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Los sicarios del futbol

Daniel Blancas Madrigal/Enviado| El Universal
Sábado 21 de julio de 2001

CALI.La pasión de ambos era, es el futbol. Gilberto Rodríguez Orejuela, jefe principal del Cartel caleño, llegó a ser el mayor accionista del Deportivo Cali. En la institución se agudizó la crisis económica y el llamado "Ajedrecista" salió al rescate, aunque su intención era apoderarse por completo del equipo. Su hermano Miguel, a quien muchos consideraban el verdadero cerebro del grupo de narcos, durante varios años luchó por mantener una imagen de hombre pacífico y amante del deporte: compró al club América de Cali a finales de la década de los 70. Desde joven se había propuesto hacerlo campeón. Y con dinero lo consiguió. Este personaje de baja estatura y voz grave logró años exitosos de "Los Rojos" en el torneo de liga local y en la Copa Libertadores de América. Nombró a su hermana amparo vicepresidenta del equipo; a su hijo mayor, William, el vocero. La ex reina de belleza Martha Lucia Echeverri entró a ocupar la jefatura de relaciones públicas en 1982 y más tarde se convirtió en su compañera sentimental. "El Señor" era dueño además de las cartas de decenas de jugadores argentinos y colombianos. Época de las contrataciones imposibles: Rubén Da Silva, Careca... Varias veces intentó fichar a Diego Armando Maradona.

A mediados de los 80, Miguel Rodríguez Orejuela comenzó a figurar como promotor de embarques de droga, según la Agencia Antinarcóticos de Estados Unidos. Nada se le pudo comprobar, aunque paulatinamente se alejó de las cámaras. El nombre de "Don Miguel" fue desapareciendo de la boca de técnicos y futbolistas, pero su pasión por el balón continuó. Ocho meses antes de su captura, cuando ya era uno de los hombres más buscados del mundo, se aventuró a asistir al estadio El Campín de Bogotá para presenciar la final entre América y Atlético Millonarios, escuadra ligada a otro narcotraficante: Gonzalo Rodríguez, alías "El Esmeraldero".

El futbol estuvo en manos de la mafia.

Pablo Escobar Gaviria, cabecilla del Cartel de Medellín, se transformó en el poderoso guía del Atlético Nacional. Al duelo entre este conjunto y los americanos de Cali se le llegó a llamar el "partido de los cárteles".

El balompié también atrajo a otro de los grandes capos: Helmer Herrera Buitrago, asesinado el 5 de noviembre de 1998 en la Penitenciaria Nacional Villa de las Palmas, en la ciudad de Palmira, donde pagaba una pena de catorce años por narcotráfico, enriquecimiento ilícito y lavado de dinero. Un hombre se le acercó, lo abrazó y luego le disparó siete veces. "Pacho" tomaba un descanso, después de haber anotado tres goles en una "cascarita".

Uno a uno cayeron los sicarios del futbol.

Escobar fue igualmente asesinado en la azotea de una casa cuando buscaba huir de la policía.

Y en 1995, con menos de dos meses de diferencia, las autoridades colombianas atraparon a los hermanos Rodríguez Orejuela, quienes además habían invertido dinero en el estadio de futbol Pascual Guerrero y en el Velódromo Patiño.

"Tranquilos muchachos, no me vayan a matar. Soy gente de paz", gritó al ser descubierto el jefe del cártel. Se había escondido en una caleta empotrada detrás del closet de una de las habitaciones de la residencia. El operativo, en el cual participaron cerca de 200 hombres, dos helicópteros y fuerzas de choque, comenzó a las 12:00 horas y a las 13:30 ya se había logrado la captura. Al percatarse del alboroto, Gilberto se refugió en el espacio diseñado para instantes de apuro. Lo encontraron ahí, con camisa a rayas blancas y rojas, pantalón gris, zapatos oscuros. Salpicado de canas y más robusto de lo que se veía en las fotografías. "¡Al fin!" exclamó el coronel Misael Murcia, comandante del grupo militar.

El narco fue trasladado de inmediato a Bogotá, donde declaró: "Me hubiera podido atrapar un solo policía en motocicleta. El Cartel de Cali no existe".

Creció en el ardiente pueblo de Mariquita, al norte de Tolima, inmerso en la violencia originada por la lucha entre conservadores y liberales. Su padre, un modesto pintor de temas rurales; su madre ama de casa. Completó el bachillerato y viajó a Cali, donde construyó su imperio, comparado en su momento con la organización de Julio Santodomingo, el zar de la industria colombiana: un emporio de 60 empresas y 20 mil millones de dólares. Fue detenido tres veces en 26 años. Hoy está tras las rejas en la cárcel de máxima seguridad de Palmira.

El 6 de agosto de ese mismo 1995 se dio el segundo golpe. La captura de Miguel Rodríguez Orejuela, el hermano menor. Fue en este inmueble color beige de 19 pisos, donde ahora se escucha a niños juguetear y se observan calzoncillos tendidos en las ventanas. Es conocido como el edificio Hacienda Buenos Aires, ubicado en la calle 5ª Oeste número 550, en un paraje solitario del barrio de Normandia, entre el cerro de las Tres Cruces y el recinto de Cristo Rey. Sobresale en los alrededores un espectacular con el mensaje: "Con su ahorro contribuimos al progreso de Cali", un terreno cercado con alambre de púas e innumerable arboles de chamiza.

--Tengo prohibido hablar, por la situación del país. Por qué no busca más tarde a la administradora ?responde al timbrazo el portero Juan Bautista, resguardado en una caseta de vidrios oscuros. La administradora Sandra Lucia Arcos jamás se encontrará.

Aquí cayó "El Señor": fue a las 4:30 de la madrugada. Dio resultado una operación trazada desde la una de la mañana. Un grupo del Bloque de Búsqueda siguió a Jesús Zapata Alvarez, hombre de confianza de Miguel, hasta el lujoso edificio. Los mafiosos estaban seguros que el equipo oficial estaba despistado buscándolos en una clínica o centro médico, pues había trascendido que Rodríguez Orejuela se encontraba enfermo. Pero no funcionó la trampa: el personaje clave era Zapata, él los condujo hacia el escondite del hombre que había tomado las riendas del cártel, preso ya su hermano Gilberto.

Se acordonó la zona. Cerraron las salidas para evitar una posible huida al cerro e inmovilizaron los ascensores. El Bloque debió subir por las escaleras hasta el piso 10.

Frente al departamento, propiedad de la esposa del narcotraficante, Amparo Arbeláez, hubo que actuar rápido. La puerta se derribó a la fuerza y de inmediato a la alcoba... Miguel, semidormido, intentaba ocultarse en una sofisticada caleta que podía albergar hasta cuatro personas. El escondite tenía una pared de 12 centímetros de grosor y para ingresar era necesario empujar los cajones de un closet instalado detrás del baño. Allí, según las autoridades, se podía permanecer durante varias horas pues estaba dotado de un tanque de oxígeno, ventilación y agua. Demacrado, pálido, nervioso y con la respiración entrecortada el narcotraficante dijo: --Soy yo al que buscan, ésta es mi cédula.

Fue transportado en un Twin Otter a la capital colombiana. El entonces presidente Ernesto Samper fue informado a las 5:55 de la mañana. La captura se produjo un día antes de que el primer mandatario cumpliera su primer año en el poder. Ya para ese tiempo Samper estaba envuelto en una tormenta política, provocada por las denuncias de su ex tesorero Santiago Medina en torno a que el Cartel de Cali financió su campaña a la presidencia.

Ante la prensa Miguel Rodríguez señaló: --Son inventos del marica de Medina. Yo no entregué plata a nadie.

Aceptó, sí, que tenía más de 6 mil empleados. Y su fortuna se valuó en 10 mil millones de dólares.

El general Rosso José Serrano, director de la Policía Nacional, opinó: --Siempre he creído que Miguel es el cerebro del Cartel. Poco a poco vamos ganando la lucha contra el narcotráfico.

Hoy encerrado está junto a Gilberto, en la cárcel de Las Palmas. Vendrían más capturas, entregas, acoso militar. Historias y nombres del Cali que para muchos se ha ido por completo y para otros aún subsiste: subterráneo, silencioso, cautivador, feroz...



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