Honduras, entre los maras y la pobreza

DUREZA. Niños hondureños incorporados a la economía informal de Honduras venden dulces en Tegucigalpa como parte de su explotación laboral, otra forma de violencia en ese país, según muestra la imagen del periódico La Tribuna. (Foto: ESPECIAL )
TEGUCIGALPA.— El recuerdo del tenebroso viaje por tierra de Honduras a Estados Unidos todavía le estruja. “Ahí todo es muy peligroso”, dice “Carlos”, un hondureño ahora de 20 años pero que, con apenas 13, recibió una “luz verde” o amenaza de muerte de las maras o pandillas de Honduras y, a la fuerza, debió emigrar a Estados Unidos y sufrió en México un interminable calvario de enfrentamientos con la muerte y la desolación.
Originario de la norteña ciudad hondureña de San Pedro Sula, Carlos se fugó del acoso marero y, con un “amigo” y con la esperanza de reunirse con sus tíos y primos que hace mucho tiempo viven en Estados Unidos, abandonó su país, entró a Guatemala y pasó a México, donde se insertó durante más de cuatro años en las redes criminales de tráfico de seres humanos. “No me esperaba nadie cuando llegué” a la ciudad de Los Ángeles, California, recuerda.
“Estuve trabajando en muchas cosas ilegales… Me movía por Tijuana y por otros lados de la frontera. Tuve que huir de Honduras por la amenaza de las maras que me mandaron una ‘luz verde’ en San Pedro. Mi familia dice que me estuvo buscando”, narra. Como pudo, y con 17 años, se regresó en autobús a su país, pero a su ingreso optó por incorporarse a los programas de Casa Alianza —una organización internacional y no estatal instalada en esta nación para la protección de la niñez—. Ahora, poco más de tres años después, ya concluyó sus estudios de secundaria y planea seguir preparándose.
“Cuando regresé, estuve un mes con mi familia. No aguanté, me sentía desesperado porque en mi casa hay muchos problemas de violencia. Me costó mucho reintegrarme y adaptarme de nuevo a todo. Lo peor es que en Honduras hoy todo está más duro, esto está cada vez peor. Hay mucha inseguridad, violencia. A veces pienso que debería de volverme a ir a México y EU… pero es que da miedo”, describe.
El flujo de menores de edad centroamericanos “no acompañados” a suelo estadounidense ha sido una vieja práctica migratoria, en especial en el Triángulo Norte de Centroamérica (Guatemala, El Salvador y Honduras), aunque el fenómeno se agudizó y agravó este año, en particular desde mayo, y se convirtió en una crisis en la frontera suroeste de EU, con características de drama humanitario.
“Carlos” se juntó con un grupo de menores de edad hondureños con los que actualmente vive en Casa Alianza en Tegucigalpa y aceptaron compartir, en una entrevista con EL UNIVERSAL, parte de sus vivencias como víctimas del abandono de sus parientes, de la violencia doméstica y criminal que es constante en Honduras y de la drogadicción y de otros males permanentes que golpean a la sociedad hondureña.
La idea de emigrar a EU para reencontrarse con familiares revolotea en sus mentes, pero el miedo a lo peligroso de la aventura les contiene. Casa Alianza permitió que este diario hablara con todos ellos en sus instalaciones centrales de esta ciudad, con la condición de evitar mostrar sus rostros y de identificarlos con otros nombres para evitar represalias.
Katherine, por ejemplo, tiene 21 años y su historia es un espejo de la que han sufrido vastos sectores de la población hondureña menor de edad y que les empuja a migrar al exterior. “En mi casa hay problemas de violencia. Yo vendía y consumía drogas. Por eso es que muchos niños y niñas sueñan con irse a Estados Unidos, por la violencia de todo tipo, sexual, física, familiar, por las maras”, cuenta.
“Mi tío me quería mandar con un ‘coyote’ a Estados Unidos… pero me da miedo. Hoy pienso que nunca me iría”, subraya. Nery, de 15, sí ha evaluado la opción de irse. Ambas son de San Pedro Sula y sus vidas han sido un trajinar de sufrimientos.
“Lo he pensado varias veces. Y es que por una parte… sí, da miedo irse, pero estar allá en EU es mejor que estar aquí, porque aquí están las maras y los problemas de la familia, con mi padrastro”, explica, al confirmar que en el país del norte viven hermanos, tíos y primos suyos. “Si me voy me da miedo perderme. Y no quiero que me pase todo lo malo que le pasa a las personas que se van”, alerta.
El grupo sabe que la opción de emigrar por vías ilegales está repleta de peligros y de abusos —sexuales, laborales— ejecutados por los mismos “coyotes” o “polleros” que cobran más de 5 mil o 6 mil dólares a cada cliente para llevarle a suelo estadounidense.
“Nunca pensé en irme, jamás”, aclara Gustavo, de 15 y oriundo de San Pedro Sula. Sin esconder sus temores porque ha escuchado testimonios de menores hondureños sobre la infinidad de riesgos que surgen en la emigración ilegal con la única compañía de un traficante de seres humanos, confirma que “bastantes hermanos” suyos viven en EU. “Me metí a las drogas, tengo desconfianza de mí mismo, quiero reconciliarme cambiando yo”, admite.
A su lado, Cecilia, de 17, de la sureña región de Choluteca, observa y aclara que su caso es de falta de estudios y que pese a que tiene líos familiares, sólo sueña con educarse para evitar caer en las tentaciones de migrar. El anzuelo con las ofertas para “huir” de Honduras sí ha estado cerca de Anahí, de 17, una capitalina víctima de agresiones familiares y callejeras y recién salida de la drogadicción.
“Lo de irme sí me pasó por la mente y aún lo tengo presente. Aquí en mi país no hay trabajo ni posibilidad de ganar un suelo decente, digno”.
“La cosa está dura: estar aquí en Honduras es cada vez más difícil, esto está peor”, interviene Junior, de 15 y de San Pedro Sula. “Yo he tenido problemas con la justicia, con la policía. ¡Los policías son malos! Por eso mis tías que están en EU me han propuesto que me vaya y que ellas pagan todos los gastos”, relata. Luego aclara: “No me voy a ir, ni que esté loco. Quiero seguir estudiando, voy a hacerme abogado para luchar por la niñez de mi país”.
Nathaly, de 21 y de la caribeña zona de Puerto Cortés, jamás ha recibido una propuesta familiar para emigrar… porque no tiene familia. “Me dejaron abandonada en un albergue, con pocos días de nacida. Pero conocía a muchos ‘coyotes’ y cuando tenía como 16 años, un novio me propuso que me fuera a EU, que él pagaba lo que cobrara el ‘coyote’. Él no se quería ir”, reseña. Sin embargo, surgieron “muchos obstáculos”. El novio —un ingeniero de una constructora hondureña— falló con la entrega de 6 mil 500 dólares a los traficantes. “Yo empecé a pensar que todo era un peligro. Lo que pasa es que los ‘coyotes’ venden a las mujeres inmigrantes a Los Zetas, las violan y las ponen a llevar drogas”, dice. El miedo la dominó, desistió de emigrar y ahora llega a una conclusión: “Fue como que Dios no lo quiso”.





