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"Los remordimientos no me dejaron en paz"

José Antonio Gurrea C. Enviado| El Universal
Lunes 18 de mayo de 2015

Especial

Luis Cortés/ EL UNIVERSAL

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Jesús, un migrante oriundo de Jalisco, tiene la esperanza de que algún día logre cruzar hacia Estados Unidos y comience a ganar en dólares.. (Foto: ESPECIAL )


Nogales.— Aquella madrugada de 2013, Jesús sintió algo parecido a una descarga en el estómago cuando por teléfono le comunicaron desde Jalisco que su padre había muerto víctima de un fulminante paro cardiaco y que, como hermano mayor, él tenía la obligación de estar en el entierro.

Jesús, quien tenía 4 años en Colorado trabajando en la albañilería, apretó los dientes, y con la culpa a cuestas decidió que no asistiría al sepelio. Sabía bien que los controles en la frontera con México eran ya muy severos, por lo que intuyó que si regresaba a su pueblo, cerca de Barra de Navidad, cruzar de nuevo hacia Estados Unidos no sería fácil.

“Al final no aguanté. Los remordimientos no me dejaron en paz… me acordaba y me acordaba de mi jefe, y ahí me tienes de nuevo en México. Llevo ya varios intentos queriendo cruzar a Estados Unidos, pero siempre me han agarrado aquí, cerquita de la frontera.

La última vez, a principios de febrero, los gringos me entambaron cuatro meses”, dice este flaco esmirriado, quien conversa con EL UNIVERSAL a un lado del muro fronterizo, instantes después de haber caído de la parte más alta de éste cuando trataba de brincarlo con la técnica del palo ensebado.

“Es la única manera que tengo de intentarlo. Yo no tengo dinero para dárselo a la maña (crimen organizado). Nomás por dejarte adelantito de Nogales se dejan pedir los mil o los dos mil dólares. Yo qué voy a tener eso, si a veces no tengo ni pa’ comer, se queja este migrante de 37 años, quien se encuentra lleno de polvo y con la muñeca inflamada y ensangrentada.

Para Jesús, regresar a Jalisco, el estado que más expulsa mano de obra, es impensable. Prefiere vivir de “arrimado” en la obra en la que trabaja de albañil, que retornar a esa tierra donde se “medio cultiva maíz y frijol”, y a veces hay trabajo sólo dos o tres días de la semana.

—Pero aquí tampoco te va muy bien.

—Por lo menos tengo la esperanza de que algún día lograré cruzar y comience a ganar en dólares —dice convencido mientras se agarra la gorra beisbolera que semitapa sus alborotados y sucios cabellos, y que amenaza salir volando debido a los ventarrones que se sienten en esta ciudad fronteriza.

Entre la camisa vaquera de cuadros, que le queda al menos una talla más chica, a Jesús se le asoman los tres talismanes que cuelgan de su cuello: un Cristo crucificado, una virgen de Talpa y un anillo lleno de incrustaciones de fantasía.

“La cruz y la virgen son regalos de mi jefa; el anillo era de mi jefe. Ahora que fui a su entierro me lo traje. Son mis amuletos y me van a ayudar a pasar”, asegura con una convicción cuasi contagiosa.

Luego, agarra los barrotes del oxidado muro y dice: “Lo voy a avolver a intentar hasta que lo logre. Aquí en México si uno es jodido no puede avanzar”.



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