El cine de los cojones: Cazals
cesar.huerta@eluniversal.com.mx
Lo llaman “El ogro del cine mexicano” por su legendario mal carácter y su extrema disciplina. Diríamos que se ganó el mote a pulso.
Felipe Cazals, director de la trilogía Canoa, Las Poquianchis y El apando, explicó en una entrevista a EL UNIVERSAL en el año 2007:
“Muchos reporteros hacen preguntas como policías, es decir, cuestionan lo mismo mil veces. ¿Porqué escogió a tal o cuál actriz?, ¿por qué filmar aquí y no en otro lado? Pues porque me salió de los cojones. ¿Por qué buscan preguntas racionales de un proceso creativo que no tiene nada de racional?
“De ahí surge el mito del ogro, porque a veces quieren que conteste preguntas a mitad del rodaje y no han entendido que filmar es un rito, una ceremonia irrepetible.”
Cazals Siena tiene 71 años. Nació en Guatari, Francia, pero fue registrado en Zapopan, Jalisco, México. A su edad, sigue en pleno ejercicio cinematográfico. De hecho, esta semana arrancó el rodaje de Chicogrande, versión libre del hecho histórico que muestra a Pancho Villa herido, luego de que invadiera Columbus, Texas.
Conoció el cine desde muy chico. A los ocho años asistía a la sala Avenida, ubicada en el Eje Central Lázaro Cárdenas, en el DF. Ahí vio Cavalcade: una pareja de recién casados a punto de zarpar en un viaje marítimo, pero la última imagen era clave. Mientras la pareja se despedía alegremente, en la popa del barco se podía leer el nombre Titanic.
“Fue de gran impacto. Cuando yo tenía 14 años llegué a decir a mis compañeros de la escuela militar que había conocido a gente que había muerto en el Titanic. Había absorbido como un recuerdo propio lo que era una imagen cinematográfica”.
Pero aun con todo ello, Cazals creía que iba a ser médico, incluso lo deseaba. Hasta que llegaron los años 60. Mientras acudía a la preparatoria en el Centro Universitario México (CUM), aprovechaba su tiempo libre para ir a los cines Gloria, Morelia y Moderno.
Estaba fascinado por la facilidad del cine estadounidense como lenguaje para convencer al público de que era realidad lo que estaba viendo.
Entonces no había lugares para estudiar en México el séptimo arte y aplicó para el Instituto de Altos Estudios Cinematográficos en París, Francia.
Y si no se tituló fue porque reprobó el examen final. Para entonces, ya estaba más interesado en la práctica que en el pupitre. Fue cuarto asistente, es decir, quien iba por los refrescos, en varias producciones europeas.
Tiempo después regresó a México. Su primera película fue Emiliano Zapata, con Tony Aguilar en el rol protagónico.
“Que Dios la tenga en su mejor potrero. Es mi primer tropiezo catastrófico, mi primer mareo. La industria era diferente, tenía que aprender a boxear y noquear.”, dijo Cazals en una ocasión.
El fracaso inicial habría sido la tumba de algunos realizadores, pero el destino estaba echado. Por esos años llegaba a México el cine por gestión cooperativa. Los salarios de los trabajadores, de los actores, directores se sumaban al aporte del Estado y todos juntos producían una película.
Así se filmó El apando, a petición de Bertha Navarro (El laberinto del fauno) y Canoa.
En 1971, mientras se encontraba posproduciendo en EU El jardín de la tía Isabel, recibió la invitación de quedarse en Hollywood.
Vivió durante ocho meses, pero se dio cuenta de que no había nada que lo intrigara.
En los 80 dirigió por encargo las películas Burbujas de amor, con Lina Santos y Rigo es amor, con Rigo Tovar.
“No puedo escupir sobre ellas, porque soy un director de cine y puede que a mí me importen cabalmente mis razones para haberlas hecho. Decir que son unas mierdas es un hecho irrevocable. Nadie hace conscientemente malas películas. Tampoco me puedo justificar y hacerme la víctima. Lo único que puedo hacer es hablar lo menos posible de ello”: es palabra de Felipe.





