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Hermosillo tiene miedo de hacer películas aburridas

Fernando Figueroa| El Universal
Domingo 16 de agosto de 2009
El realizador acaba de terminar el filme “El vicio amoroso” sobre un relato de Arturo Villaseñor

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El sábado 10 de septiembre de 1959 llegó a la ciudad de México Jaime Humberto Hermosillo, tenía 17 años. Venía procedente de Aguascalientes y buscaba trabajo como contador público; mientras lo encontraba, se metió al cine Arcadia frente a la Alameda Central y vio Livia (Senso), de Luchino Visconti. El sábado 12 de septiembre de 2009 recorrerá el mismo rumbo para festejar medio siglo en la capital de la República.

Aquel jovencito encontró trabajo en el Fraccionamiento Lindavista y por las tardes estudiaba en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC). Nunca terminó la carrera universitaria, pero al paso de los años se convirtió en uno de los más importantes directores mexicanos de las tres últimas décadas del siglo 20. En el nuevo milenio la imagen digital le dio la libertad de virar hacia una temática abiertamente homosexual, aunque no descarta la posibilidad de manejar otro tipo de historias.

Por lo pronto, acaba de terminar El vicio amoroso, a partir de un relato de Arturo Villaseñor que da título a un libro de cuentos . La anécdota se la reserva, pero se trata de un experimento con un solo actor (Víctor Carpinteiro), quien interpreta a dos personajes. Hermosillo, de 67 años, explica: “La película ya está terminada, dura una hora con 26 minutos y es un paso adelante en el video digital, para un formato más pequeño: computadora, iPod y celular. Estamos hablando de algo más comprimido, en MP4. No está hecha para proyectarse en una sala sino en la intimidad, incluso con audífonos. El cine a través del internet sigue creciendo y establece otro tipo de relación entre la obra y el espectador”.

Verdadero cine de autor

El vicio amoroso se grabó en la sala del departamento de Jaime Humberto Hermosillo, con cámara fija, y él mismo fungió como microfonista y editor. Trabajaron los fines de semana durante más de un año.

El también director de La tarea afirma que la imagen digital le ha quitado “la camisa de fuerza que es estar buscando millones de pesos para filmar en 35 milímetros”.

Recuerda que hace 44 años compró su primera cámara de cine para hacer cortometrajes, y hace una década dio el brinco al formato digital, en el que ha hecho ocho películas. “Ahora los cineastas nos podemos expresar con más facilidad, como un escritor o un pintor”, afirma.

En sus cajones tiene adaptaciones para cine, teatro y ópera de La vuelta de tuerca, de Henry James. Le gustaría llevar a la pantalla grande La gloria secreta, de García Márquez, con Silvia Pinal en el papel estelar. De su trabajo con Gabo en María de mi corazón, recuerda: “Él me decía: tú escribe porque si no, yo voy a estar cuidando el aspecto literario y eso no se ve en la pantalla. Yo aterrizaba las ideas, se las mostraba, hasta que quedó listo el guión”. Del mismo autor realizó en Cuba El verano de la señora Forbes, con Ana Shigula.

—¿Y dónde están sus Arieles?

—Se los regalo a mis colaboradores. Lo que sí conservo es esta medalla del Pochote, diseñada por el maestro Francisco Toledo, que me dieron en Oaxaca.

—Según la revista Nexos, cuatro de sus películas están entre las favoritas de los últimos 30 años.

—Hay otra encuesta con especialistas y no hay ninguna mía a la hora del resumen, porque se mencionaban 12 de las que he hecho y competían entre sí. Pero estuve entre los tres más mencionados, junto con el Indio Fernández y Roberto Gavaldón.

—¿Es verdad que le gustaría dirigir a Ricky Martin en teatro musical?

—Sí, me gusta mucho el musical y él es un artista muy carismático. Yo nunca he hecho una película musical, sólo en ciertos pasajes, como en Amor libre y Matinée.

—¿Cuál es su mayor temor como director?

—Hacer una película aburrida.

—Fuera de México, ¿dónde se valora su trabajo?

—En Toronto se han exhibido muchas de mis películas. Viví allá muchos años, aunque no de manera permanente, y recibí ofertas para filmar. No acepté porque me pedían que me repitiera; fue entonces cuando descubrí lo digital.

Mucha gente prefiere el cine que hacía antes.

El público es el que decide, pero yo considero que el cine más audaz es el digital. No podría en este momento hacer Doña Herlinda y su hijo. En su momento tuvo sentido porque fue un parteaguas. Asumo las consecuencias de ser más explícito, pero quiero aprovechar la libertad que me da el formato digital. Espero hacer otras películas en el tono de Matinée o De noche vienes Esmeralda, pero no es algo que me proponga de antemano.

—¿Prefiere éxito en taquilla o en festivales?

—Que la película le guste a mis amigos.



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