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Lucas Benítez, madera de luchador

RENATO CISNEROS/GDA | El Universal
Viernes 21 de noviembre de 2003
El activista de origen mexicano, Lucas Benítez, fue galardonado ayer en Washington tras 10 años de pugnar por los derechos de los campesinos en EU

Miami. Hace diez años salió desesperado de la Tierra Caliente de Guerrero y hace tres días encabezó una numerosa protesta de boicot a Taco Bell en el Biscayne bulevar, en Miami. Ayer, estuvo en el capitolio estadounidense recibiendo un premio de manos del senador Edward Kennedy.

Lucas Benítez quien dejó el maíz de Guerrero por los tomates de la Florida ante el recorte de subsidios y la entrada libre de productos agrícolas a México ha denunciado con éxito cinco casos de "esclavitud moderna" en Estado Unidos y ha ayudado a encarcelar a contratistas y coyotes que cometieron abusos contra trabajadores inmigrantes.

Además, ha promovido una larga huelga de hambre para presionar a una de las compañías alimenticias más importantes de Estados Unidos a pagar más por los tomates que él y sus compañeros cosechan. Y, por si fuera poco, ha ayudado a lograr el único aumento de sueldo para los campesinos del sector agrícola del sur de la Florida en los últimos 20 años.

El mismo hombre de 27 años, bajito, mestizo y de bigote desordenado recibió ayer en el antiguo edificio Russell del Senado de Estados Unidos, el Premio de Derechos Humanos Robert F. Kennedy 2003 por la lucha que sostiene desde hace más de diez años en contra de la explotación de los campesinos del sur de la Florida. El premio lo entregó Edward Kennedy, hermano de Robert.

"Nadie antes ha recibido el premio en Estados Unidos, porque aquí supuestamente no pasan esas cosas, pero sí, en este país se violan los derechos de los trabajadores inmigrantes y el presidente George W. Bush no tiene interés en remediarlo", señaló Benítez, quien ha protestado en distintas ciudades en contra de la extensión del libre comercio que, según él, lo obligó a venir a Florida como inmigrante.

"Nosotros hemos recorrido muchas millas, sacrificando nuestros cuerpos", subrayó Benítez el martes mientra marchaba con otros 150 activistas. "Cuando los políticos vean esto quizá piensen dos veces antes de decidir qué van a hacer, quizá se den cuenta de que un tratado como el del ALCA abre el mercado, pero desplaza a los empleados, incrementa la pobreza, obliga al desplazamiento de inmigrantes y, finalmente, destruye los sueños".

Benítez, junto con los guatemaltecos Julia Gabriel y Romeo Ramírez, obtiene el premio Kennedy por su activa labor como líder de la Coalición de Trabajadores de Immokalee, una organización del sur de la Florida abocada a la lucha en favor de los derechos de los jornaleros.

Todd Howland, director del Centro Memorial Robert F. Kennedy en Washington, comentó que la coalición fue seleccionada entre más de 100 nominaciones.

"En cinco casos han probado que en Estados Unidos existe una esclavitud moderna, y el pueblo americano tiene que saber eso", dijo Howland, en una entrevista. "Ellos ayudan a que la gente sepa cuál es el verdadero flujo de producción; muchas personas no se preocupan de cómo un producto llega a su mesa".

En Washington, acompañado de sus padres, Benítez visitó la tumba de Robert F. Kennedy antes de ir al Senado, donde dio su discurso. "Es raro, la vida es como un sueño, hace dos días estaba con mis compañeros manifestándome contra el ALCA (Area de Libre Comercio de las Américas) en Florida y estábamos rodeados por tres mil policías, y ahora me encuentro en Washington recibiendo este premio", dijo Benítez, ayer.

"En los años anteriores, este premio que lleva el nombre de mi hermano ha sido entregado a gente de otros países. Pero este año queremos reconocer a tres personas que han peleado contra graves violaciones a los derechos humanos en nuestra tierra", dijo el senador demócrata de Massachusetts, Edward Kennedy.

"El maltrato a los inmigrantes trabajadores agrícolas viene desde los programa Braceros de 1942 (cuando Estados Unidos contrató mexicanos por la falta de hombres ocasionada por la Segunda Guerra Mundial) y es una vergüenza para la historia del país", agregó el senador Kennedy.

Robert F. Kennedy era fiscal general de EU y aspirante a la candidatura presidencial demócrata cuando fue asesinado en 1968. Varios integrantes del clan Kennedy, además del actor latino Edward Olmos participaron en la ceremonia de ayer en la que se entregó el premio de 30 mil dólares. Los tres activistas galardonados participaron posteriormente en un mitin contra un local de la cadena de restaurantes Taco Bell, en la capital estadounidense.



La vida convertida en pelea

Benítez nació en Arcelia, Guerrero, ciudad de alta producción de frijol, ajonjolí, maíz, comba y sorgo, así como de naranja, lima, limón, melón y sandía.

Ahí sembraba maíz al lado de su padre, Santos Benítez Estrada. Eso le bastaba para vivir tranquilo hasta que el gobierno dejó de subsidiar como antes, luego entró en vigor el Tratado de Libre Comercio y el trabajo perdió toda su rentabilidad.

"Por cada 100 dólares que invertía en el sembrado y la cosecha, recibía 90. Con esos números, me resultaba imposible competir en el mercado", recuerda Benítez.

En 1993, cerca de cumplir los 17 años, llegó a Estados Unidos, en medio de una inmensa tristeza. Se enteró de que en Immokalee podía trabajar cosechando tomates y no lo pensó dos veces. Rápidamente, se dio cuenta de que ese no era el paraíso que él imaginaba.

"Desde que llegué vi cómo explotaban a los trabajadores", recuerda Benítez. "Los patrones me vigilaban con una pistola debajo de la camisa. Yo me preguntaba: `¿Este es Estados Unidos? ¿Este es el país color de rosa donde se recogen los dólares?`".

Una vez, movido por la indignación, se enfrentó a uno de los patrones que amenazó con pegarle si no le obedecía. Benítez le respondió "adelante, golpéeme", advirtiéndole que conocía bien sus derechos y lo podría denunciar: "Yo sé perfectamente qué responsabilidades tiene usted conmigo".

El patrón, acobardado por la reacción del mexicano, lo despidió en muestra de venganza. Al día siguiente, sin embargo, Benítez regresó. La ley estaba de su lado. El patrón no pudo hacer nada.

Ese mismo año Lucas fundó la Coalición de Immokalee, junto con trabajadores de México, Guatemala y Haití. Aprendieron a organizarse y en 1995 iniciaron sus primeras huelgas. Poco a poco, las cosas fueron cambiando.

"Logramos que se juzgara y condenara a varios patrones y eso ayudó a mejorar las condiciones laborales. Pero aún falta mucho para que realmente se garanticen los derechos de los trabajadores del campo", sostiene el campesino.

Han sido cinco en total los casos de esclavitud que la coalición logró resolver a favor de los trabajadores agrícolas. De todos señala Benítez y la prensa estadounidense el más escandaloso fue el que terminó con Miguel Flores y Sebastián Gómez metidos en la prisión.

Flores y Gómez eran patrones de más de 300 trabajadores. Según Benítez, los tenían metidos en campos laborales, los despertaban en las mañanas a punta de balazos, les pagaban sólo 40 dólares por semana y los golpeaba si trataban de salir del campo. "Cuando nos enteramos de esos abusos, buscamos ayuda en la oficina de derechos civiles del Departamento de Justicia de Estados Unidos. Nosotros hicimos la investigación y ellos se ocuparon de perseguir a Flores y Gómez", afirma Benítez.

Ninguna de las luchas que ha protagonizado este campesino convertido en activista ha sido tan ruidosa como la batalla abierta contra Taco Bell, la fuerte empresa de comida rápida.

Tras varios años de infructuosa negociación con los rancheros que producen los tomates en el sureste de Florida, la coalición de Immokalee tocó la puerta de las empresas compradoras de tomates. Taco Bell es la más importante de ese rubro.

El pedido de los campesinos es muy simple, dice Benítez: que Taco Bell pague a los rancheros un centavo más por cada libra de tomate, así los rancheros podrán cumplir con los salarios de los trabajadores.

"No pudimos presionar a los rancheros. Paralizamos su industria con huelgas, hicimos una marcha de 230 millas desde Fort Mayers hasta Orlando, cruzamos el estado de la Florida, pero no nos hicieron caso. Cuando acudimos a Taco Bell tampoco accedieron a cumplir nuestras peticiones, por eso decidimos organizar un boicot, junto con gente de Canadá. Este es el tercer año del boicot contra Taco Bell".

Ni siquiera la intervención del Centro Carter, fundado y dirigido por el ex presidente y premio Nobel de la Paz Jimmy Carter, ha podido aliviar el drama de los campesinos. Según Benítez, Carter también fue ignorado por los rancheros y los compradores de tomates.

Un vocero de Taco Bell respondió a la revista The New Yorker en abril que el tema de los bajos sueldos es una disputa entre los trabajadores y los rancheros, que ellos nada tienen que ver.

"Este país está basado en unos principios que hoy se están violando", señala el mexicano. "Los políticos son títeres de las corporaciones, entonces ahora nuestra lucha está enfocada de otra manera: parando frente a corporaciones como Taco Bell. Esto va a generar más conciencia".

La causa de Benítez conmueve por su enorme vocación. Por el trabajo ha dejado todo de lado. No tiene hijos, no tiene casa, no tiene ahorros. Desde hace nueve años vive en un tráiler pequeño en el que apenas caben dos camas, y todas las mañanas se levanta sin ninguna certeza. Nunca sabe en qué ciudad le tocará dormir. Hoy puede estar en Washington, mañana en Arizona y pasado mañana otra vez en Miami.

Su labor como activista lo ha llevado a recorrer diferentes estados. Hizo una marcha de 400 millas desde Washington D. C. a la sede de la ONU en Nueva York; estuvo también en Durham, Carolina del Norte y después en California. Además, se ha presentado nada menos que en foros de las universidades de Harvard, Yale, UCLA, Universidad de Texas y la Universidad de Notre Dame.

Es difícil imaginarlo en otra actividad. Su madera está hecha para la pelea. En sus enormes ojos negros, en el centro mismo de su rostro, no parece haber sitio para el temor ni para la duda. Él dice que toda lucha tiene sus riesgos, que la gente no debe callar ni intimidarse, que los campesinos no pueden esperar que alguien reclame por ellos.

"Si llego a tener 80 años marcharé en mi silla de ruedas", prometió. "Yo no nací para morirme convertido en una estatua, no nací para quedarme de brazos cruzados toda la vida. Sé que corro peligro, pero el propósito no es personal, es masivo. A mí protestar nunca me ha dado miedo".

Renato Cisneros es reportero de ?El Comercio? de Lima y participa en el programa de maestría en español de la Universidad de Miami como representante del Grupo de Diarios de América



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