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Historia. "Uno llora... creía que todo sería distinto"

El Universal
Sábado 05 de julio de 2014

MCALLEN, Texas.— La primera noche que pasó la pequeña Dalisei, de cinco años, en Estados Unidos fue en prisión. Su madre le había pagado 5 mil dólares al coyote para que las sacara de un pueblo de Honduras y las llevara a la frontera estadounidense. Por la noche, cruzarían el Río Grande en un bote inflable. Pero una vez logrado ese salto y tras caminar cinco horas por los descampados de Texas, la policía las detuvo.

Hambrientas y exhaustas, las trasladaron a la estación de la policía fronteriza en McAllen. “Dormimos en el suelo”, relata la madre de 27 años, que pasó cinco días bajo custodia policial. Les daban una tortilla, una manzana y una botella de agua por día. Dalisei lloraba. “Uno llora cuando creía que todo sería distinto”, dice su madre.

Como ellas, cada día cientos de inmigrantes llegan al valle de Río Grande, que separa México de Estados Unidos. Llegan con las manos vacías y muchas veces con grandes deudas. No poseen nada más que las desgastadas ropas que visten.

“Es tremendo. Hay muchos traficantes de droga, muchos asesinatos”, cuenta una mujer de Guatemala sobre la realidad que la impulsó a abandonar su país. “A veces matan a la gente así, sin vueltas”, asegura su hijo de 12 años, desde un refugio improvisado dentro de una iglesia de McAllen.

Justicia rebasada

Ante la oleada de migrantes centroamericanos, la justicia se ha visto desbordada: los 230 jueces competentes de inmigración deben asumir 360 mil casos, es decir, más de mil 500 cada uno, según las últimas cifras.

Muchas veces los traslados para cruzar la frontera se hacen en botes para entre ocho y 12 pasajeros que cruzan las aguas. Dalisei y su madre también recorrieron ese camino. Sólo cruzar el río les costó mil dólares. Y eso que las embarcaciones oficiales pueden estar a la vuelta de la esquina buscando a los coyotes y narcotraficantes.

“Les dejan sin nada”, dice Ofelia de los Santos, voluntaria en una iglesia católica de McAllen. Los niños muchas veces están deshidratados, engripados y tienen diarrea cuando reciben el sobre amarillo de la policía para ser transportados a una estación, desde donde parten, muchas veces sin saber ni una palabra de inglés, en viajes que pueden durar hasta 20 horas por tierra rumbo casa de sus familiares. Y la avalancha no se detiene. (DPA)



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