El albergue del millón de historias

Francisco Loureiro y su esposa, Gilda, fundaron el albergue Don Bosco, donde dan comida, alojo y hasta atención médica a los indocumentados. . (Foto: ESPECIAL )
Nogales.— Desde su fundación, hace 33 años, en el albergue Juan Bosco han quedado atrapadas las historias de fracaso y esperanza de los alrededor de un millón de migrantes que han pasado por este sitio, como lo aseguran los esposos Juan Francisco Loureiro y Gilda Esquer, administradores y dueños del lugar, quienes llevan un registro puntual de las personas que ahí han recibido cama, vestido y sustento.
Al igual que muchos otros activistas de ambos lados de la frontera, este matrimonio adquirió conciencia del fenómeno migratorio al ser testigos cotidianos del sufrimiento de los migrantes indocumentados.
A principios de la década de los 80 del siglo pasado, los Loureiro tenían una cadena de zapaterías en Álvaro Obregón, la avenida principal de Nogales. Afuera del negocio se quedaban a la intemperie familias enteras de migrantes, con temperaturas bajo cero e intensas nevadas.
“Eran cientos de seres humanos, muchos de éstos, niños, que tenían mucha hambre y frío. Un invierno de 1982 los llevamos a la cochera de mi casa y los comenzamos a ayudar. Pero pronto, el espacio se volvió insuficiente, por lo que les hablé a mis hermanos (somos diez) y a mis amigos, y entre todos decidimos que lo mejor era traerlos aquí, en aquel tiempo una bodega donde no había mobiliario ni condiciones para pernoctar, por lo que lo primero que hicimos fue comprar cobijas y cartones para amortiguar el frío. Al poco tiempo más amigos se empezaron a sumar al proyecto y gradualmente acondicionamos el lugar.
“Desde ese invierno de 1982 a la fecha ni un solo día se ha cerrado el albergue”, dice Juan Francisco con orgullo, quien destaca que hoy en día el refugio puede atender hasta a 352 personas al mismo tiempo.
—Una labor titánica, sin duda.
—Sí, pero nadie me tiene aquí a la fuerza, lo hago con gusto, aunque estoy consciente de que aquí me hice hipertenso y diabético.
—¿La anécdota más dolorosa?
Loureiro no duda en narrar la historia del niño de 7 años que perdió la vista en el desierto, pues se le quemó la retina. “El niño venía con los ojos abiertos y le pedía desesperadamente a su mamá que lo cargara. Cuando yo lo tomé en mis brazos, el niño me dijo angustiado: ‘no puedo ver, no puedo ver, ¿verdad que tú me vas a curar?’. Cuánto dolor sentí en ese momento.





