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Olga Carlota Escandón, heredera de una gran estirpe

Laura Durango| El Universal
Domingo 14 de septiembre de 2003
Su tatarabuela fue dama de la emperatriz Carlota, su bisabuelo construyó el ferrocarril México-Veracruz y ella fue una figura del reconocido noticiario de televisión 24 Horas, con Jacobo Zabludovsky

Durante varias generaciones los Escandón han influido en la vida de México. Doña Catalina Barrón de Escandón, la tatarabuela de Olga Carlota Escandón de Martínez del Río, fue dama de honor de la emperatriz Carlota, quien se ofreció a ser madrina del bebé que esperaba. "Si esa niña se llamara como yo", sugirió la emperatriz, y de ahí nace la tradición de este nombre en la familia.

Estirpe a su vez de grandes empresarios, el bisabuelo Pablo Escandón, amigo personal de Porfirio Díaz, construyó el ferrocarril a Veracruz; él y sus hermanos, los también empresarios Manuel y Eustaquio, introdujeron el polo (que habían aprendido a jugar en la India) en México y en Francia a finales del siglo XIX. La fama de los Escandón corrió por Europa gracias a sus triunfos mundiales en ese deporte. En los años 70 usted se hizo famosa como reportera de 24 Horas, ¿Cómo recuerda aquella época?

Con mucha nostalgia. El periodismo marcó mi vida. Fueron ocho años mágicos. Sin querer, me hice famosa por mis sombreros. Como viajaba mucho y no tenía tiempo de ir al salón decidí usarlos. Tengo 400 y los conservo con verdadero cariño. Son el recuerdo de las entrevistas a Luis Echeverría, Henry Kissinger, Paul Casals, María Félix, Rufino Tamayo, Alain Delon, Dolores del Río...

Pero usted era concertista y procedía de una familia musical. ¿Qué hacía de pronto en televisión? Todo surgió por la música. Preparábamos el "Réquiem de Verdi" y los solistas querían ser entrevistados. Jacobo Zabludovsky era mi amigo y él, sin más, me metió en el set de televisión y me dijo: "Hazles tú la entrevista". Al terminar anunció: "te quedas", y me convertí en parte del equipo fundador.

Y los cómicos más importantes del país la imitaban. Era muy chistoso. La gente aún me recuerda por aquellos sombreros. Cada día utilizaba uno distinto y como salía al final del programa esperaban para verme. Cantinflas me bautizó como Olga Carlota "Chombelitos".

Pero dejó la televisión .

Al casarme reconsideré mis prioridades, que desde entonces han sido: mi hogar, la música y luego el periodismo. Hice bien. La prueba es que soy muy feliz con mi esposo (Luis Pablo Martínez del Río y Corona, también polista) después de 27 años. Nuestro triunfo es comunicarnos y haber logrado ser verdaderos compañeros.

Sólo tuvieron una hija .

Sí, Olga Carlota, que se casó a los 18 años y ya espera su segundo hijo. Mi esposo comparte la equitación con ella y yo mi pasión por el bel canto . Las dos somos soprano lírico. Tenemos la misma voz y espíritu, aunque físicamente ella salió al papá: güera de ojos azules. Mi hija es mi mejor amiga y disfrutamos hasta ir juntas al supermercado.

Abandonó el periodismo pero no la música .

Es que nací con ella. Mi mamá, Olga Maciá, era pianista y sus nueve hermanas cantaban. Había de todo: mezzosopranos, contraltos, sopranos... Los sábados abrían las puertas de su casa y la pasaban cantando para el que quisiera llegar. Y mi padre, Manuel F. Escandón, tocaba el piano, así que imagine el ambiente. Yo canto desde los cuatro años, tengo la voz educada para las grandes obras clásicas.

¿Sus músicos favoritos?

Soy mozartiana de corazón. Quien interpreta a Mozart no pierde nunca la voz; él compuso música para embellecer y cuidar el órgano vocal.

¿Cómo organiza su actividad profesional?

Tengo una teoría. Si canto por dinero el concierto no sale bien, así que toda mi actividad es fundamentalmente benéfica. Y lo hago con mucho gusto. Elijo mis programas, me ponen una orquesta e interpreto a Schubert, Brahms, Schuman, Beethoven, Haendel, Haydn, Mahler... Bien como solista o en coros; también he incursionado en la ópera y la zarzuela. Y luego estoy yo, cuando canto para mí.

¿A qué se refiere? A que no siempre se necesita un público. Cantar sola, completamente libre, es un placer. Por ejemplo, los jueves canto en casa con mi pianista, Antonio Duque, y me siento la Callas, y me cargo de energía, y después de la clase quedo lista para conquistar el mundo. La música no es sólo un refugio y una terapia, también una experiencia que enriquece el alma y el espíritu.

¿Qué actuaciones recuerda con mayor cariño?

El concierto Mozart en la Sala Nezahualcóyotl; mi interpretación del "Ave María" de Schubert en la Catedral Metropolitana y cantar ante el papa Juan Pablo II en una de sus visitas a nuestro país.

Su vida parece una sucesión de éxitos. He tenido fracasos y momentos duros. De joven pasé un año ciega por un accidente que me produjo el desprendimiento de las dos retinas. Pensé que no volvería a ver. Ahora veo muy bien pero lo hago más con el alma que con los ojos, porque durante aquellos meses debí fabricarme un mundo intenso que me hizo apreciar lo esencial. Soy feliz porque es mi obligación corresponder con alegría a la vida, que me ha dado tanto.



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