Los verdaderos guardianes de la torá

GRUPO. Samaritanos realizan un peregrinaje tradicional para conmemorar el día de Shavout, en la colina del Monte Gerizim, cerca de la ciudad de Nablus, Cisjordania, el 12 de junio del año pasado. (Foto: FADI AROURI XINHUA )
MONTE GRIZIM, Israel.— Se consideran los descendientes auténticos de “los hijos de Israel” en el sentido bíblico de la expresión, creen únicamente en la Torá (el Pentateuco) y, por ende, en Moisés como su gran profeta… y rezan postrados, como los musulmanes. Son los samaritanos del Monte Grizim, aledaño a la ciudad palestina de Nablus al norte de Cisjordania, una comunidad religiosa con varias características y tradiciones muy similares al judaísmo, cuyo idioma principal es el árabe aunque también dominan el hebreo y una de cuyas convicciones centrales es que aquí están en su lugar sagrado, mencionado en los primeros libros de la Biblia, ya que no ven en Jerusalén a su ciudad santa.
“Nosotros somos los verdaderos guardianes de la Torá”, nos dice Ben Yehuda Altif, al recibirnos en su casa en el Monte Grizim, aclarando que lo podemos llamar también por su nombre árabe, Rajai, símbolo de la singular situación en la que viven él y sus hermanos. Es de esa condición, de la preservación de la de los antiguos israelitas tal cual existió hasta el exilio de los judíos a Babilonia, que deriva el nombre de este grupo étnico-religioso, que en hebreo se llaman “shomronim”. La palabra viene de “shomrim”, que significa “guardianes”.
Rajai es uno de los dirigentes comunitarios. Explica sobre su grupo: “Hoy ya somos 750, parte aquí y parte en la comunidad de Holon”, en referencia a la colectividad samaritana que se creó a partir de 1967 en la citada ciudad israelí aledaña a Tel Aviv, a raíz de la necesidad de jóvenes de salir a buscar trabajo en otra zona. Lo que Rajai (Ben Yehuda) no menciona es que siglos atrás, los samaritanos eran más de un millón.
Diversos hechos históricos fueron reduciendo en forma dramática a esta comunidad, especialmente la durísima represión bizantina a la revuelta samaritana en su contra, aunque también influyó una conversión masiva al islam en los primeros tiempos de su dominio en la zona. “Hoy andamos como maniobrando entre las gotas”, dice Shukri Altif, un amigo y familiar que llega de visita a la casa de Rajai, vestido de fiesta, como es propio en los días del “Sucot” (la fiesta de las cabañas de los samaritanos), que festejan un mes después de la fecha en que lo hicieron los judíos.
El ambiente de esta celebración se impone de inmediato apenas entramos a lo de Rajai (Ben Yehuda), ya que la típica “sucá” (cabaña) —que también los judíos construyen en recuerdo de las chozas que según la Biblia hicieron sus antepasados durante su travesía de 40 años por el desierto al salir de Egipto— la tiene dentro de su propia casa.
“Esta costumbre de hacerla adentro, y no afuera, comenzó hace unos 250 años, cuando quienes no eran samaritanos ni judíos, atacaban y destrozaban la sucá”, explica. Cuenta que le llevó “ocho horas, neto, enteras, prepararla, pero salió hermosa”, y aclara que lo típico de los samaritanos es adornar el techo de la sucá, tal cual indica el texto de la Torá, con frutos cítricos.
Respeto total a los preceptos
El requisito previo para poder celebrar esta fiesta es que hayan ayunado en el Día del Perdón, que también para los judíos es la fecha más sagrada del calendario. Pero a diferencia de los judíos, entre los samaritanos ayunan todos, también niños, ancianos y enfermos.
“Si se cumplió con el precepto, Dios permite entrar al paraíso”, explica Mazal (Shifa), su esposa. “Y esto —dice señalando su hermosa choza erigida entre los sillones de su comedor— esto es el paraíso”. “Entre las gotas”, había dicho Shukri Altif, siendo el más explícito en cuanto a un tema delicado, la vida entre Israel y los palestinos, mientras su compañero de visita, Gharred Farraj, canta una melodía samaritana explicando que ellos nunca usan instrumentos.
“Lo que a nosotros nos interesa es vivir en paz y seguridad, en coexistencia buena con todos, y así lo hacemos”, explica Shukri y Rajai asiente. En la práctica, logran en efecto vivir su vida comunitaria sin problemas, pero son conscientes de lo delicado de su situación por la ubicación misma de su aldea, no porque hayan tenido incidentes de ningún tipo.
En el museo comunitario nos muestran fotos de un encuentro del presidente de la Autoridad Palestina Mahmud Abbas con el gran sacerdote Aharon Abu al Hassan Cohen y cuentan que “hasta había un representante samaritano en el Parlamento palestino”. Pero tienen tanto cédula de identidad palestina como israelí, sus tratamientos médicos los reciben todos en Israel y aunque muchos trabajan y estudian en Nablus, con los palestinos, otros tienen puestos como funcionarios en las oficinas de la Administración Civil israelí en Cisjordania. Viven entre dos mundos... y por una fenómeno que no logran explicar, tienen que agregar un tercero: mujeres del exterior que se convierten en samaritanas, ya que en su comunidad hay tres veces más hombres que mujeres, un serio problema por cierto para el grupo.
En los últimos diez años, representantes de la comunidad viajaron a Ucrania a conocer mujeres que estén dispuestas a sumarse a ellos y las traen para contraer matrimonio con jóvenes samaritanos en el Monte Grizim. En general las combinaciones funcionan bien y según Ala, casada con un familiar de Rajai, que habla mientras su pequeño samaritano da vueltas gritando sin cesar, “me han hecho sentir como en casa”. Durante seis meses están de “prueba” para ver si la unión funciona, si pueden adaptarse a las costumbres estrictas de la religión y se convierten así en parte integral del grupo.
Dicho sea de paso, mujeres se aceptan, pero no conversión de hombres... que ya tienen bastantes. En la comunidad samaritana en Holon, dentro del Israel soberano, los “agregados” a la comunidad han sido de otra fuente: samaritanos que se enamoraron de judías israelíes y contrajeron matrimonio.
“Hoy afortunadamente vamos creciendo y nuestra comunidad está muy bien”, dice el gran sacerdote al recibirnos en su casa, con amplia sonrisa y mirada de aspecto noble, acentuados por sus 86 años que parecen muy bien llevados. “Y esperamos seguir creciendo, por muchos años más”.





