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Historia. Niñez truncada por la "guerra" en Michoacán

Liliana Alcántara / Enviada| El Universal
Martes 28 de enero de 2014
<b>Historia.</b> Niez truncada por la

TEMOR. Para niños como Jesús y Jonathan Giovani, las balaceras y los velorios se han convertido en imágenes cotidianas de su comunidad. (Foto: LILIANA ALCÁNTARA / EL UNIVERSAL )


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LA RUANA, Mich.— Jesús, de siete años de edad, recorre las calles de su comunidad con un cuerno de chivo que se cuelga al cuello con un lazo. Esta arma de plástico se la regaló su papá y dice que la porta para defender a su pueblo de los criminales.

Le gusta el futbol, pero por ahora no ha podido jugar en la cancha de la comunidad porque ocasionalmente se reúnen ahí las guardias comunitarias, además de que por órdenes de sus papás no puede separarse de ellos y andar en la calle, por miedo a que lleguen los delincuentes o que haya una balacera.

Así ha vivido Jesús en el último año, entre armas, delincuentes, vecinos con rifles, muertos, velorios, miedo, preocupación y llanto. Se sabe el testimonio de coraje y desconfianza de sus papás. Por eso, cuando se le pregunta qué piensa de los soldados, responde sin miramientos: “Esos están vendidos”.

Su deseo es aprender inglés, para que cuando crezca se pueda ir a Estados Unidos, al campo, a recoger limones, como lo hacen ahora sus papás en esta comunidad productora de cítrico.

Su vecino Jonathan Giovani le pide prestado el juguete. Desliza sus manos por el cuerno de chivo como si fuera de oro. Apunta a una piedra y hace como si disparara. Enseguida se lo devuelve al dueño. Él prefiere no hablar de soldados.

Jonathan vio morir a su papá en una emboscada de la que fueron víctimas los pobladores de esta comunidad en abril de 2013. Habían sido convocados a una marcha en contra del crimen organizado, pero camino a Apatzingán hombres encapuchados y armados dispararon contra la multitud, sin importar que entre ellos iban niños.

Ana María recordó que su esposo le había dicho que si había una balacera lo mejor era tirarse al piso y quedarse inmóvil. Y así lo hizo. Agarró a sus hijos como pudo y se echó encima de ellos para protegerlos. Cuando se levantaron ilesos, a unos pasos vieron al papá ensangrentado, muerto.

La mujer dice que ninguno de sus hijos ni los niños de la comunidad han recibido atención sicológica. Sólo ella, ahora como jefa de familia, ha podido platicar con una sicóloga de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos pero, eso, dice, no le ha ayudado a superar la tristeza ni la angustia que siente cuando piensa cuál será ahora el porvenir de sus hijos.

A Gloria, una joven mamá soltera, también le preocupa el bienestar emocional de su hijo Pepe, de 4 años, quien se aferra a su mamá cada vez que oye un helicóptero.

“¿Que cómo le ha afectado a mi niño la violencia? Nada más imagínese, cuando pasa un helicóptero él viene y me abraza con todas sus fuerzas y me dice ‘ya vienen a matarnos’. Yo lo tengo que calmar y decirle que no nos va a pasar nada, qué más le puedo decir... no sé”.

Leticia Barajas también habla con su hijo, un adolescente de 14 años que se empeña en tomar un arma real y formar parte de las autodefensas. Su papá fue asesinado en la misma emboscada en la que murió el padre de Jonathan.

“Ya le he dicho que eso es muy peligroso. Yo que más quisiera que eso de andar en las autodefensas fuera seguro, pero no; todos sabemos cómo ha pasado, que en cualquier momento se sueltan los balazos. Ya perdí a mi esposo, no quiero perder a mi hijo también”, dice con las lágrimas. “Pero lo comprendo, él siente mucha impotencia porque le mataron a su papá”.

Rafaela Madrid trata de convencer a su hijo Juan de que no deje la escuela. “Mi hijo mayor, el que nos mantenía, está en la cárcel porque es de las autodefensas, pero es inocente, no hizo nada más que traer una pistola para defenderse; y ahora mi hijo el más chico, que va en secundaria, se quiere salir de la escuela porque él ve todo los apuros y me ve llorar por mi hijo que está en la cárcel. Yo le dijo a mi Juan que no se salga de estudiar, que él tiene que seguir en la escuela para que no empeoren las cosas...”.

Mientras Rafaela mira a Juan a los ojos, él se agacha en desacuerdo y se levanta para escuchar a Yuri, una niña de 12 años que cada vez que se reúnen las autodefensas canta sus melodías favoritas. Hoy, que está presente el líder, Hipólito Mora, le dedica una canción: “Serás el aire que me permita respirar, serás la Luna que calmará mi sed y mañana nos volveremos a encontrar”.



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