Parque del Seguro Social, una gigantesca morgue
Aquel jueves 19 de septiembre de 1985, Martín Vidal tuvo que agregar a su trabajo de jefe de mantenimiento general una inusual y macabra actividad: clasificar cadáveres. En ese momento, no se requería que hiciera arreglos en el terreno de juego, sino que clasificara por sexo y edades los muertos que llegaban a raudales al viejo estadio capitalino, tras el terremoto que mortalmente había herido esa mañana a la ciudad de México. A 20 años de aquella tragedia, para Martín Vidal es como si hubiese ocurrido ayer, porque las imágenes de horror, de dolor y de desesperanza aún están alojadas en la memoria... imborrables. "Antes de que se produjera el temblor, llevaba a mi hija a la escuela. Eran las siete de la mañana. Sin embargo, en el momento del terremoto, me regresé a la casa y fue cuando, tiempo después, me enteré por las noticias de la magnitud del desastre. Quise entonces trasladarme al estadio del Seguro Social, pero los camiones llegaban sólo hasta Jamaica. Opté por irme caminando, pasé por San Antonio Abad, por el mercado Hidalgo y por el Centro Médico. Iba preocupado, con el temor de que el parque de beisbol se hubiese derrumbado, pues era mi fuente de trabajo por muchos años." Pero el vetusto estadio se mantenía en pie, convertido ahora en una gigantesca morgue, con las puertas abiertas recibiendo ambulancias y carrozas que transportaban cadáveres procedentes del Centro Médico, del Hospital General, de los Multifamiliares Juárez... Los cuerpos ya no caben en ningún lado. Las agencias de los Ministerios Públicos están abarrotadas de cadáveres y se tienen que improvisar depósitos. Un fuerte mareo sintió Martín Vidal al arribo de los primeros cuerpos, pero tuvo que sobreponerse por las órdenes recibidas de sus jefes y por su espíritu altruista. Tenía que checar y dar información de cuántos muertos llegaban. Calcula que fueron como tres mil en la semana que duró su triste labor. Explica que se abrieron áreas en el campo de juego, para alinear los cuerpos y proceder a su reconocimiento por parte de los familiares. Rememorar estremece y dibuja leve sonrisa nerviosa en el moreno rostro de Martín. "Tenía que ser amable con la gente, que, al igual que yo, pasaba por momentos tristes y amargos. Los acompañaba con lágrimas durante el duro reconocimiento en un desfile ante mutilados cuerpos. Algunas personas encontraban a varios de sus seres queridos y otras, a familias enteras." Exclama Martín que las escenas obligaban a voltear hacia otro lado, pero a cualquier punto en el que se detuviera la mirada se encontraba a la muerte. Y sólo al elevar el rostro, acompañado de una plegaria, permitía encontrar por un instante la calma y la paz interior. Mientras, los familiares hacían el recorrido por las entrañas del estadio; otros aguardaban su turno, formados en kilométricas filas a lo largo de la avenida Cuauhtémoc. Procedían de diversas partes de la ciudad y de pueblos aledaños. Esta vez, no asistían a presenciar y a divertirse con un juego de beisbol en una temporada que había terminado en agosto. No. Llegaban a la búsqueda del ser querido: del padre, de la madre, del hermano... Algunos tenían la "fortuna" de encontrar a sus familiares; otros no. Los cuerpos irreconocibles y que no fueron reclamados tuvieron como destino la fosa común, para evitar una epidemia. "Mi trabajo siempre está ligado al beisbol, al deporte, pero nunca imaginé vivir una situación de esta naturaleza. La ciudad parecía inmersa en una guerra, con varios edificios derruidos y llena de escombros. Un estadio de beisbol tapizado de cadáveres, con improvisadas carpas con medicamentos, sábanas, botellas de agua y bolsas de hielo que daba el pueblo." Tras ocho días de intenso trabajo, pocos fueron ya los cadáveres que llegaron al parque del Seguro Social, pues eran trasladados a otros depósitos. Después, sólo quedó en Martín Vidal la sensación triste del momento vivido y el compromiso de revisar la estructura del parque de pelota que sufrió daños, sobre todo en las tribunas de sol, aledañas a los jardines. Al día siguiente, se dirigió al parque del Seguro Social para revisar el vestidor de los Diablos Rojos y poner todo en orden, en una labor que desempeña ya por 40 años como trabajador de mantenimiento en el equipo escalarta. Pero fue fugaz su permanencia en el interior del estadio, porque las dantescas escenas que vio propiciaron que ya no regresara. "Miré cómo llegaban muchos cuerpos destrozados, algunos sin piernas, sin manos, sin cabeza, otros completamente irreconocibles, los cuales colocaban en el jardín derecho del estadio. Sentí bien feo y quise ayudar, pero los nervios me traicionaron." Gabino llegó en 1965 a los Diablos Rojos y desde ese año es un incansable empleado en la casa club. Se encarga de que el vestidor esté aseado y de la limpieza de los uniformes y de los zapatos de los jugadores. Y desde su centro de trabajo, presenció cómo eran sacados los cadáveres en bolsas de plástico por el pasillo del vestidor de los Diablos hacia la fosa común, mientras que los cuerpos reconocidos eran sacados en féretros por el vestidor de los Tigres. El trabajo de Gabino no termina con la finalización de la temporada, ya que tiene que estar pendiente con el trabajo del equipo de la sucursal y con los entrenamientos primaverales. Recuerda que, meses después, aún había huellas de la tragedia en el terreno de juego, como el cabello de los muertos trenzado con el pasto. Y, aun cuando se cumplen 20 años del terremoto que enlutó a millones de mexicanos, dice que mucha gente que vivió aquella tragedia se quedó traumatizada y corren y lloran ante cualquier movimiento telúrico. "En aquella época, muchos de los jugadores de los Diablos radicaban en provincia y durante el temblor se encontraban fuera de la ciudad, porque la temporada había terminado en agosto. Sin embargo, al arrancar la campaña de 1986 muchos de ellos estaban temerosos por las terribles imágenes que habían visto en la televisión y no querían dormir en el hotel. Me imploraban que los dejara dormir en el estadio, en el vestidor, incluso hasta en el autobús." Buscó regresar de inmediato, pero no hubo vuelos y tardó dos días en llegar a la ciudad de México. Encontró en pie el edificio donde vivía, pero cuarteado su departamento. Enfrente, también se mantenía en lo alto el parque del Seguro Social, aunque vio mucho movimiento en su interior. Presenció cómo eran trasladados cientos de cadáveres y depositados sobre el terreno de juego. Desde 1960, Celedonio trabaja como empleado de los equipos como jefe de concesiones en ventas y coordina los negocios en el estadio, entre ellos los tradicionales tacos de cochinita. "El olor a formol era muy fuerte y no pude resistir al ver a tantos cuerpos mutilados. Sólo estuve tres días yendo al parque y me fui a Santa María la Ribera". Celedonio Aragón sufrió el temblor de 1957, pues vivía cerca del Ángel de la Independencia, pero se sintió un afortunado de no haber estado en la capital del país aquel aciago día del 19 de septiembre de 1985... David era hijo del administrador del estadio, y al igual que su hermano Juan Carlos, ayudaba a su padre. Se encargaba del control de la puerta para que no se metieran vendedores ambulantes, de checar que los taquilleros llegaran temprano y de que los cubeteros estuvieran limpios. Otra función que cumplió el día del terremoto fue la de impedir el acceso de los curiosos, que por el morbo, buscaban ingresar al estadio para ver lo que ocurría dentro. David no requiere de mucho tiempo para reelaborar los tristes pasajes de aquel día en que se estremeció la tierra y requesbrajó la ciudad. Del incesante abrir de puertas para la entrada de los camiones que transportaban los cadáveres, que eran acomodados en los jardines del terreno de juego, después de unirlos, colocándoles una pierna, un brazo o la cabeza. "Fue impresionante observar cómo estaba tapizado de cuerpos el fondo del jardín central, con sus 420 pies de distancia. De ver hileras de personas despedazadas, que eran cubiertas con sábanas a la espera de ser reconocidas por sus familiares, que llegaban llorando al fatal encuentro. De gente, con cubrebocas, procurando mantener en buen estado los cuerpos para evitar la putrefacción." Como un celoso cancerbero, David Figueroa relata que se pasaba cinco horas cuidando la puerta, no a la espera de entusiastas aficionados para un partido de beisbol, sino de cuerpos sin vida y de personas hundidas en el dolor y en la desesperación. Por la noche, David realizaba labores de rescate. En brigadas asistían a lugares para ayudar a salvar vidas. Cuenta que una barda por poco aplasta a su padre, a su hermano, a su tío y a él. "Fue por la colonia Morelos, en la calle Panaderos. A mi padre alcanzó a golpearlo una piedra, pero afortunadamente salimos ilesos". David desgrana los recuerdos, que son como fulgurantes lucecillas en la oscuridad de la memoria. "En otra ocasión, me tocó ver el rescate de un niño de los escombros del Hospital General, así como el sacadero de muertos del Centro Médico, que eran trasladados en camionetas de color verde a diferentes depósitos, entre ellos el parque del Seguro Social." Durante 15 días, David realizó brigadas de rescate por diversos puntos de la herida ciudad. Acompañó a su padre, a quien le urgía encontrar a unos amigos que trabajaban en Luz y Fuerza, por la calzada Guadalupe. Este año se rememora el 20 aniversario del terremoto del 19 de septiembre de 1985. Y a dos décadas de distancia, David Figueroa, hoy convertido en abogado, comenta que en aquella época no se contaba con la infraestructura suficiente para encarar un terremoto de gran intensidad, ni la protección civil adecuada. Y que para depositar a los muertos se tuvo que utilizar un estadio de beisbol. "En la actualidad, espero que estemos mejor para enfrentar una tragedia similar, la cual, ojalá la naturaleza no vuelva a ser tan cruel".
Un fugaz testigo
Gabino García sintió muy poco el terremoto del jueves en su casa en Ciudad Labor. Allá, en lo alto del cerro, se enteró minutos después por los noticieros de que se habían derrumbado muchos edificios, que había gente atrapada, y de que se calculaban miles de muertos y desaparecidos.
Afortunado ausente
Estaba Celedonio Aragón en su natal Los Cabos, Baja California, cuando se enteró del terremoto.
Celoso guardián
En 1985, David Figueroa tenía apenas 13 años, pero su robusto cuerpo le hacía aparentar más edad. Por su corpulencia, fue asignado para cuidar la puerta principal del parque del Seguro Social aquel jueves 19 de septiembre para recibir a las víctimas mortales del terremoto.
En el recuerdo
El Parque del Seguro Social resistió los embates de aquel trágico terremoto de 1985, pero no pudo soportar los inevitables efectos de la modernidad. Hoy, en los terrenos que ocupaba el vetusto estadio en la colonia Narvarte, se levanta imponente centro comercial.





