Cayetano Sanz, el torero incómodo
Cayetano Sanz nació en Madrid, el 7 de agosto de 1821, en la calle de Bastero del castizo barrio de Arganzuela de la capital hispana y se hizo torero por plena y pura vocación. Este madrileño dio la pelea a esa pléyade de toreros andaluces, entre los que se contaban, en forma especial, los que nacieron en Sevilla, como también los que vieron la luz primera en la tierra de los califas, la señorial Córdoba o la misteriosa y mora Granada, Chiclana, Puerto de Santa María o Jerez de la Frontera. Sin reunir la sensibilidad, el toque tan peculiar, la chispa alegre y colorida de los toreros andaluces, Cayetano se colocó en los primeros peldaños en el escalafón de aquella lejana y romántica época, exhibiendo un trazo firme, elegante, sin la alegoría, quizá, de ese cante andaluz por bulerías, pero en cambio, con la profundidad de un toreo rondeño, serio y, consecuentemente, diverso al que ejecutaban esos "monstruos sagrados" que no daban la menor oportunidad a que se les colocara un pie adelante. No lo permitían. Cayetano Sanz se abrió paso en esa selva de obstáculos, no sólo igualando, sino en repetidas ocasiones superando, a diestros impregnados de cualidades y con una capacidad, en la profesión, magistral. Cayetano nació huérfano, luego de que su padre murió cuando apenas él tenía tres meses de gestación en el vientre de su madre. De su educación, se hicieron cargo los abuelos, al no permitir que viviera al lado de su padrastro. Contaba Cayetano 10 años de edad, cuando abandonó la escuela para dedicarse al oficio de zapatero, mismo que le resultaba insoportable. En esos poblados próximos a la Villa del Oso y el Madroño, pronto dio señales de un valor sereno y de una gallardía en sus procedimientos, contando sólo con 16 años. En 1844 obtuvo una contrata en la plaza de Aranjuez, donde lidió novillos del duque de Veragua , ganadero que asistió a esa novillada y desde ese mismo momento se convirtió en protector de Cayetano. Es más, lo recomendó con José Antonio Calderón Capita , gran teórico de la fiesta y le enfiló, con sus consejos, a captar las facetas finas del complicado arte. En ese mismo año y el siguiente, ya aparece en los carteles de Madrid en calidad de media espada. Banderilleó muy bien y su habilidad creció de tal manera, al igual que su fama, que José Redondo El Chiclanero lo incluye en su cuadrilla, en la cual se consolida como torero. En 1849, pese a que Cayetano recibió una una cornada de bastante consideración, ese mismo año se le confiere el doctorado de matador de toros, de manos de Francisco Arjona Guillén y como testigo Julián Casas. Participa en la corte, o sea Madrid y en otras plazas de importancia: Bilbao, Alicante, Játiva y vuelve a la capital hispana para actuar al lado de los ases de mayor prestigio. Y es hasta 1851 cuando conquista a la afición sevillana, la que es magnífica, pero a la vez localista. Superó a los toreros de la tierra toreando con capa y muleta con un estilo admirable, rondeño. serio y artístico. Mató con facilidad. En el calendario de 1853, retorna a Madrid con gran acierto en sus comparecencias y ese mismo año se trasladó a Cádiz, en la ocasión en que los reyes de España visitaron esa localidad andaluza. Cayetano Sanz tiene en su haber una brillante trayectoria taurina y pasa a la leyenda al actuar en 1854 en la plaza francesa de Bayona. Se convierte en el primer torero hispano en torear en suelo galo. Además, tiene un segundo significado su actuación, la hizo con motivo de las corridas que se celebraron por las bodas de Napoleón III, con la condesa de Teba. Y ese matrimonio real, según se escribe en la historia, gozó la actuación de Cayetano, como ningún otro evento programado por el sonado enlace. El público quedó perplejo, ante las palabras mágicas que decían los toreros en sus tardes de gloria: "¡Dejadme solo!". En aquella época era toda una gesta. Su trayectoria siguió en ascenso. Este madrileño hacia sentir su presencia, no sólo gustaba su estilo, sino que convencía y unificaba los disímbolos criterios. Lo anterior es el don que las figuras traen dentro del cuerpo por la gracia del Señor. Debe contarse que en 1857 actuó en Valencia a beneficio del Hospital General, alcanzando un triunfo de tal nivel, que la Junta, después de abonarle sus honorarios, le regaló una valiosísima petaca, boquilla, fosforera y mechero de plata, y un portamonedas con nueve onzas de oro. En los calendarios siguientes de 1857 hasta 1862 eslabona triunfos convincentes y también sufre percance de gravedad en Madrid, por un toro avisado y en la otra ocasión por un Miura . Este no le hizo daño, debido a que, con una manifiesta maestría cuando el burel hacía por él, se dejó caer burlando el asesino derrote del ejemplar. En esa década de los sesenta en el siglo XIX su cartel sigue en la cúspide y entre otros acontecimientos es el padrino de alternativa de Rafael Molina Sánchez Lagartijo . Entra en la década de los setenta con las facultades mermadas y ya mayor en 1877, en la plaza de Málaga, torea lo que se pensó sería su última corrida. Se vio impotente y su segundo toro del hierro de Murube , le cedió el estoque a José Lara Chicorro . Sin embargo, para el virus del toro no existe antídoto y todavía en 1878, torea en los festejos de las Fiestas Reales. Cayetano Sanz, viejo, siempre en torero, con 70 años encima, apagó la vela de su vida el 21 de septiembre de 1891, en su finca de Villamantilla, en la provincia de Madrid.
Lo protegió el duque de Veragua
El niño fue inquieto, con ambiciones y un espíritu aventurero. Los domingos y días festivos era siempre asiduo asistente a las capeas pueblerinas cercanas a Madrid y en otras ocasiones se iba al matadero, donde había oportunidad de "echar la capa y verle la cara al enemigo".
Euforia: ¡Dejadme solo!
Con un cartel afianzado en todos aspectos, el año de 1856 fue el mejor de Cayetano en la Villa del Oso y el Madroño. Al respecto, señala el escritor Sánchez de Neira: "Dicho año hizo lo que nadie o muy pocos habían hecho en Madrid: irse al toro con muleta y estoque, después de ordenar que todos los lidiadores, tanto de a pie como a caballo, se retirasen del ruedo, y ahí, solo, en los medios o en las tablas, trastear admirablemente sin mover los talones, seis pases en redondo, armarse, citar a recibir, o arrancarse al volapié sobre corto y según las reglas del arte".





