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Contaminan el Everest

David Gates/Newsweek Magazine| El Universal
Jueves 29 de mayo de 2003

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En la larga lista de lugares que alguna vez fueron espléndidos y a los que los humanos han considerado demasiado aburridos como para contemplar, es difícil poner en primer lugar al monte Everest. Cuando Edmund Hillary y Tenzing Norgay alcanzaron la cima, hoy hace 50 años, James Morris, corresponsal del "London Times" que los había acompañado para informar del viaje, lo llamó "la última aventura inocente". Claro que ninguna expedición al Everest ha sido verdaderamente inocente: ese pequeño pedazo de película de 1953, en la que los alpinistas regresan al campamento, fue preparado por el camarógrafo, que se adelantó para grabarlos. Pero ahora, incluso la falsa inocencia se ha ido: el Everest ha sido fetichizado, comercializado y, como era de esperarse, destruido.

Cada año, unas 100 personas, a un precio de 65 mil dólares por persona, se alinean para iniciar el ascenso hacia la cima del Everest y se preparan para un encuentro con lo "sublime". Por cada ocho o nueve que llegan a la cima, uno hace el sacrificio máximo a la decadencia, dejando atrás su cuerpo congelado en medio de toneladas de botellas vacías, latas, tiendas de campaña, cuerdas, crampones y cilindros de oxígeno y, en la actualidad, seguramente también habrá teléfonos celulares y computadoras portátiles. Un alpinista que viajó con una expedición estadounidense el año pasado envió un correo electrónico en el que dijo haber visto el DVD de "La guerra de las galaxias", a 6 mil 400 metros de altura. Antes de criticarlo, recordemos que en la década de los 20 George Mallory leía a Shakespeare en voz alta junto con su compañero Andrew Irvine, para pasar las largas y frías horas en la montaña.

El Everest nunca será tan vulgar como el Monte Fuji, con sus máquinas de comida chatarra en la cima. Los aterrados alpinistas y un alarmado gobierno nepalés están tratando de limpiar la montaña, tanto por razones estéticas como de salud pública (la gran cantidad de excremento que los alpinistas han dejado atrás podría contaminar el agua de Nepal, India y Bangladesh, que se mezcla con los glaciares). Actualmente, los grupos que hacen expediciones pagan un depósito reembolsable de basura y deben llevar con ellos a un funcionario de conservación del medio ambiente; los desperdicios humanos son removidos en barriles, y esta primavera los empleados recolectaron 10 toneladas de basura. La gigantesca Diosa Madre de la Tierra o Chomolungma, como se le conoce al Everest, nunca ha sido una montaña de bellas proporciones, pero ahora se parece menos a la vieja Moby Dick, con esa maraña de harpones y cuerdas colgando de ella, y un poco más a como se veía en esas fotos de los años 20.

Con todo, el Everest sigue sufriendo de una contaminación más agresiva: la erosión sistemática de su misterio ocasionada por la compulsión humana de observar, de registrar datos, de cuantificar, de saber. Comenzó en 1852, cuando el Gran Estudio Trigonométrico de India calculó que a 8 mil 840 metros, el Pico XV, era la montaña más alta del mundo (la cifra actualmente aceptada es de 8 mil 848 metros). No recibió su encantador nombre en honor de Sir George Everest sino hasta 13 años después.

Hoy en día, cada uno de sus tramos el Corredor de Hornbein, el Espolón de los Ginebrinos, el escalón de Hillary tienen un sello occidentalizado distintivo y la huella de los crampones adaptados a los zapatos.

Eso no significa que los legendarios momentos de 1953 no sigan haciendo latir el corazón. Esa difícil cuesta que está por debajo de la Cumbre Sur: "Uno de los lugares más peligrosos en que he estado en una montaña", recordaría Tenzing. La forma en que Hillary solucionó el problema del ascenso al observar una grieta que había entre una pared de hielo y el risco (o "escalón"), que fue nombrado en su honor. Su llegada al remoto lugar al que llamó "un cono redondeado graciosamente". Y desde entonces hemos tenido varios momentos legendarios. El exitoso ascenso chino por la vieja ruta Mallory en 1960, cuando Chu Yin-Hua trató de subir el Segundo Escalón descalzo. Tom Hornbein y Willi Unsoeld, quienes llegaron por la arista oeste en 1963. Doug Scott y Dougal Haston, llegando por la cara suroeste en 1975. El ascenso de Reinhold Messner sin oxígeno en 1980. Y el escalofriante pero al mismo tiempo reconfortante momento en 1999 cuando investigadores encontraron el cuerpo aún conservado de Mallory (desaparecido en 1924) a 8 mil 229 pies.

Cada uno de estos triunfos del espíritu, del cuerpo y de la tecnología de montaña han acabado con el misterio. Durante 50 años, hemos estado reemplazando lo visionario con los meros datos, lo realizable con lo que se puede comprar. Nunca podremos retroceder.

Por otra parte, la mayoría de nosotros nunca estuvimos allí... excepto en nuestra imaginación.



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