El `Indio` Fernández, un gran soñador
En el primer centenario de su nacimiento, Emilio Indio Fernández vuelve a brillar con todo su esplendor. Extra en Hollywood, boxeador, empleado de lavandería, camarero, clavadista en Acapulco, panadero, camaronero, aviador, ayudante de imprenta, albañil y revolucionario fueron algunos oficios del coahuilense antes de convertirse en actor y posteriormente en un mito a través de la dirección cinematográfica. "Cuando te das cuenta de que se nos fue el Indio , descubres todo lo que representa y ahora podemos decir que es nuestra gloria nacional, porque se aquilató de una manera plena y en estos tiempos se le ve como a un maestro, además de que resulta un personaje interesantísimo y un creador de altísimo nivel", comenta en entrevista Adela Fernández, hija del legendario director de cintas como Salón México , La perla y Enamorada . La historia y la leyenda convergen en el Indio como en ningún otro personaje, y con el paso del tiempo resulta inútil e innecesario separar la ficción de la realidad. Hijo de un coronel de la Revolución y de una mujer de la tribu indígena kikapú, Emilio Fernández Romo nació el 26 de marzo de 1904 en Mineral del Hondo, Coahuila, en donde vivió los primeros años de su vida hasta que, en la adolescencia, se enroló en la Revolución Mexicana. Tras el fallido levantamiento de Adolfo de la Huerta contra el gobierno de Álvaro Obregón en 1923, el realizador fue encarcelado pero huyó para iniciar un exilio en Chicago y Los Ángeles, en donde conoció el cine del ruso Sergei M. Eisenstein, quien se convertiría en una de sus más grandes influencias. "Eisenstein fue para mí una revelación; a él le debo el tomar conciencia de que el cine es el más espléndido de los medios de expresión. México, inquietante dualidad: un pueblo de máscaras y de total transparencia", relata el propio cineasta en el libro El ?Indio? Fernández: vida y mito . A su regreso a nuestro país, en 1934, participó en Cruz diablo y Allá en el Rancho Grande (ambas de Fernando de Fuentes) y Janitzio (Carlos Navarro), hasta que en 1941 dirigió Clipperton, la isla de la pasión . Ese mismo año conoció en Cuba a Gladys Fernández, su primera esposa y madre de su hija Adela. Esa presión acomplejó a la ahora escritora, quien desde la comodidad de su casa y rodeada de sus tres perros, confesó que durante muchos años fue una "completa idiota" que pasaba de grado en el colegio por "lástima". "Fue muy difícil ser hija de Emilio Fernández, sobre todo que él esperara tanto de mí." A los 18 años, Adela decidió salirse de la casa de su padre, algo que marcó su vida para siempre. "Imagina lo que implicó atreverse a salir de la casa del Indio o ser rebelde con una persona como él. Yo viví casi a las escondidillas. Le tenía mucho miedo, cuatro años después de que me salí me lo topé y me oriné sólo al verlo. El Indio estaba consciente del mito que creaba alrededor de sí mismo, "pasó de ser persona a ser personaje, vivió como personaje y creó una leyenda de sí mismo. "Él estaba consciente de lo que creaba, se divertía mucho inventando su vida y romances, aunque tuvo muchos reales y no necesitaba inventar otros", reconoce Adela, quien recuerda que el amor platónico de su padre era la actriz Greta Garbo. "Decía que en la alberca tenía a 100 mujeres que vinieron de Hollywood, también fantaseaba mucho con Greta Garbo. Le gustaban mucho las mujeres asiáticas, aunque creo que el gran amor de su vida fue Dolores del Río. "Con mi mamá (Gladys Fernández) tuvo un gran noviazgo, aunque nunca supo ser su marido, siempre fue muy irresponsable y más bien era la novia bonita que lucía y que todo el mundo quería", recuerda Adela.
Un padre muy exigente
Pero existe una faceta del Indio poco conocida, que va más allá de sus premios en festivales o su amistad con el guionista Mauricio Magdaleno, el fotógrafo Gabriel Figueroa, Dolores del Río y Pedro Armendáriz: el Indio como padre: "Siempre ha pesado mucho el nombre de mi papá. Él quería que fuera pintora, alguien tan genial como sus amigos. Me presentaba a Diego (Rivera) y quería que pintara como él. Si yo tocaba el piano, él quería que tocara como Rachmaninov y que sacara 10 en la escuela como Madame Curie; todo me lo ponía en superlativo", recuerda Adela Fernández.





