De canciller a mito
BERLÍN.— El viernes por la mañana era fotografiada en un supermercado de Berlín haciendo compras con gesto distraído. El domingo por la tarde, Angela Merkel se convertía en mito. Con su arrollador triunfo en las elecciones, la canciller alemana abre una nueva era política en su país y ya es historia viva del siglo XXI.
Es posible que la conservadora de 59 años siga generando tanta admiración como rechazo dentro y fuera de Alemania. Pero seguidores y detractores coinciden: la dimensión de su victoria la eleva a un Olimpo de cancilleres alemanes que hasta ahora sólo tenía lugar para los también cristianodemócratas (CDU) Konrad Adenauer y Helmut Kohl. “República Merkel”, tituló el semanario alemán Der Spiegel, según el cual “Alemania ya es definitivamente el país Angela Merkel”.
Merkel llevó a la CDU a su mejor resultado desde 1990, cuando Kohl se convirtió en primer canciller de la Alemania reunificada. Además, arañó la mayoría absoluta, una rareza con un único precedente en el país: la victoria de Adenauer en 1957. Adenauer, Kohl y Merkel son los únicos cancilleres alemanes que ganaron dos reelecciones. Los tres lo hicieron en momentos adversos y cruciales. Adenauer sedujo a una Alemania aún traumatizada por la guerra con un lema famoso: “Keine Experimente” (Nada de experimentos). La orgullosa potencia económica de hoy también tiene su miedo, la crisis que castiga a sus vecinos, y Merkel ofreció el antídoto en un slogan paralelo al de Adenauer: “Alemania es fuerte. Y debe seguir así”. Nada de experimentos.
De Kohl, su mentor, Merkel aprendió la mecánica del poder. Pero si el legendario canciller de la reunificación dividía con sus opiniones —y su figura— contundentes y se alimentaba de la confrontación, su pupila lo superó con un estilo difuso y elusivo que la elevó a una popularidad récord en Alemania y anuló a sus rivales sin necesidad de elevar la voz.
Ésa es, finalmente, la contribución de Merkel a la historia política: el poder aplastante que no se percibe como tal, la flexibilidad que debilita cualquier golpe. “Es como si hiciera aikido, el arte marcial que aprovecha el impulso del rival para apartarse y dejarlo caer al vacío”, definió el político liberal Wolfgang Kubicki.
La misma crisis del euro que tumbó a gobiernos de toda Europa fue para Merkel un arma con la que arrasó rivales, descabezó posibles sucesores, se convirtió en la mujer más poderosa del mundo y, desde el domingo, impregnó una nueva época de la política alemana.
¿Ambición de poder? Merkel la acepta sin complejos: “Quien quiere hacer política necesita contar con las condiciones necesarias. Es decir, mayorías. Lo que normalmente se denomina opción de poder. Y quien quiere tener mayorías, naturalmente debe luchar por ellas”. Nadie lo diría de la política que celebró el triunfo más importante de las últimas dos décadas en Alemania dando saltitos con timidez ante el público que le gritaba “¡An-gie! ¡An-gie!” y ofreciendo un discurso con más agradecimientos que ideas. Tampoco de la mujer que horas antes de los comicios hacía fila pacientemente en un supermercado para guardar su compra en un bolso rojo.





