Xavier Rojas de titiritero a maestro
"Estoy en paz con la vida", comienza diciendo Xavier Rojas, quien con sus 85 años de fructífera existencia y mirando hacia atrás en el tiempo, rememora que fueron los títeres de Rosete Arada los que le sembraron, en su infancia, la semilla del arte escénico. Rojas vive en un condominio de la colonia Del Valle, acompañado únicamente por sus innumerables recuerdos, rodeado de todo aquello que ha sido fundamental en su vida dedicada, por completo, al quehacer artístico, al teatro, que ama con pasión. Hay reconocimientos acumulados, a través de los largos años de vida del dramaturgo y director teatral, que testimonian el valor de su experiencia, de su talento y de su incansable dedicación a lo que ama, casi desde que tuvo uso de la razón. Ciertamente, explica sentado en la sala de su condominio, de amplios ventanales, donde se filtra la luz de un día claro y luminoso, "ha sido para mí una bendición de Dios poder hacer el teatro que siempre he perseguido: teatro de calidad y popularidad". Hace una pausa en su charla y, como rescatando los años idos, Xavier señala con emoción que fue su abuelo quien realmente lo puso en el camino teatral. "Fue él quien en Puebla me llevaba a ver los títeres de Rosete Aranda, que se presentaban en corta temporada en la Plazuela de San José. Imagínense, tenían una carpa-teatro muy bien armada y con un repertorio de obras portentosas." Recuerdos imborrables Al maestro Rojas le gusta recapitular aquella etapa lejana de su vida, cuando apenas contaba los siete años de edad. "Era un espectáculo formidable que no se puede olvidar nunca. Con el baile de la china poblana se cerraba invariablemente el show. Fue ahí en donde nació mi enorme afición por el teatro." Confiesa que alimentó el gusanito escénico comprando sus propios títeres "en los portales de la ciudad de Puebla. Había vestidos y sin vestir, para que uno les fuera haciendo su vestuario. Un títere que me encantó fue el de Bette Davis, que entonces era la gran estrella de Hollywood. Me fui haciendo de mi colección, pero me faltaban las obras. Tuve que inventar diálogos y mi propia dramaturgia". ¡Qué imaginación! A los 10 y 12 años de edad "ya les daba funciones a los muchachos vecinos de la barriada de la avenida De la Paz. Entonces yo era Xavier Moreno Monjarrás, como lo sigo siendo ahora, claro". "Se juntaba un público enorme en el primer patio de la casa en donde vivía. De mis obras de la infancia recuerdo La dama negra, sobre una reina que se enamoraba del jefe de la Revolución. Al final resultaba que eran hermanos. ¡Qué imaginacion!, me decía mi madre." La persecusión religiosa, instrumentada por el gobierno, rompió el encanto de la infancia de Xavier Moreno Monjarrás. "Cerraron todas las escuelas de los religiosos, y yo iba a una escuela católica. Mi madre era vasconcelista, quien luchaba por la libertad de enseñanza y la cultura general. Trabajaba en la Biblioteca Palafoxiana. "Mi padre fue don Xavier Moreno, poeta que tenía un defecto muy arraigado: le encantaba empinar el codo. Se ponía unas guarapetas de aquellas. Llegó el momento en que tuve que decidir qué hacer, a qué dedicarme. Opté por dejar Puebla y cambiar de ambiente para estudiar ingeniería civil." Ingeniería no, teatro sí El destino de Xavier Rojas ya estaba decidido desde que daba funciones de títeres, por eso, más pronto que tarde, a su llegada a México, donde vivía con una tía, sus estudios en el Instituto Politécnico Nacional los repartió cada vez más con sus incursiones en el medio teatral, hasta que el mundo escénico lo atrapó para siempre. "Sí, estando en el Poli me reencontré con el teatro. Me daba mis escapadas a ver muchos montajes, lo que me permitió conocer a varios actores como María Tereza Montoya, Matilde Palow y las hermanitas Blanch. Eché la concha en mis estudios de ingeniería. Ya no estudiaba, pero no dejaba de ir al teatro. "Toqué puertas para entrar. Era un círculo muy cerrado, sólo para los familiares de las grandes estrellas. Pero no me di por vencido. Me inicié en un grupo de aficionados, donde conocí a un director-actor chiapaneco, era un hombre bajo de estatura, feo, feo, feo y arrugado, arrugado, arrugado, aunque era un tipo joven." Crea su propia escuela El maestro Rojas formó su propia compañía escénica con gente del Instituto Politécnico Nacional aficionados al teatro, se llamó precisamente Poliart. "Mi vida cambió por completo. Dejé los estudios. Más tarde entré a la radio, escribía sketches y luego crié el teatro trashumante. También fundé el TEA -Teatro Estudiantil Autónomo de México-, siempre buscando patrocinios aquí o por allá, uno de ellos me lo gané metiéndome hasta la oficina del mismísimo secretario de Educación Pública, don Jaime Torres Bodet, burlando toda la vigilancia. "Cuando estuve frente a él, sólo dijo a su personal de seguridad: ´Déjenlo, el muchacho ya está aquí´. Me preguntó qué quería y se quedó sorprendido cuando le dije: ´Hacer teatro´. Me prometió apoyarme y siempre lo hizo." Con los años encima, pero sin perder el entusiasmo por seguir criando arte escénico, se confiesa como un tipo vanidoso, "porque me siento muy orgulloso de haber logrado lo que he querido. Se niega a hablar sistemáticamente de su vida sentimental. Nunca, enfatiza, "el teatro me ha dejado dinero, sólo para vivir y producir lo que me gusta". No se siente solo, aunque viva solo. A sus 85 años, acepta, "a veces se me olvidan las cosas", pero no le tiene miedo a la muerte, "porque es un fenomeno natural al que vamos todos. Un día probaremos qué es la muerte y sabremos entonces si es exquisita o no. Yo me iré tranquilo, porque nunca me he peleado con nadie, ni con la vida misma, porque me ha dado lo que he querido y más".





