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Red de trata disfrazada de labor en el campo

Laura Sánchez| El Universal
Domingo 01 de junio de 2014
Red de trata disfrazada de labor en el campo

PRECARIEDAD. En los campamentos, los jornaleros y sus familias viven en casas de lámina a medio construir, que elevan o bajan más las temperaturas. (Foto: )


Fue el 20 de enero del 2012 cuando el veracruzano Gerardo Hernández Castillejos salió cobijado por la noche estrellada, agarró de la mano a su pequeño hijo, esposa y su padre.

Corrió por la tierra llana, y entre cactus y ramas espinosas escapó del rancho agrícola El Piloto, en donde aseguró, los mantenía una red trata obligados a trabajar.

Aunque un enganchador en Hidalgo, les prometió 200 pesos diarios en la pizca, dijo que sólo le pagaron 80 pesos, que se gastaban en la tienda de raya que se asienta dentro del rancho. En mayo de ese año recurrieron al Congreso de Puebla para hacer público el caso.

Los campamentos a los que jornaleros ahora apodan “campos de concentración”, los comparan con aquellos que aparecen en las fotografías de la Alemania nazi, sin imaginar las consecuencias fatales que tuvieron los segundos.

Son grandes extensiones de tierra flanqueadas por alambres de metal donde no se le permite el paso a nadie; sólo bajo estricta aprobación de los encargados del rancho.

Entrar es imposible, y sólo en la clandestinidad de una camioneta, escondidos entre cobijas o disfrazados de jornaleros es que algunos activistas han logrado entrar. Así lo hicimos.

Lo primero que te recibe en el campamento es una tienda, la única del lugar, esa que señalaba Gerardo Hernández “la de raya”; incluso, un letrero cuelga de sus paredes: “si pide no se admiten quejas después”, palabras más, palabras menos.

Un joven cobrador que no tiene aspecto de jornalero, anda con una libreta tipo universitaria, en donde va apuntando la interminable deuda de los indígenas. Pero hay algunos que no se les prohibe el paso: a los vendedores de empresas transnacionales de sodas y galletas, que se benefician con el trabajo de los jornaleros.

Eli, una joven que con un permiso que entra periódicamente, cuenta que los jornaleros no pueden salir en los carros de las visitas. Tampoco pueden recibir a nadie. Aproximadamente 24 galerones de metal sirven de “casa” para los jornaleros y sus familias; pisos de tierra, lonas encaramadas en los techos; aguas negras corriendo entre los pasillos donde los niños juegan como si fueran albercas; tendederos que se extienden de un galeron a otro. El olor a miseria se puede respirar y saborear.

Hay campamentos donde los galerones se dividen en dos: los primeros para la gente de Sinaloa, y otros para la gente del Sur. Los mantienen alejados unos de los otros, para evitar confrontaciones por usos y costumbres.

Pocas casas se erigen de concreto y según testimonios de los jornaleros del campamento, son para los mayordomos, capataces y encargados del rancho. “Los que traen radio, ellos son los que pueden dormir en las casas de material”.



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