Calero, poderío hidalguense
PACHUCA.- A Miguel Calero, portero del Pachuca, nada más observarle volar paralelo al travesaño provoca una sensación de poderío. Más cuando el balón que amenaza con incrustarse cerca del ángulo superior izquierdo sucumbe entre sus guantes como una bola de estambre haría en las garras de un felino. Un lance demasiado temerario para una posición tan ingrata, pues el portero casi siempre es el villano que carga con la culpa de los goles que se reciben, pero que igual Calero defiende como fiera: "Claro que es dura esta posición, pero yo nací portero y moriré portero", dice al final del entrenamiento de los Tuzos en la Universidad del Futbol. No podía ser de otra forma para alguien que aprendió a ganarse la vida bajo los tres postes con el ejemplo de casa: "Fue por herencia, porque mi papá siempre nos inculcó el deporte, el fue portero, a nivel estatal, mi hermano fue portero y por eso me incline por el futbol y por esta posición". Y de ahí también escogió a su ídolo: "Mi padre, Luis Mario Calero". No es que el colombiano se queje. Pero sabe que el arquero es el que menos tiene derecho a equivocarse en un equipo. "Es la magia del futbol. En un momento te pone en los cuernos de la luna y al siguiente eres el más malo". Con todo y eso, el cancerbero colombiano ha aprendido a vivir con esplendor en el área. Un ganador que ha sido capaz de ser campeón con el equipo de sus amores de la infancia: el Deportivo Cali, en 1996. "Es de lo mejor que puede pasar. De chico soñaba con verme en la portería del Deportivo y de pronto te encuentras ahí, levantando el trofeo, ha sido uno de los mejores momentos de mi carrera", dice sin quitarse esa eterna gorra que le acompaña hasta en los momentos más increíbles, como cuando anotó de cabeza en el Apertura 2002 el gol del empate para Pachuca, que perdía 3-2 ante Jaguares. Para el originario del pueblo de Ginebra, en Colombia, salir campeón donde se pare es un don "que te da Dios, es algo que tienes que valorar y no olvidar que eres afortunado". Por eso no olvida el título de liga que obtuvo en 1998 con el Nacional de Medellín, menos el de la Copa América 2001, que se jugó en su país y por supuesto el par que tiene con Pachuca, ciudad que lo ha adoptado como a un hijo y de la que no piensa moverse. "Me siento realizado acá, es una ciudad tranquila, donde la gente es muy cariñosa y se han hecho grandes cosas con el equipo". A sus 35 años, la selección nacional ha quedado en el pasado, pero el retiro aún se ve lejano. "No lo veo a corto plazo, creo que aún tengo mucho quedar, no sé, quizá en seis años más". Primero quiere volver a levantar el trofeo de campeón con los Tuzos y esta campaña no pinta nada mal para hacerlo. "La continuidad ha sido la clave, pero aún falta un largo camino por recorrer. Ni siquiera estamos a la vuelta de la Liguilla, hay que seguir como hasta ahora y entonces sí, pensar en más". Es Miguel Ángel Calero, portero ahora y para siempre. Un felino que vive bajo los tres postes bajo el disfraz de un gigante que juega con bolas de estambre.





