Enamorarse también es sufrir
Una ligera franja separa la violencia de la calma, los seres humanos nos movemos de un lado para otro sin percatarnos dónde empieza una y termina la otra. El juego de Eros -afirma Geoge Bataille en su obra El Erotismo - es "un largo e interminable viaje que va del cuerpo a la transgresión, del silencio al gemido, del tacto al contacto, no puede haber placer si no existe sufrimiento, ruptura o agresión, en eso radica su placer", e incluso para este autor no hay otra forma de concebir los goces del deseo si no son por estos dos polos del placer a la violencia; de otra forma no se podrían entender los límites de lo que disfrutamos y de lo que padecemos. Aquí caben varias preguntas, ¿dónde entonces se esconde la nostalgia del respeto al otro y la tolerancia a las diferencias personales?, ¿por qué la violencia se soporta, se vive, se busca?, ¿será a caso por amor o lo que entendemos de él? El dúo-cidio. La violencia no se encuentra en los cuerpos tirados y las balas perdidas de la guerra, en las imágenes hambrientas del tercer mundo, en los homicidios morales de la globalización; se escabulle adentro de las casas hasta llegar a la intimidad de la recámara, quedando de frente con la pareja con el fin de afectar su integridad, autonomía y dignidad. El sonido genera la misma posibilidad de la presencia del silencio. El amor hace lo propio con el odio y la violencia existe en la misma medida en que el anhelo aparece. Es así como se cierran los círculos, se conjuntan las pasiones y las relaciones pueden inclinarse peligrosamente hacia un lado, la balanza de los juegos afectivos suma peso entre dos móviles, a veces tan combinados que pierden legibilidad o es difícil pensar que pueden estar separados. A veces nuestros amores tienen la capacidad de destruirnos tan sólo con palabras, miradas, insinuaciones y con el silencio; quizá de entre los mecanismos de las parejas, éste es el más sutil, desgarrador y peligroso. No se trata de la violencia manifiesta, de los golpes y moretones visibles, sino de "dormir con el enemigo". Existen formas más sutiles y con impactos mayores. El dolor de las palabras. Insultos, descalificaciones, humillaciones, amenazas e incluso piropos que causan molestias, afectan sentimental y psicológicamente a quien los recibe. El sonido del silencio. La violencia se manifiesta a través de todas las actitudes que merman la estabilidad emocional con tal de denigrar, intimidar y manipular por medio de gestos, chantajes, falta de atención premeditada y el silencio. El billete cobarde. El control del dinero y de los bienes materiales, es una forma sutil de violencia. Significa tener el poder simbólico de los objetos y la posesión, con lo que se manipula. Las caricias rasposas. Cuando el acto amatorio se realiza en contra de cualquier persona y se transgreden los deseos, también es un acto considerado como violento. Al estar inmerso en una situación violenta, te hundes en una relación enfermiza, que encuentra sentido de estabilidad aparente al entrar constantemente en conflicto en la relación, distinguir los actos de acuerdo y negociación de los de imposición y coerción permiten diferenciar de qué tipo de relación se trata. Cuando amar, como dice Rosa Montero en su libro Pasiones , "significa enajenarse, drogarse, perderse, buscar lo inalcansable, desdeñar lo factible", caemos en un comportamiento manifiestamente patológico que no hace más que responder a las necesidades básicas y profundas de los seres humanos: dominar, controlar, someter, vencer. La historia donde el amor es el pretexto de la violencia, la iniciamos como todas las demás pero con un peligroso ingrediente: la tendencia a sentirnos atraídos por personas problemáticas, distantes e inaccesibles. Nos enganchamos en situaciones conflictivas por formar una pareja con la persona equivocada, consideramos que de otra manera no pueden entenderse las relaciones íntimas, violentamos nuestro orden, aceptamos la violencia como parte de la estabilidad y los grados de afecto. Jugamos al fuego de las prisiones y las vigilancias, asumimos el dominio como modus vivendi. Es normal que los polos se busquen, haciendo de su naturaleza, la atracción exacta. En el caso de las relaciones amorosas, sucede lo mismo, parece que el dominante busca al dominado y viceversa; es una mutua dependencia en donde la pasión no perdona, no se mesura y ataca sin piedad. Basta el desequilibrio de los amantes, ese breve espacio en que la mesura pierde su calma, suficiente enaltecer la dominación para ceder a la agresión de la tranquilidad. Toda gran pasión tiene algo de morbosa: una autodespersonalización, una entrega obsesiva de la vida al ser amado. Cuando cruzamos los límites, la convertimos en mera patología. Se dice en Pasiones "...o quizá sea al revés: quizá haya gente estructuralmente patológica que canaliza su estabilidad a través de la pasión. Y así amar para ellos no sería un delirio muy distinto a los otros". Las distintas razones llevan a disculpar a la pareja agresora con tal de evitar más consecuencias personales, sociales y jurídicas. En una situación paradójica de amor y violencia, cuando sufrimos de ésta, si una mano se acerca a ayudar, es rechazada de manera directamente proporcional con la fuerza de quien nos agrede, solemos proteger a quien nos maltrata. El esquema es el mismo después de una escena violenta: sentirse compungido frente al otro dolido por los golpes y sólo murmurar un: "estaba fuera de control... tú me sacas de mis casillas... fue un arranque de locura... pero no volverá a suceder". Y le sigue una apasionada escena de amor como broche de oro. Al final controlamos nuestras acciones por miedo a que el otro se enoje, de sus ataques impredecibles, nos mantenemos a la defensiva anticipándonos a sus necesidades y renunciando a las propias. ¿Parece irracional? Pues está muy lejos de serlo, la violencia sirve para ganar el control, dominar hasta la saciedad y controlar las situaciones. No hay vuelta de hoja: la plenitud es un espejismo y los humanos somos seres precarios y pequeños, las relaciones reales no están hechas de héroes, no salen de las páginas de una novela, se viven día a día luchando contra el aburrimiento y la rutina, con sus alegrías fútiles y sus carencias. Ya lo dijo Rimbaud: "dejemos de ser compañeros de infierno, para ser compañeros de inviernos". Entonces pongamos a la pasión violenta en la imaginación, en nuestras historias de fantasía. Dejemos de enamorarnos del "Gran Amor" para enamorarnos del amor de todos los días. Del de la puerta de al lado. Mientras nos siga importando más el cómo amamos que a quién amamos, seguiremos repitiendo una y otra vez el mismo error. EL RITUAL VIOLENTO Tensión acumulada: tras la sucesión de hechos pequeños, se crean roces permanentes, con incremento de hostilidad y ansiedad. De la pasión se pasa a la neurosis, del deseo al celo, hasta hacer de la relación un campo de batalla Episodio agudo: con la tensión acumulada, explota la violencia que puede ir desde un grito o un empujón, hasta el homicidio Luna de miel: llega el arrepentimiento y la promesa de que no se repetirá de nuevo. Hay en el fondo del agresor una minimización de su persona, una culpa permanente que se traduce en resentimiento e ira, pero que en silencio se demanda afecto y reconocimiento
Balas con falda
Hasta hace poco se creía que por costumbre y cultura la mujer era el objeto donde se depositaba la violencia; los tiempos comienzan a ver al otro lado del péndulo, la justicia se equilibra y el coraje femenino ataca las "fortalezas" de lo masculino, derribando las murallas y levantando las voces del castigo, es por eso que la violencia ya no es un monopolio meramente del hombre, es sólo una cuestión de poderes sin importar sexos. De hecho, los actos violentos han tomado posesión de todos los tipos de relación, llámense hetero, homo, o bisexuales.
La ecuación inexplicable
Aunque las cuentas no sumen al final, las acciones violentas terminan justificándose con un: "el amor es así". El sentimiento, como la pasión ciega completamente a los "factores" de esta ecuación. Nuestra vida de pareja y la violencia tienen una relación de inevitable correspondencia, a manera de maquiavélica operación aritmética. Uno es dominado por el compañero y el otro acepta la situación "amorosamente"; la violencia está escondida. Esta dinámica explica porqué permanecemos involucrados en relaciones tan ambiguas. Ante un tema escabroso, la situaciones se presentan siempre delicadas. Dicen que las pasiones tienen una época en que son oscuras y que con el peso de la estupidez, hacen caer a sus víctimas en lo más bajo de los actos humanos. Es por ello que se complica distinguir los límites al perder contacto con la propia naturaleza, tanto más si va salpicado de la pasión arrebatada que nos glorifica.





