'El mar ya no nos da miedo'
Coatzacoalcos , ver.- Al menos durante siete ocasiones han sido visitados por elementos del Ejército Mexicano para "conminarlos" a abandonar sus hogares; pero se resisten porque dicen no temerle al mar que golpea con fuerza las costas de la congregación de Allende, el asentamiento humano más grande de este puerto del sur de Veracruz. Maricela, Humberto, don Tomás y José forman parte de las más de 200 familias que se negaron a abandonar sus hogares a pesar de que la tormenta tropical Larry registra vientos de más de 95 kilómetros por hora y que prácticamente se comió una docena de viviendas de este lugar. Simplemente esperan la tormenta. "Antes vivíamos en la playa y cuando entró Roxana pues nos salimos y la verdad ya estoy acostumbrada, no me da miedo", suelta Maricela, niña de 15 años de edad, que resiste estoicamente los embates del viento y la arena. Maricela, junto con cuatro de sus hermanos y su madre, habita una humilde vivienda asentada a menos de cuatro metros de esta congregación, a la cual sólo se puede acceder a través de un transbordador que pasa por el revuelto río Coatzacoalcos. "El mar no me da miedo, ya estoy acostumbrada", agrega mientras ve a su hermano menor Humberto tratando de sostenerse de pie ante los embates del viento y sin importarle que la Secretaría de Gobernación declaró como estado de emergencia cinco municipios, entre ellos Coatzacoalcos. Confiesa que su madre Adelina y su padre Gilberto Santíes, determinaron permanecer ahí "aunque los del Ejército nos han venido a ver como siete veces; pero les hemos dicho que aquí seguiremos, que el mar no nos da miedo". Los habitantes de Allende y de sus colonias Rabón Grande y Rabón Chico esperan a que la tormenta toque tierra, porque no se moverán de ahí ni con la presencia del Ejército. Uno de ellos es don Tomás González, anciano de 78 años de edad, que habita una casa derruida y semienterrada por la arena. "¿Por qué me habría de salir de mi casa?", se pregunta el hombre mayor, para luego contestarse a sí mismo: "algún día he de morir". "¿Cuál miedo al mar?, ¿por qué tanto miedo?, uno se va a morir", dice y en tono molesto recuerda la visita de los militares para exhortarlo a salir de su casa, pero se negó, al igual que decenas de personas de este lugar. "Al mar no le tengo confianza, pero tampoco temor", explica Don Tomás en su austerísima vivienda, donde yace un diario del día advirtiendo sobre los efectos del fenómeno meteorológico. Lo mismo piensa el pescador José Madrigal, quien simplemente se limita a observar el alto oleaje para luego lanzar un suspiro y afirmar: "Todo va a estar bien, mañana saldré a pescar, no pasa nada".





