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Los últimos días de mi vida

El Universal
Viernes 29 de noviembre de 2002

Esta película se llama originalmente C'est la vie ("Así es la vida") y fue realizada en 2001 por Jean Pierre Améris. Trata la historia de un hombre de origen franco-ruso llamado Dimitri (Jacques Dutronc), quien después de haber sido desahuciado por su médico, que le da una corta temporada de vida ya que no puede hacer nada: el tumor que padece es demasiado grande y es muy difícil por no decir imposible de operar. Le recomienda, eso sí, un asilo, en el que puede pasar los días que le quedan. Dimitri (filmado en plano general) echa una mirada a lo que ha sido su casa en Marsella y parte rumbo al asilo recomendado por su médico, sin dejar ver ni sentimientos ni nada que denuncie su estado, en un taxi, de inmediato se instala y conoce (es un decir) a sus compañeros de infortunio.

El cineasta Améris, de quien no sé absolutamente nada, ha tenido la fortuna de contar con la presencia de Jacques Dutronc, que es sin duda el actor primero cantante más hermético del cine francés. Jamás hay en su rostro una mueca, un gesto que denuncie, por ejemplo, la música que lleva por dentro. Es el actor europeo que nunca actúa y menos sobreactúa para mostrar sus emociones. Por el contrario, Dutronc subactúa y da la impresión que nada lo mueve ni le interesa. Es pues el ideal para encarnar (o más bien representar) a este hombre vencido en la vida y en la muerte al que ya nada interesa y quiere morir en paz. Dutronc es ese muerto viviente más allá del bien y del mal al que ya nada interesa y al que da verosimiltud con su forma de interpretar, en su subactuación a la manera de Robert Mitchum, siendo exactamente lo contrario en presencia y figura. No es extraño que en esa secuencia, viva como actor y cantante su mejor momento y que en ella brille también Suzanne (Sandrine Bonnaire) por única vez realmente viva.

En efecto, la actriz deformada por una serie de televisión donde es una doctora siempre sonriente, que ayuda a sus pacientes a pasarla mejor y los acompaña en sus dolores y temores con una sonrisa (¿Colgate?), acepta la invitación de Dimitri a hacer con él una intervención de Karaoke en la que Dutronc canta precisamente uno de sus grandes números de los 70: "Le tour du monde" (La vuelta al mundo). Aquí no tiene la necesidad de subactuar y de no dejarse ver e incluso Sandrine por un momento se olvida de su sonrisa forzada (y casi gélida) de un personaje obligado a sonreír para dar apoyo a quienes ayuda, mientras Dimitri y muchos de sus compañeros de dolor son ayudados a bien morir por la compasión de Sandrine Bonnaire (Suzanne) "La mujer sonriente". Pero lo importante es la manera en que la película va rompiendo esa especie de juegos de equilibrio, esa suerte de balanza de pagos (se diría el FMI y todos sus vicios neoliberales) parecería que domina el sentido del título original de la película C'est la vie , es decir, Así es la vida cuya única y mejor explicación no puede ser sino conformista, es decir, no hay nada qué hacer. Aunque lo cita, el crítico tan duro con sus no-amigos como suave con sus cuates olvida del peso que tiene en todo esto. Jacques Dutronc, que aunque es citado elogiosamente, se olvida de definir cómo su manera de interpretar que evita que la obra caiga en el melodrama de estereotipos y le otorga una suerte de dignidad, que rara vez se encuentra en los equivalentes hollywoodianos.

Dimitri, por su parte, después de palpar el ambiente tipo Vamos Francia y de rechazar el comportamiento angelical (si está enfermo no es por su voluntad) se rebela y decide partir: "No tengo nada que hacer en este moridero", explica e inicia su regreso a Marsella a pie. Pero su intento de fuga no tiene futuro: se cae, se siente mal y no le queda sino emprender su regreso al asilo (esto es a fin de cuentas), para rematar le cae encima un aguacero. Mojado, deprimido, sintiéndose inútil, no le queda sino regresar a su habitación. Reencuentra obviamente a Suzanne y todos (pacientes y encargados) se portan muy bien con él. Esto lo angustia aun más. Días después vive un episodio angustioso con una joven rapada en mal estado a la que ayuda (o sea hace por ella algo semejante a lo que han hecho con él) llamada Charlotte: su buena voluntad es exactamente igual al de los otros con él. ¿Pero sirve de algo?

Esta es, sin duda, la parte más floja del filme, la época en la que todo el mundo le entra al juego, cada quien hace su parte. "Estuvo bien, hicimos muchas cosas", dice Dimitri con un dejo de amargura.

Como el objetivo de la película no es el optimismo por decreto ni Dutronc es el actor para hacerlo todo termina de la manera más lógica, simplemente Dimitri comenta con Suzanne que, a pesar de todo, algo hicimos. A nosotros nos queda la impresión de que no fueron tantas (y mucho tiene que ver el que no exista la mascarilla necesaria y los personajes sean vistos constantemente con las cabezas a la mitad). De todas maneras la cinta va directo a donde el relato lo había anunciado. En un taxi llegan la antigua esposa rusa de la que Dimitri está separado desde hace varios años y su hijo, Thomas, un mocetón alto y fuerte que el héroe (o antihéroe) ya no podrá ver. Tampoco lo podrá ver el personaje al que da vida Emmanuelle Riva, la ardiente amante del japonés en Hiroshima mi amor (58) de Resnais, viejita del asilo que manda traer sus muebles, sin ellos no es. Cines: WTC, Loreto, Polanco, Perisur, Lomas Reforma, Interlomas, Mundo E.



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