Purépechas: infancia en tres idiomas

ENTORNO. En el Valle de Coachella, California, existe un pedazo de Michoacán en los tráilers que ahora habitan los migrantes que llegan al lugar para piscar la tierra. Los niños apenas han oído hablar de México, su infancia transcurre entre caricaturas norteamericanas y regaños en purépecha. (Foto: DAVID MAUNG / EL UNIVERSAL )
Coachella, California
Y ocurrió en un pequeño pueblo con vista a un campo de fresas. Las palabras de María fueron de un lado a otro como mariposas en el aire, rozándole los oídos a todos en la traila (casa rodante). Primero se emocionaron, porque ya había cumplido 6 años y nunca había dicho "nande", "mother" o "madre". Pero después se rascaron la cabeza, tratando de descifrar que había dicho.
-Fue una combinación, algo muy raro, la verdad no entendimos nada, pero creo que su primera palabra fue algo así como mamá-, recuerda Sonia Ramírez, migrante michoacana de blusa bordada y enaguas hasta los pies.
Le entra una risa larga y entrecortada que sacude su cuerpo color canela. Le caen en gracia las palabrotas que lanzan los niños cuando los llevan a vivir muy chiquitos a Estados Unidos; como María, de un año en aquel tiempo.
-Pos es que imagínate en la casa nos gritoneamos en purépecha; entró al preescolar y todos los jijos maestros puro inglés. Íbamos a la tienda y la señora decía 'va a llevar las tortillas' en español. Y el vecino es de Jalisco, con su musicota. Pobrecitos no saben ni qué. Tarde pero pa´luego aprenden- dice.
Viven en un valle llamado Coachella, en California, un lugar amurallado por palmeras tan altas que cuando las mece el viento de marzo, parece que se quebrarán. Aquí han llegado miles de niños purépechas porque sus padres emigraron a piscar los surcos de esta tierra fértil.
El acercamiento más cercano con su nanita es esa fotografía que pende de un cuadro con foquitos de colores, de esa mujer a la que le cuelgan cabellos grises de la nuca. A la que pareciese, que de pronto, le cayeron todas las arrugas del mundo en el rostro.
La fotografía está en una pequeña sala de un casa móvil estilo californiana -de porche y caída en dos tejas- en un tráiler park llamado la 'Chicanita'. Decorada con un altar a la virgen, y acomodados en una mesa, las fotografías de todos los muertos Ramírez, en Michoacán.
María ha empezado a hablar. Va del "so, i wanna play con mi muñeca" a quejidos en purépecha. Es difícil entender cuando mezcla tres idiomas a sus seis años. Cuando sus padres se gritan en purépecha y su maestra, una joven anglosajona intenta enseñarle el one, two.
- ¡Asteru chanaia ka inchantia!-, grita Sonia a su hija, que juega despistada con sus muñecas sobre la tierra. La niña frunce la nariz, y remilgosa entra con el ceño fruncido. Su madre le ha dicho que se meta y deje de estar jugando.
Los niños trilingües
Beatriz González no necesita gritar: mira directo a los ojos y casi no parpadea. Anda de un lado a otro, tratando que no se alboroten decenas de niños en las bancas del Centro Escolar de Coachella. Es coordinadora de actividades extra curriculares, que realmente es un programa para que los niños, jóvenes hijos de jornaleros no estén solos en casa.
Es difícil saber cuántos niños purépechas hay, dice, porque son una comunidad muy reservada. Además, es raro que un migrante diga que es mexicano y se encuentra sin papeles, pero así sin dudarlo afirma "miles".
Se les nota: la piel color cobre, los ojos chiquitos de negro intenso, las cabelleras largas en las niñas, los cuerpos diminutos en los niños. Explica que los hijos de los jornaleros purépechas son excepcionales: son trilingues, hablan tres idiomas.
Según el vicepresidente de la Federación de Michoacanos en California, Rosalio Platas actualmente viven unos 100 mil mexicanos en Coachella, de los cuales 95% son originarios de Michoacán, representando al sector más grande del valle agrícola.
Las palmitas
En la escuela Las Palmitas de Thermal, se estima que hay unos 750 niños mexicanos. De éstos al menos 3% habla purépecha. Aunque la secretaria, el director y las profesoras se dirigen a los estudiantes sólo en inglés, es la escuela con la mayor cantidad de niños michoacanos.
Te reciben cuadros de jornaleros piscando en el campo y folletos informativos en español. Hoy los profesores han reunido a cuatro niñas y dos niños de ascendencia michoacana y entonces el festival multicultural comienza.
Las gemelas Viviana y Araceli de 10 años son casi idénticas. Sólo que Cheli tiene los ojos más rasgados, pero sus cabellos son negros y lacios. Sus padres emigraron de Michoacán y ellas nacieron en Estados Unidos: por eso al tratar de hablar español se cohíben un poco.
La mezcla de culturas es como un carnaval: dicen que cuando salen de la escuela van al parque a jugar Softboll- Saftball, pronuncian casi en inglés perfecto- su caricatura favorita es Frozen, 'Monster High'.
"Mi comida favorita es el pozole", dice Viridiana, y entonces la secunda Cheli: -¡Hay sí el mio también!. Presumen que saben hablar "tarasco" como le llaman ellas y empiezan:
-Cuando mi abuelita está enojada grita bien chistosa ¡Juia tirenia Kokani. Asteru chanaia Ka inchantia!- Su pronunciación es veloz y no tartamudean, pareciese que también es su idioma natal: ven a comer rápido, métete y deja de estar jugando. Los regaños son las primeras palabras en purépecha los niños michoacanos que llegan Estados Unidos aprenden.
Las gemelitas de piel color cobre, de ojitos rasgados y cara chatita conocen todos los regaños en dialecto y su comida favorita es el pozole. Pronuncian a la perfección "Ball" y su juguete favorito es una muñeca de ojos azules y pelo amarillo llamada Elsa de la película Frozen.
Mirtha es una niña de cinco años. Chimuela se le caen los dientes de leche y comienzan a salir los definitivos. Es muy pequeña pero platica con naturalidad su realidad: sus padres son originarios de Michoacán, llegaron a Coachella a la pizca del chile y uva; a su hermano mayor Roberto lo deportaron y ahora viven su sobrinito y su nuera en su pequeña casa.
-Dog, i love you, dragon, car, library, boys-, la niña va al primer año de la primaria y está aprendiendo rápidamente a hablar en inglés. También conoce algunas palabras en purépecha como esa amenaza que le lanza su madre cada que se porta mal: "Me voy a regresar a México si no te portas bien".
-¿Conocen alguna caricatura, novela programa de televisión en español?
-No- responden en unísono, con pena, atrincheradas.
Bruce, de 7 años, habla bien el inglés y un poco de purépecha. En él predomina la cultura anglosajona: lleva una camiseta marca Nike, su comida favorita es la pizza y su deporte favorito es el fútbol americano.
Pero sabe que Michoacán existe por que ahí vive su nanita. Y porque él si ha visitado tierra caliente: le parece bonito, pero aún más Estados Unidos. Su padre son jornaleros, migrantes que trabajan en la pizca de la uva. "Cuando mi papá le grita a mi mamá le habla en tarasco", dice el niño de ojos tristes.
Pablo de ocho años es reservado y cuando habla solo lo hace en inglés. Aunque su comida favorita son los tamales y también entiende el purépecha. Dice que se siente más cómodo de responderme en inglés y me platica que hará cuando sea grande.
- I want to be a teacher, to show a lot of kids math and english and sports- dice en inglés. Le pido en purépecha y responde: - jorentani materu uashapichani uandani materu uandakua. Lo que Pablo dijo es que cuando sea grande será maestro para enseñar a los niños a hablar ingles, matemáticas y educación física.
Los niños trilingues prefieren reservar el purépecha en la intimidad del hogar. Las gemelas Viridiana y Cheli confiesan por qué: "aunque mi mamá me dice que no nos de pena hablar afuera en tarasco por que cuando nosotras hablamos pensamos que se van a reír de nosotras".
Los niños purépechas viven atrapados en tres culturas y no saben qué camino tomar.
Poco saben de México: han escuchado que su nanita -abuelita- es la mujer de las fotografías, que está sentada en un huerto de árboles de limón en un lugar llamado Michoacán. Que les da risa, porque cuando hablan por teléfono es bien rezongona.





