El toreo ortodoxo de Domingo Ortega
Al diestro Domingo López Ortega, identificado plenamente como Domingo Ortega, se le clasifica como uno de los más genuinos representativos de la línea ortodoxa. Se distinguía por ser un torero clásico, de depurada técnica en su trazo y con un sello personal. Un diestro dominador, a quien sus detractores lo calificaban de monótono, para restarle méritos a su clase. ¡Qué difícil es templar y mandar a todos los toros! Eso es torear. Les podía mucho, los dominaba con esa muleta mandona. Lo que lograba en el ruedo, en los tendidos, daba la impresión de que no había peligro, sobre todo a los aficionados poco doctos. Sí, este torero, con facilidad pasmosa, restaba a los astados la sensación de que podían hacer daño. Precisamente en México, en la plaza El Toreo de la Condesa, en una de sus actuaciones aparece una manta con un valeroso y siniestro mensaje: "Domingo a domingo eres el mismo Domingo, Domingo". El ingenio mexicano tampoco quita méritos al torero, pues como decía el crítico Uno al Sesgo: "Ha dejado Domingo firmemente consolidado su gran cartel de torero excepcional y sobresaliente matador, por lo que no es temerario afirmar que más completo que él no hay quien vista taleguilla". Las figuras del toreo siempre dan tela a la controversia impregnada de pasión, lo que es el encanto de la impredecible fiesta de toros. Por tanto, lo mismo tienen admiradores que son defensores permanentes, que detractores gratuitos que, en el mismo rango, les niegan toda valía. Si en el espectáculo taurino se uniformaran todos los criterios, no valdría nada, ni los toreros tuvieran tampoco ese sello de héroes de los ruedos. Cualidades innatas Domingo López Ortega llega a este mundo el 25 de febrero de 1906, en Borox. un pueblo de la provincia de Toledo, donde se funde el acero de las mejores espadas para matar reses bravas. Sus padres eran labradores y pronto pusieron al niño a trabajar en las faenas del campo. Sin embargo, en la mente del despierto chiquillo germina en él la idea de dedicarse al toreo. El 14 de julio de 1928 mata un novillo de Buenabarba en la plaza de Carabanchel y viste el terno de luces por vez primera el 17 de agosto de ese año en Almorox. Al año siguiente, 7 de abril de 1929, actúa en Tetuán de las Victorias. Estaba tierno y repite en esa plaza el 13 de julio. Suma algunas fechas por toda la provincia de Toledo, hasta el 6 de septiembre de ese calendario en que se anuncia como sobresaliente en una corrida en Aranjuez en la que actúan Marcial Lalanda y Manolo Bienvenida. Hace un quite y lo cuaja con tal calidad que los aficionados repararon ver la existencia de un prospecto de brillante porvenir. A fines de año, el 9 de noviembre, actúa en Barcelona y suma cuatro fechas consecutivas, que fueron definitivas para su consagración. Su peregrinar como novillero fue raudo, y en la ciudad condal toma el doctorado el 8 de marzo de 1931 de manos de Francisco Vega de los Reyes Gitanillo de Triana, que le cede el toro Valenciano de Juliana Calvo, ceremonia que certifica Vicente Barrera. El 16 de julio confirma el título en Madrid, de manos de Nicanor Villarta con el astado Contador de Julián Fernández. No hubo suerte, tampoco en las siguientes comparecencias en La Corte. Sin embargo, ese año suma 93 actuaciones en 1932, lo hace en 91 ocasiones y el 18 de abril -¡al fin!- conquista al exigente público de la Villa del Oso y el Madroño con una faena que disipa la menor duda de su capacidad. Domingo a domingo En los años siguientes, sus facultades de lidiador innato se afirman y realiza campañas estupendas codeándose con lo más granado de la torería andante. Viene a realizar tres campañas en México, la primera en la temporada de 1933-34 y 1934-35. Lo sobrio de su trazo que, se reitera, era un genuino representante de la línea de los ortodoxos, lo deja ver con claridad y, además, le da un sello al trincharazo, del que después en México Silverio Pérez le dio una interpretación personal y al que el músico poeta Agustín Lara le dio el título de monarca. Pues bien, en la primera incursión suma nueve corridas. Debuta el 19 de noviembre de 1933 en El Toreo de la Condesa, alternando con Jesús Solórzano, con ejemplares de La Laguna. Sus éxitos más sonados fueron el 24 de diciembre en que le corta una oreja a Camparito y otra a Soldadito de La Punta, alternando con el maestro Fermín Espinosa de la casa torera de los Armillita. El 31 de diciembre, ocho días después, troza otra oreja a Rompe Mafias de Zacatepec, y el 21 de enero de 1934 corta la oreja a Tontón de Torrecilla. Es en esta campaña en que la porra le enseña la manta con lo dicho: Domingo a domingo, eres el mismo Domingo, Domingo". Igualmente le lanza discos rayados. Nueve corridas suma en su segunda campaña que empieza el 2 de diciembre de 1934 y le corta la oreja a Turimex de Piedras Negras. Y participa de una gran bronca el 6 de enero de 1935, alternando con Armillita, reses de Xajay. Sin embargo, es Domingo Ortega, quien mata al toro más grande que se suelta en El Toreo", el burel Judío, de La Punta, que registra en las báscula 803 kilogramos y le arma un verdadero lío, pero lo pincha. Después llega el boicot a los mexicanos y la Guerra Civil española. Ortega, 11 años después, retorna a México y actúa cuatro tardes en la Monumental Plaza México, 10 y 24 de noviembre de 1946 y 12 y 19 de enero de 1947. Le corta una oreja a Bailarín de La Punta en la tercera. Ya consolidado como un torero veterano y a punto de decir adiós a los ruedos, todavía muestra el poderío de su muleta mandona. La última vez que viste el terno de luces es el 14 de octubre de 1953 en Zaragoza. Todavía vive muchos años. Ofrece ilustrativas conferencias hasta que tuvo alientos y finalmente fallece en Madrid el 8 de mayo de 1988.





