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Una casa mexicana colonial, estilo Taxco

El Universal
Sábado 18 de septiembre de 2004
Los pisos son de terracota, los techos de barro de Guerrero y las ventanas de herrería y madera, diseñadas por la misma Emilia Castillo y su familia

El acueducto fue, precisamente, uno de los atractivos que animó a don Antonio Castillo a comprar esas tierras.

"La cascada daba justo frente a la ventana de mi habitación y su sonido me acompañaba para dormir y me daba los buenos días", cuenta la orfebre.

Luego de cruzar el puente aparecen unos escalones anchos de piedra rosa de río que suben hasta una planicie cubierta por un jardín escondido: "el jardín secreto" de Emilia Castillo. Al fondo está su casa.

En el trayecto hacia la propiedad encontramos árboles centenarios, como un altísimo amate de más de 300 años que creció al lado del río; también, palmas ruberinas y sicas, ficus, camelias, pata de elefante, ave del paraíso, huele de noche, azaleas, copa de oro, aguacate, árboles de pistaches, toronjas, limón, naranja, lima, guayaba, araucaria y muchas más.

Ya dentro de la finca, de fachada amarilla y con techos de barro de Guerrero, observamos los pisos de terracota, las paredes de adobe pintadas con el color mineral de las tierras rojas, las gualdras de madera, los ventanales de herrería y madera diseñados por Emilia y su familia.

En el vestíbulo, con techo de tejamanil de Michoacán, que se usa mucho en Guerrero, hay una lámpara de madera con forma de caballo. Fue tallada por el propio don Antonio Castillo.

La casa es de estilo colonial mexicana tipo Taxco. La mesa del comedor provino de la fábrica de cerámica que tenía el padre de la diseñadora y se usó por 30 años para lijar las piezas. "Un día que necesité una mesa para el comedor y no me llevaban de compras, me fui al taller y me la traje", cuenta Emilia. "Me encantó por vieja, maltratada y antigua; ha tenido miles de horas de trabajo de los obreros". Las sillas, de aluminio martillado, tienen aplicaciones de cobre, con un diseño de hoja de piñanona; los asientos son de palma tejida.

En los cuartos de baño, las tarjas son de porcelana con incrustaciones de plata pura. "Los mosaicos los hemos hecho aquí en los talleres, con dibujos de iguanas y peces que también son de nuestra autoría".

A un lado de la casa se encuentra un gran picadero donde se ejercitan los cuatro caballos que la familia Castillo posee.



Una mexicana triunfadora

Madre de Alejandra y Cristina, de 18 y 20 años de edad, respectivamente, y también diseñadoras de plata, Emilia Castillo es egresada de la Escuela de Diseño y Artesanías y luego, en los talleres de su padre aprendió el arte de la platería, que también cultivaron su abuelo y un tío. Tiene cuatro hermanos, Lily, Kity, Ruby y el menor, Wolmar Antonio, quienes comercializan la plata. Ella es la mayor.

A su equipo, integrado por la propia Emilia y sus hijas, se suma Roberto Romo, que lleva la parte administrativa y operativa de los talleres", dice la diseñadora.

En la actualidad tienen siete tiendas en Neiman Marcus y muchas más distribuidas por la República Mexicana.



Talleres y escuela

Aledaños a la casa de Emilia se ubican los talleres de cerámica y platería. De allí salen todas las creaciones de la artista, por cierto, cada una hecha a mano.

En la planta alta de los talleres se exhiben sobre una gran mesa las piezas ya terminadas. "Nuestros principales materiales para la producción son cobre, latón, alpaca, plata y porcelana con plata pura fundida."

En la misma área se halla la escuela que la familia construyó para los hijos de los trabajadores (75 niños en la actualidad), donde también estudiaron la primaria las dos hijas de Emilia. Imparten las clases, cinco profesores autorizados por la SEP.

La visita a esa área revive algunos recuerdos en Emilia: "Mi papá era muy fiestero y amiguero; cada ocho días tenía una barbacoa aquí en el rancho. En cuanto a mi mamá, a ella le gustaba estar en su estudio; es escultora y cantante de ópera, y a la muerte de mi papá, hace cuatro años, regresó a su país de origen. Nos visita una vez al año, cuando hace frío en Suecia".

De sí misma, Emilia hace memoria de que era muy inquieta y "funcionaba con batería solar". "Me trepaba a los árboles, me metía a las bodegas por los vidrios rotos, y me apretaba entre la herrería para poder pasar. Allí encontraba maravillas entre las telarañas y el polvo". Resume: "Mi infancia fue la mejor de mis épocas; fue un paraíso en el que no teníamos televisión ni radio. Como estudiaba en la escuelita de la casa, no tenía otras influencias ni me enteraba de robos o accidentes, no sabía de chequeras ni de carteras; no conocía los suéteres y los zapatos me los tenían que poner a la fuerza".

En la actualidad, el mundo se le ha abierto gracias a sus diseños, que incluso exportó a París en una época.



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