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Roberto G. Rivera,soberbio y humilde

El Universal
Lunes 26 de noviembre de 2007
El cantante mexicano tuvo su esplendor de 1945 hasta 1975, cuando se retiró de la vida pública; ahora vive feliz y tranquilo en Tlatelolco

Roberto G. Rivera fue, de 1945 a 1975, figura preponderante del cine mexicano e intérprete de la canción ranchera, pero jamás, según sus propias palabras, “se me subieron los humos a la cabeza”.

Charlamos con él en su departamento de Tlatelolco, donde ha vivido desde hace 37 años.

Proviene de una familia modesta y, en su concepto, a pesar de la popularidad que acumuló, siempre ha sido el mismo, “mis padres me enseñaron a no ser soberbio con los humildes, ni humilde con los soberbios”.

Ni el terremoto de 1985 lo animó a salirse de Tlatelolco, “no, porque a nosotros nos fue muy bien, aunque estamos a 50 metros de los edificios Nuevo León y Aguascalientes, que se derrumbaron”.

DE ‘chícharo’ a cantante

El cantante, actor, productor y director fílmico, nació el 1 de abril de 1927 en la colonia Santa María la Rivera, “mi padre era ruletero (taxista). Mi madre se dedicaba al hogar. Ambos eran de Morelia, Michoacán, se vinieron desde muy jóvenes al DF, donde se conocieron y se casaron”.

Rivera estudio su primaria y secundaria en las colonias San Cosme y San Rafael, “la prepa en la nocturna, porque tuve que ponerme a trabajar cuando mi padre enfermó gravemente del corazón. Primero fui chícharo de una peluquería, luego repartidor de las tiendas 1,2,3, ahí estuve hasta que debuté como cantante”.

Su progenitor falleció cuando Roberto tenía 17 años de edad, “fue el día que debuté en un programa para cantantes aficionados. Mi participación en el evento era por la noche y mi padre murió en el transcurso de la mañana. Quedé impactado con su muerte y decidí no ir al certamen radiofónico. Mi madre me animó a asistir: ‘¿Qué logras con no concurrir? ¿Revivir a tu papá? Tú cumple con el compromiso y tus hermanos y yo estaremos con tu padre’. No se me olvidará jamás, fue el 4 de marzo de 1945. Pude cantar y bien, interpreté ‘Granada’, de Lara y gané. Un día inolvidable por ambas situaciones”.

A los 16 años de edad salía los sábados a dar serenata con varios amigos , “entre ellos estaba José Alfredo Jiménez, que era un año mayor que yo. Vivíamos muy cerca y estábamos en la misma escuela. Desde entonces componía canciones. No imaginábamos que se convertiría en el ‘señorón’ que fue. Al paso de los años nos hicimos compadres, fue padrino de mi hijo Alejandro”. Roberto y José Alfredo hicieron carrera artística en paralelo, “después de la escuela nos separamos un tiempo, el destino nos volvió a juntar”.

Ramón Vargas, director musical del Waikiki, lo metió al famoso cabaret de entonces, “cantaba temas de Agustín Lara, pero Vargas me dijo que me consiguiera un traje de charro, porque debutaría como ranchero. Ganaba 20 pesos diarios que, en ese tiempo, ¡era un dineral!”

Encontronazo con Negrete

Debido a un chisme, Roberto G. Rivera tuvo que enfrentarse a Jorge Negrete, máxima estrella de la canción mexicana y dirigente de los actores, “alguien le fue a contar que yo lo imitaba en el Waikikí y ciertamente mi voz era muy parecida a la de él. Al líder de la ANDA (Asociación Nacional de Actores) le molestaba sobremanera que le copiaran su estilo. Una noche se apersonó en el centro nocturno. Al terminar mi actuación me llamó a su mesa. Estaban con él, Víctor Manuel Mendoza, Crox Alvarado y Oscar Pulido. Me dijo que le chismearon que lo imitaba, pero que se había dado cuenta que no era así. Esa es tu tesitura, sigue tu carrera y trata de formar tu propia personalidad”.

Roberto ingresó a la ANDA apoyado por Negrete y dejó de cantar los temas de Esperón, que identificaban al ídolo cinematográfico, “por fortuna trabé amistad con Cuco Sánchez y me reencontré con José Alfredo Jimenéz, que me ofrecieron sus canciones. Además, con Cuco inicié un programa en la XEOY, Radio Mil”.

La vida del cantante se transformó “quizá no tanto económicamente, porque no era mucho lo que ganaba, pero se acabaron las penurias. Obtenía 25 o 30 pesos diarios, que alcanzaban bien para mí y mi familia. El sueldo mínimo, a fines de los 40, era de dos pesos con 50 centavos”.

Tras 11 años ininterrumpidos de vida noctura artística, a Roberto G. Rivera le llegó la oportunidad soñada: entrar al cine, “mi vida volvió a cambiar, inclusive en el plano sentimental”. Se vivía la época de oro del cine mexicano, “lo que me permitió alternar con las grandes figuras fílmicas. Debutó con Joaquín Pardavé, Rosita Quintana y Esther Fernández en La santa del barrio. Más tarde, fue también productor y director.

Curiosamente y a pesar de ser galán y cantante en el cine, nunca se involucró sentimentalmente con ninguna actriz. “mi primera esposa fue Gloria López, guardarropa del Waikikí, procreamos cuatro hijos: Roberto, Fernando, Jorge y Gloria, quien por cierto también se dedicó a la actuación”. Tras ocho años de matrimonio se divorciaron, “pero como ya adelantaba, soy padre de 13 hijos, uno de ellos ya muerto. Los tuve con diferentes parejas, pero a todos los he reconocido formalmente y he visto por ellos siempre. Creo que he sabido ser buen padre”.

Así, al repasar rápidamente su vida, el cantante, actor, productor y director de cine, se muestra enormemente satisfecho, “por lo mismo doy gracias a Dios que me ha permitido realizar importante obra cinematográfica, con películas como El Milusos, que me redituó premios nacionales e internacionales”.



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