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Escritor renovador: Borges

El Universal
Martes 26 de octubre de 1999
Escritor renovador: Borges

Borges marcó un nuevo tiempo en la literatura hispanoamericana . (Foto: ARCHIVO/El Universal )


Corría el año de 1976. A pocos días del cumpleaños de Borges (24 de agosto), me habló Justo Molachino a mi oficina del periódico confirmándome el viaje a México del maestro argentino. Habíamos hablado del autor de El Aleph en muchas ocasiones y mi entusiasmo por sus obras era evidente en épocas muy especiales de mi vida.

Mi amigo y colaborador de la sección que dirijo en El Universal, conocedor de la vida y obra del maestro argentino, tuvo la noticia de que Borges viajaría a México el 6 de agosto para reunirse con intelectuales, dictar alguna conferencia y platicar con los medios de información. Coincidió su viaje a nuestra ciudad con la aparición de su obra La moneda de hierro, poemas con notas y prólogo ilustrado por el conocido maestro, argentino también, Antonio Berni.

En los círculos intelectuales se notaba, a través de algunos de sus representantes, entusiasmo singular por saludar personalmente al maestro de tantos escritores, quien a través de su obra renovadora marcó un nuevo tiempo en la literatura hispanoamericana.

Una multitud de fotógrafos siguió a Borges en su breve visita en México. Reinó bastante desorden en la presentación en el Castillo de Chapultepec, aunque se manejó un programa preparado con bastante anticipación al acto. Canal 11 y Televisa con representantes de las diferentes publicaciones y secciones culturales de periódicos y revistas colmaron el recinto en que el maestro argentino iba a efectuar su "charla", como él expresara. De alguna manera con la complicidad de un funcionario del INBA, tuve la oportunidad, previa presentación de Justo Molachino, de conversar brevemente en privado con el eterno postulante al premio Nobel que injustamente no se le otorgó. Mi impresión del personaje fue cálida, sorprendiéndome su sencillez, calidad humana y don de gente, no muy usual en algunos intelectuales de menor categoría. Hice compromiso de visitarlo en su casa en Buenos Aires, en uno de mis tantos viajes a la ciudad porteña, y diferentes circunstancias me lo impidieron.

Con Molachino tuve la oportunidad de pasear a Borges por la ciudad de México. Siempre noté que le gustaba hablar inglés antes que el castellano y entendí por qué era bilingüe hasta las cachas. Borges hablaba mucho de su abuelo Isidoro Acevedo ?apellido que también se encuentra en mi familia mexicana?, y del amor que sentía por su abuela de origen inglés. Nuestro personaje llamado Georgie ya había escrito ?siete años de edad? en inglés un resumen de la mitología griega; a los ocho escribió La visera fatal, "inspirado en un episodio del Quijote". Reconocía en vida que guardaba con celo la traducción que hizo de El príncipe feliz, de Oscar Wilde.

Su nostalgia por los años veinte era notoria ya que en el año 1914 su ceguera era casi total y su padre se jubila y pasan una larga temporada en el Viejo Continente. Luego se instalan en Ginebra donde Borges escribe poemas en francés mientras estudiaba el bachillerato. "Mi primera publicación fue una crónica de tres libros españoles que escribí en francés y que me publicó un diario suizo (ginebrino)", me dijo en una comida en el feudo Ambasadeurs de la capital mexicana cuando todavía era famoso el restaurante que albergaba reyes, príncipes, presidentes y personajes de todas las áreas.

Los amigos del escritor argentino señalan que sus cuentos son superiores a sus poesías, que Borges era un intruso en el terreno de la poesía y no debió escribir versos, pero a Jorge Luis le fascinaban los versos que escribía. Confesaba también que dos de sus libros predilectos que le sumaron fama fueron El Aleph y Ficciones. No volvió a escribir cuentos fantásticos. Sin embargo, El Aleph era un cuento que le gustaba al punto porque lo escribió riéndose. Al escribir estas líneas recuerdo muy bien su libro Las ruinas circulares, con el que le ocurrió algo que no le había sucedido nunca. "Tardé en escribirlo una semana porque estaba alocado por esa idea del soñador soñado. Cumplía mal con mis funciones en una biblioteca del barrio de Almagro; eran días en que veía mucho a mis amigos, cené un fin de semana con Haydeé Lange, iba al cine, llevaba mi vida corriente y sentía ?my dear? que todo era falso y que lo real era el cuento que imaginaba y escribía". Es aquí cuando Borges reconoce la palabra inspiración.

Cuando lo entrevisté para Canal 11, para el programa Fabulissimo en que compartía créditos con Joffre de la Fontaine, nos dijo que concordaba con una sentencia de Carlyle en el sentido de que "toda obra humana es deleznable, pero la ejecución de la misma es primordial". En la entrevista televisiva también recordó que Marcel Proust apuntaba que cuando un ser humano extraña un lugar, lo que realmente le viene a la mente es la época que corresponde a ese lugar, "que no se extrañan los sitios, sino los tiempos". Y Borges tiene razón. Cuando uno piensa que se siente gozoso en Nueva York es porque uno se siente dichoso en aquel momento, pero si volviera uno a la Urbe de Hierro no habría razón para que uno presumiera de otra visita a la ciudad. Esto es una gran verdad. La emoción nos traiciona muchas veces. Pero todo lo anterior es para indicar que a Borges le agradaba volver a Buenos Aires. "Me gusta tanto que me disgusta que le guste a otros seres humanos", palabras suyas. Entiendo que Borges tenía un amor celoso por su ciudad. Tuve la oportunidad de vivir en Buenos Aires (1969) y conocer personalidades de todo tipo. Luego volví en muchas ocasiones para reconocer que la capital argentina es una de las metrópolis en las que me gustaría vivir aparte de Madrid, Barcelona, Sevilla, París, Roma, Londres y Nueva York.

Para Justo Molachino hubo una época crucial de Borges de la década de los treinta a la de los sesenta. "Es cuando realmente Georgie se transforma en el inimitable Borges. Para mí, uno de los más polémicos y talentosos escritores de nuestra América. Es cuando intenta fundar un moderno regionalismo, enraizado en un área metafísica de actualidad.

Fervor de Buenos Aires es un libro que me encanta de Borges. Otros que han estado en mi cabecera: Historia universal de la infamia, Ficciones, Hombre de la esquina rosada, El puñal, entre otros. En 1961, compartió con Samuel Beckett el premio Fomentor que otorga el Congreso Internacional de Editores y esto le sirvió para que su fama se extendiera en el mundo occidental. Luego recibió el título de "Commendatore" que le otorgó el gobierno italiano, el de Comandante de la Orden del Imperio Británico y el Premio Cervantes. En 1970, una encuesta mundial reveló que Borges obtenía más votos como candidato al Premio Nobel que Solzhenitsyn, a quien la Academia Sueca distinguió ese año. Más tarde, en marzo de 1983 publicó en el periódico La Nación de Buenos Aires su relato "Agosto 25, 1983", en que profetiza su suicidio para esa fecha. Pasó el tiempo y no se suicidó "por cobardía" (así lo gritó). También en 1983, la Academia Sueca otorgó el Nobel a William Golding, pero Jorge Luis subrayó siempre que no le interesaba. Borges se reía mucho cuando le preguntaban si era argentino. ¿Sería raro ser argentino en Pakistán?, decía este intelectual que amaba el mate y que admiraba a Sarmiento: "Un hombre de genio que aportó una obra clásica, El Facundo, que si hubiera contemplado bien habría cambiado la historia de Argentina."

Bueno, hasta aquí esta pequeña historia de un criollo viejo.



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