aviso-oportuno.com.mx

Suscríbase por internet o llame al 5237-0800




Fuentes Gasca, una vida de piruetas

Rafael Alberto Caro/El Tiempo/GDA | El Universal
Lunes 29 de noviembre de 2004
"A un verdadero cirquero como yo lo bautizan aquí, hace su primera comunión, se casa en la carpa y, cuando muere, velan su cuerpo en la pista": Martín

Martín Fuentes Gasca y su hijo Raúl llevan a cuestas el legado de la dinastía de cirqueros iniciada hace 66 años. Hombres con aserrín en las venas.

"La gente lo viene a ver a uno porque este trabajo es arriesgado", sentencia Martín Fuentes Gasca, uno de los 13 hermanos mexicanos de la dinastía de cirqueros más célebre de América: los hermanos Gasca.

A sus 53 años ya está retirado de los escenarios, pero no del negocio de la carpa. Siempre acompaña a su hijo Raúl, de 25 años, en las largas correrías por Centro y Suramérica con el Circo Hermanos Gasca. "Aconsejo a mi muchacho para que todo le salga bien", dice.



Se alimenta de aplausos

El trabajo en el circo es para él un vicio que se alimenta con aplausos: "Repetir tres o cuatro veces al día los mismos números, por muy cansado que se esté, no te importa con tal de ver a la gente feliz, disfrutando de lo que haces".

Su hijo terminó enviciado por la misma razón. Ahora su sueño es llegar a viejo y ver a sus descendientes conservando la tradición familiar que sus abuelos Jesús Fuentes Zabalsa y María Luisa Fuentes empezaron 1938.

Hoy esa tradición se traduce en más de 13 circos: Circo de Moscú, Circo Valentino, Circo Chino de Pekín, Circo Unión, Circo de la Chilindrina, Circo de Kiko, el Moscú on Ice, Circo Hermanos Gasca y Circo de México, entre otros.

Jesús y `Licha` "así llamaban cariñosamente a la abuela María Luisa" se conocieron cuando trabajaban en un modesto circo de México. Él, con apenas 18 años, era acróbata, buen domador y payaso. Ella, con 17, era experta en el monociclo.

Poco después, decidieron no solo casarse, sino armar circo aparte. Su primera función fue en un salón de clases de un pueblito, pero después hicieron una carpa cosida a punta de retazos de tela y lona. Los dos eran los artistas, los electricistas y hasta los choferes. La publicidad la hacían de viva voz en las esquinas y los espectadores tenían que llevar la silla para ver la función.

Nada que ver con el circo actual de los hermanos Gasca. La gigante carpa italiana que está hoy en la avenida 68 con calle 95, en Bogotá, cuesta más de 75 millones de pesos, es a prueba de tempestades e incendios, está protegida con un dispositivo antisísmico y tiene luces robóticas computarizadas y silletería abullonada.



Sueño hecho realidad

Los abuelos murieron hace más de cuatro años y, según Raúl, lo hicieron felices: "Vieron su quimera hecha realidad... No todos los padres ven a sus hijos seguir sus pasos". Bobo, Rosa, Pancho, Adán, Renato, Gustavo, Juventino, Martín, Licha, Alejandro, Eva, Silvia y Walter se involucraron en el negocio familiar y con el tiempo montaron sus sucursales.

"No se trata sólo de tener habilidad y valor para ejecutar números arriesgados sino de saber armar la carpa, conocer dónde van los accesorios y, sobre todo, saber vivir como errante", dice Raúl.

"Esto no es una profesión... Es una vocación, es algo que te `jala` y que se lleva en la sangre", anota Martín. A sus 53 años, recuerda que en su niñez vivió rodeado de animales, payasos, trapecistas y equilibristas: "Mi vida giraba alrededor del circo, no tenía cabeza para nada más. Mi padre lo sabía, y un día me puso a escoger entre el colegio y el circo. Elegí lo último, por supuesto".

Su hijo repitió la fórmula: "Terminé la primaria y no quise seguir estudiando. En mis vacaciones de mitad de año y diciembre, me iba a vivir al circo, y era asfixiante tener que volver al salón de clase".

Desde los cinco años, ya cosechaba ovaciones cuando montaba en la motocicleta que le regaló su tío Alejandro. "Fui la persona más joven en haber ejecutado el peligroso acto del Globo de la Muerte en moto", dice Raúl.



En el corazón de la carpa

Con tantos viajes y funciones les queda poco tiempo para la vida social y el romance. La soledad la pasan con la compañía de los animales, que son los que llenan de anécdotas los pasillos.

Por sus manos de domador han pasado desde percherones franceses o chimpancés hasta feroces tigres.

Pero nadie está libre de los accidentes. Martín tiene una cicatriz en su hombro de una mordida de tigre, se fracturó un fémur al caer de un caballo y se rompió la clavícula una vez al caer del trapecio. "Dicen que los cirqueros traemos aserrín en las venas. Por eso en las pistas de los circos hay mucho aserrín. Es lo que regamos cada vez que nos presentamos", afirma.

Colombia fue su hogar hasta 1994, por eso de que "uno no es de donde nace, sino del lugar donde entierran a tus muertitos". Se refiere a la trágica muerte de Lidia Vásquez, su esposa, en el accidente de un avión que cubría la ruta Cúcuta-Bucaramanga, en 1988.

Pero los bonitos recuerdos que tiene hacen valer esas heridas de `guerra`. "Mi circo ganó fama mundial aquí, en Bogotá, en 1994, cuando se casó en nuestra carpa el ex alcalde Antanas Mockus, montado en un elefante y rodeado de tigres y simios... La noticia le dio la vuelta al mundo", recuerda Martín.

Desde ese año iniciaron una gira por todo el continente con escapadas a Europa. En enero, estuvieron en el Festival de Circos de Montecarlo. "Es como los premios Oscar para el cirquero", dice Martín. Con su hijo, conoció a los príncipes Alberto y Rainiero, y jugaron futbol en el duelo Realeza versus Circos.

Martín ya cumplió con su ciclo de artista, pero todavía se divierte como niño viendo los números que se sabe de memoria.

Apurado por ir a ver a Raúl en su complicado número de malabares con cuchillos sobre un caballo, resume la esencia de su vida: "A un verdadero cirquero como yo lo bautizan aquí, hace su primera comunión, se casa en la carpa y, cuando muere, velan su cuerpo en la pista".



Ver más @Univ_Estilos
comentarios
0