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Osvaldo Castro, con el gol en la sangre

Daniel Blancas Madrigal| El Universal
Jueves 26 de febrero de 2004
`Pata Bendita` asegura que ser goleador es un don con el que se nace

Sí, es bueno para el desmarque. A los 57 años su astucia sigue intacta y habrá que corretearlo para consumar la entrevista. A cada pregunta él responde con dos pasos atrás, se escabulle el Pata Bendita , en una imagen que refleja su incomodidad frente a los reflectores. Ni cómo alcanzarlo y el recuento de memorias y redes es también un danzón por una de las canchas de la Cantera, su lugar cotidiano como auxiliar del equipo Sub 17 de los Pumas, club con el que terminó su carrera en 1984 y al que le guarda el mejor sentimiento.

A más de 20 años de retiro, su máxima diversión son las "cascaritas" de cada lunes. "Y sigo siendo el goleador, no sé hacer otra cosa". Dice que marcó más de 500 goles, sin contar los que hizo en 12 años como seleccionado chileno. "Antes no había estadísticas, pero tan sólo en mi país alcancé los 350".

Osvaldo Castro y su concepto del goleador: "Es un don, se nace así: con olfato, movilidad y rapidez en la ejecución".

¿Y el aprendizaje?

Es un complemento. Con el trabajo maduras, perfeccionas jugadas y movimientos, aprendes a jugar sin balón y a sacarle ventaja al rival, pero ya traes algo diferente en la sangre, un sexto sentido en el área que no tienen otros jugadores.

Él, dice, no hubiera sido nada sin movimiento. "En los esquemas de antes te tenían amarrado, no salías del área y si no te movías, los defensas se reían de ti. Hoy los goleadores juegan por la orilla, bajan a la media y su panorama se amplía".

¿Era más fácil anotar antes?

Sí, porque salías poco del área y no se marcaba a presión ni en zona, pero aún así había rematadores de gran nivel, tal vez más técnicos que los de ahora, por la obligación de hacer maravillas en espacios cortos.

Llegó a México a principios del 71, con un bagaje de siete años en el futbol andino, donde ya había sido dos veces campeón goleador. Aquí no perdió la sagacidad. "Siempre fui de los más productivos en todos los equipos que jugué, aunque me ganaban Cabinho y Hugo; me mantuve atrasito, picando piedra".



El vacío

Le hubiera gustado que al menos en uno de sus 214 ratos locos estuvieran sus padres (atados por la coincidencia: él se llamaba Julio Castro, ella Julia Castro). "Mi papá murió cuando tenía 12 años, sus amigos le hablaban sobre mi talento, pero él falleció sin creer que yo llegaría al profesionalismo". Y poco antes de enrolarse en el balompié mexicano también se fue su madre. "Ella me pudo ver en Chile, porque comencé a jugar a los 17 años, pero no se dio. La única vez que la recuerdo a mi lado fue cuando me casé".

El vacío de su infancia y adolescencia lo llenó con machincuepas en el área y un trabajo de medio turno en una compañía japonesa dedicada a la mecánica.

A principios de 1971 se convirtió en talismán del América. Se incorporó al equipo mientras éste disputaba la final contra Toluca. Y, con la buena vibra, los Cremas se coronaron. En el plan original, Osvaldo Castro llegaría al Independiente de Argentina, pero se atravesó el León y después de varios jaloneos económicos, lo ganó el conjunto americanista.

Durante casi 14 años mantuvo su idilio con el gol. "Era muy explosivo y de decisiones rápidas, a la vez tenía un tiro potente, una pata bendita, como decían. Sacaba disparos diferentes de la chistera y a pesar de que era bajito, también conectaba de cabeza. Como complemento, "sabía quitarme los golpes".



Pelé y Marín

Con especial frescura revive las batallas con Miguel Marín, el Supermán . "Cómo me costaba clavárselas, en la última temporada con América le hice un gol de tiro libre y lo disfruté como desquiciado; en cuatro años de americanista le anoté cuando mucho cinco tantos".

A veces los goles se vuelven retos personales? Procuré que fueran minoría, porque las satisfacciones individuales se apagan rápido, da más alegría cuando se gana el partido. Si se pierde, no vale la pena celebrar en un vestidor triste.

No hubo imagen más suculenta que jugar con su ídolo, Pelé. Lo hizo en el Jalisco, equipo del que Edson Arantes era accionista. "Jugué contra él a nivel de selección y en amistosos sudamericanos, cuando yo jugaba en Colo Colo o la `U` de Chile. Él me fue a comprar al América y en un cuadrangular en Guadalajara cumplí el sueño de ser su compañero".

Todas, remembranzas rescatadas en la corretiza por la Cantera, el lugar donde el Pata Bendita comparte sus aventuras goleadoras con la juventud.



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