque sus dos hijos viven con sus respectivas parejas, pero tiene un empleo que le genera suficientes recursos económicos para vivir. Goza de independencia económica. Una de las premisas de la fundación es que la autonomía económica que ellas puedan alcanzar les da suficiente fuerza para terminar con situaciones de violencia en sus hogares. Por ese motivo, esa asociación civil también conocida como Acción Popular de Integración Social (APIS) desarrolla otro proyecto en la ciudad de Mérida, Yucatán, enfocado al apoyo de proyectos productivos para mujeres. Al frente de este programa está Leticia Murúa, quien explicó que a través de los proyectos productivos las mujeres se involucran en el proceso de desarrollo y mejoran sus condiciones de vida personales y comunitarias. "Nosotros damos el acompañamiento a los grupos de mujeres para que consoliden sus proyectos productivos", indicó. Dijo que las mujeres, y con mayor frecuencia aquellas que viven en zonas marginadas, están acostumbradas a vivir con una actitud paternalista, a recibir todo, "pero con el tiempo aprenden a hacer las gestiones básicas para resolver sus propios problemas". Explicó que en estas tierras se han encontrado con mujeres líderes que son notorias en sus comunidades por su capacidad de organización y gestión y por sus propios deseos, heredados, de ayudar a los demás. Con base en su experiencia, Murúa comentó que la mayor parte de las mujeres que logran mantenerse en el aspecto económico por sus propios medios aprenden a negociar con su pareja para prevenir la violencia en su hogar y poder ejercer su derecho a una salud sexual y reproductiva sin riesgos, ya que en algunas comunidades rurales los hombres no permiten que sus esposas acudan a consulta médica, menos si el doctor que hará la revisión es del sexo masculino. "La cultura maya les ha inculcado la importancia de negociar. Pocas son las que eligen romper con su relación matrimonial para dar fin a una situación de violencia familiar", reiteró.





